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Gabriela Mistral

Cronología

1946-1967

Por Inmaculada García Guadalupe

El último periodo, de 1946 a 1967, describe una época en la que Gabriela Mistral ya es conocida como una intelectual vivamente preocupada por el destino de toda Hispanoamérica, por su participación en encuentros panamericanos, donde ofrece conferencias por doquier, dicta cursos en universidades y ocupa cargos diplomáticos, sin abandonar nunca su actividad poética, que se cierra justamente con Poema a Chile, publicado una década después de su muerte acaecida en 1957.

1946

A partir de este momento los reconocimientos se suceden de manera continua: Francia le concede la Legión de Honor, Italia el doctorado honoris causa de la Universidad de Florencia, y Cuba la medalla Enrique José Varona de la Asociación Bibliográfica y Cultural de Cuba. Sus funciones consulares la llevan hasta Estados Unidos, al ser destinada a Los Ángeles. En Francia se editan dos antologías de su obra.

1947

Recibe del Mills College de California el doctorado honoris causa. Celebra recitales de poesía en la Universidad de California, dicta conferencias en distintas universidades del país. En este año fallece su hermana Emelina. La escritora reside en California, donde goza de paz y soledad para proseguir su creación poética. Traba una sólida y profunda amistad con el escritor alemán Thomas Mann, quien cuando deja Estados Unidos para regresar a Alemania cede su secretaria, Doris Dana, a la escritora chilena. Desde entonces Doris acompañará a la escritora hasta el final de sus días. El paisaje californiano impregna la poesía de Gabriela: «Llama de la California / que sólo un palmo levantas / y en reguero de oro lames / las avenidas de hayas: / contra-amapola que llevas / color de miel derramada. // La nonada por prodigio, / unas semanas por dádiva, / y con lo poco que llevas, / igual que el alma, sobrada, / para rendir testimonio / y aupar acción de gracias».

1948

Abandona California y parte rumbo a México, lugar en el que deberá desempeñarse como cónsul. Vive en Veracruz, donde recibe las visitas de viejos y entrañables amigos como Palma Guillén —a la que había dedicado Tala— y el humanista Alfonso Reyes, del que destaca «ser un hombre salido de nuestra América sin los defectos del hombre de nuestros valles: la vehemencia, la intolerancia, la cultura unilateral […]. Mucho enriquecimiento le ha venido de los tres contactos mayores que se ha dado a sí mismo: el inglés, el español, y el francés. Cavando en uno solo de esos suelos, por mucha suerte que tuviese en la cava, se le hubiesen quedado perdidos muchos hallazgos».

1949

La escritora apoya la candidatura de Alfonso Reyes al Premio Nobel de Literatura. Prepara un nuevo poemario centrado en la naturaleza chilena, paisajes de su infancia que nunca le han abandonado, lugares recorridos a lo largo de su vida que han impregnado toda su creación. La salud de Gabriela comienza a resentirse.

1950

Abandona México para regresar a Estados Unidos. En Washington recibe el Premio de la Academia Norteamericana de la Historia Franciscana, que reconoce su contribución a la cultura. Es destinada a Nápoles para ocupar el consulado de Chile en esta ciudad.

1951

Recibe el Premio Nacional de Literatura de Chile, cuya dotación destina a los niños sin recursos que viven en el valle de Elqui. Los problemas de salud persisten, la diabetes afecta su capacidad visual y su cansado corazón comienza a resentirse. Magallanes, la ciudad donde enseñara la escritora, decide rendir homenaje a su figura encargando una estatua suya a la escultora Laura Rodig. El gran cariño despertado por Gabriela hace que los niños pidan copias de la estatua a la escultora que, en broma, les dice que lo haría encantada de tener suficiente bronce. A los pocos días Laura Rodig recibe la visita de la policía en su taller, acusándola de incitar a los niños al robo.

1952

Continúa en la preparación de su libro Poema de Chile, para el que se documenta leyendo numerosos libros sobre la flora y fauna del país.

1953

Viaja nuevamente a Estados Unidos, donde es designada cónsul en Nueva York. Sus problemas de salud se agravan. Desde allí viaja a Cuba para tomar parte de la conmemoración del centenario del nacimiento de José Martí. Ofrece un recital poético en el Ateneo de La Habana, cuya presentación corre a cargo de Dulce María Loynaz.

1954

La Universidad de Columbia otorga a Gabriela Mistral el doctorado honoris causa por su brillante trayectoria y su contribución a la literatura. Viaja a su país natal luego de 16 años de ausencia. La Universidad de Chile le concede el doctorado honoris causa. Ofrece un recital poético en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, donde es aclamada por sus compatriotas. Lagar, su cuarto poemario, es publicado por la editorial chilena Pacífico. Gabriela se siente satisfecha con esta publicación por ser la primera vez que uno de sus poemarios es lanzado en su Chile natal. El título muestra la voluntad de la autora de volver al mundo rural, pero ya desde la serenidad que ha alcanzado su voz, que incluso se muestra reconciliada con la muerte.

1955

A su regreso a Estados Unidos su salud se ve seriamente debilitada. Acude como invitada de honor de la ONU a la celebración del séptimo aniversario de la promulgación de la Declaración de los Derechos Humanos, celebrada en Nueva York.

1956

Participa en el que será su último acto público: el encuentro de la Unión Panamericana en Washington. Los médicos diagnostican a Gabriela cáncer de páncreas. El Gobierno chileno aprueba conceder a la poeta una pensión vitalicia.

1957

El estado de salud de la poetisa empeora gravemente. Tras ser internada en el hospital comienza su agonía, hasta que en la madrugada del jueves 10 de enero, mientras la ciudad de Nueva York es cubierta por un espeso manto de nieve, muere. Las palabras de su poema «La extranjera» adquieren más relevancia que nunca: «Vivirá entre nosotros ochenta años, / pero siempre será como si llega […]. Y va a morirse en medio de nosotros, / en una noche en la que más padezca, / con sólo su destino por almohada, / de una muerte callada y extranjera».

Tras conocer la noticia de su fallecimiento la ONU interrumpe la sesión que estaba celebrando para rendir tributo a la memoria de esta gran poeta. Los homenajes a su memoria se suceden por todo el mundo: Francia, España, Estados Unidos, Suecia, Líbano… y toda Latinoamérica honran su persona y su obra. Los restos de Gabriela son trasladados a su Chile natal. Se decretan tres días de luto oficial y multitud de personas le rinden el último homenaje. Gabriela es enterrada en Santiago, con el hábito de San Francisco según su deseo, mientras se construye su panteón. En su testamento lega los derechos de sus obras publicadas en el hemisferio sur a los niños pobres de Montegrande, los relativos a las obras publicadas en el hemisferio norte a Doris Dana y a Palma Guillén, quien a su vez los lega a los niños pobres de Montegrande.

1960

Los restos de Gabriela son trasladados al cementerio de Montegrande, donde, según la claúsula ix de su testamento, quería reposar, en su adorado valle de Elqui, en el pueblo donde pasó su infancia y estudió las primeras letras: «Es mi voluntad que mi cuerpo sea enterrado en mi amado pueblo de Montegrande».

1967

La editorial Pomaire de Santiago de Chile publica su último libro, Poema de Chile, en el que la poetisa había trabajado sin descanso en los últimos veinte años de su vida. En estos poemas Gabriela regresa a su querido Chile, país que recorre a través de sus animales, de sus árboles, de sus plantas, de sus montañas. El libro está estructurado como si de un viaje se tratara, un viaje en el que ella es la guía que va contestando las preguntas de su interlocutor, un niño que simboliza al pueblo chileno y al que ella enseña, como la maestra que siempre fue. El valle de Elqui, su última morada, ocupa un lugar notable en el poemario: «Tengo de llegar al Valle / que su flor guarda el almendro […]. Van a mirarme los cerros / como padrinos tremendos, / volviéndose en animales / con ijares soñolientos, / dando el vagido profundo / que les oigo hasta durmiendo / porque doce me ahuecaron / cuna de piedra y de leño […] y yo me duermo embriagada / en sus nudos y entreveros».

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