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Gabriela Mistral

Cronología

1889-1921

Por Inmaculada García Guadalupe

El periodo comprendido entre 1889 y 1921 abarca la infancia, las primeras incursiones en la literatura, los dolorosos comienzos como maestra rural en su país, hasta que abandona Temuco para dirigir una escuela de niñas de la capital, mientras publica sus primeros poemas en periódicos locales y empieza a colaborar con la prensa internacional.

1889

El 6 de abril nace en Vicuña, pequeña ciudad del valle de Elqui (Chile), Lucila Godoy Alcayaga, en el número 759 de la calle Maipú, hoy denominada calle Gabriela Mistral. Su padre, Juan Jerónimo Godoy, es un maestro de escuela con una sólida formación en latín, griego, filosofía, literatura y teología, que además escribe versos, como los que dedica a su hija nada más nacer: «¡Oh dulce Lucila / que en días amargos / piadosos los cielos / te vieron nacer». Petronila Alcayaga, su madre, es una modista y bordadora. La niña es bautizada en la parroquia de Vicuña con el nombre de Lucila María. A los pocos días de su nacimiento la familia se traslada al pueblo de La Unión, conocido hoy como Pisco.

1891

Lucila crece en La Unión entre las canciones de cuna que su madre le canta para arrullarla y las ausencias del domicilio familiar de la figura paterna. Las canciones de cuna serán un elemento importantísimo en su poesía, composiciones que adquirirán protagonismo en su libro Ternura: «Porque duermas, hijo mío, / el ocaso no arde más: / no hay más brillo que el rocío, / más blancura que mi faz. // Porque duermas, hijo mío, / el camino enmudeció: / nadie gime sino el río; / nada existe sino yo».

1892

Juan Jerónimo Godoy abandona definitivamente a su familia cuando la pequeña Lucila cuenta con tan solo tres años, según algunos biógrafos de la escritora, por encontrarse sin trabajo como docente y no poder mantener el hogar. Petronila Alcayaga decide dejar La Unión y establecerse con Lucila en Montegrande, aldea en la que vive su otra hija, Emelina Molina Alcayaga —quince años mayor que Lucila y fruto de un matrimonio anterior—, que ejerce en la aldea como maestra rural. La figura materna será esencial en la infancia de la poetisa, como lo atestigua su composición en prosa «Evocación de la madre», una de las páginas más emotivas de su creación: «y a la par que mecías, me ibas cantando […]. En esas canciones tú me nombrabas las cosas de la tierra: los cerros, los frutos, los pueblos, las bestiecitas del campo, como para domiciliar a tu hija en el mundo».

1894

De la mano de su hermana Emelina recibe Lucila las primeras lecciones escolares y aprende a leer. Años más tarde reconocerá la importancia de la palabra de su hermana en su formación y le rendirá tributo en su poema «La maestra rural»: «La Maestra era pobre. Su reino no es humano. / (Así en el dolorso sembrador de Israel). / Vestía sayas pardas, no enjoyaba su mano / ¡y era todo su espíritu un inmenso joyel!».

1896-1897

Lucila vive su infancia rodeada por las majestuosas montañas de los Andes en el valle de Elqui, su verdadera patria a la manera rilkeana, el lugar que siempre la acompañará y al que siempre querrá tornar a través de sus poemas: «Un río suena siempre cerca. / Ha cuarenta años que lo siento. / Es canturía de mi sangre, / o bien un ritmo que me dieron. / O el río de Elqui de mi infancia / que me repecho y me vadeo. / Nunca lo pierdo; pecho a pecho / como dos niños nos tenemos».

Las montañas, los ríos, el canto de los pájaros, conformarán su posterior universo poético. Los árboles, las flores, las semillas de fruta, las piedras de formas sugerentes serán los amigos, los juguetes de su infancia rural.

1898-1899

Las plantas, las flores y los animales que rodean la infancia de Lucila adquieren nombre propio de la mano de Adolfo Iribarren, quien enseña a la inquieta niña botánica, biología, geografía y astronomía. Los cuentos, fábulas y leyendas de la región, que conoce a través de los relatos de las gentes del lugar, completan su formación. De su infancia rural dirá Gabriela años más tarde que de volver a nacer no elegiría otro lugar para hacerlo «por conservar los sentidos vívidos y hábiles siquiera hasta los doce años y saber distinguir los lugares por los aromas; por conocer uno a uno los semblantes de las estaciones: por estimar las ocupaciones esenciales […] de los hombres: el regar, el vendimiar, el ordeñar, el trasquilar».

1900

Lucila abandona su adorado valle de Elqui para ingresar en la Escuela Superior de Niñas de Vicuña. La experiencia resulta traumática para la niña, pues es acusada de haber robado unos cuadernillos de papel y sus compañeras la apedrean. Lucila rehúsa defenderse, aunque es inocente, y abandona la escuela. A su regreso al hogar familiar pasa una época sin querer volver a estudiar. Se reencuentra con sus juguetes, sus amigos, su valle y la prodigiosa naturaleza del lugar.

1901

Lucila y su familia, compuesta por su madre y su hermana Emelina, abandonan el valle de Elqui y se desplazan a la población de La Serena, donde la figura de su abuela materna, Isabel Villanueva, cobra especial importancia en su formación al acercarle al estudio y conocimiento de la Biblia. Desde La Serena se traslada la familia a la población costera de Coquimbo, donde Lucila ve por primera vez el mar. La playa se convierte para ella en un nuevo espacio de libertad, en otro paraíso más de su infancia en comunión con la naturaleza: «Y ahora va a ser el único: / ni viñas ni olor de pueblos, / ni huertas ni araucarias, / sólo el gran aventurero. / Déjame, mama, tenderme, / para, para, que estoy viéndolo. / ¡Qué cosa bruja, la mama! / y hace señas entendiendo. / Nada como ése yo he visto».

1902

A sus trece años Lucila escribe sus primeros versos. La niña no vuelve a ser matriculada en el colegio y comienza su formación autodidacta.

1903

Comienza a trabajar como maestra en la escuela del pueblo de La Compañía Baja, próxima a La Serena; a esta profesión consagrará toda su vida: «¡Señor! Tú que me enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra. / Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes […] Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes».

1904

Conoce al periodista Bernardo Ossandón, quien le permite el libre acceso a su magnífica biblioteca, lo que será crucial en la formación de Lucila. En esta época se acerca a autores que ya nunca la abandonarán: como los novelistas rusos, el poeta Federico Mistral y el pensador francés Michel de Montaigne. El 30 de agosto aparece en el periódico El Coquimbo su primera publicación, el cuento «La muerte del poeta», que firma con su nombre verdadero.

1905

Decide formarse como maestra, para lo que solicita su ingreso en la Escuela Normal de La Serena, pero es rechazada por las ideas vertidas en sus artículos periodísticos, al ser consideradas ateas y revolucionarias, impropias de una maestra destinada a formar niños. No obstante, continúa dictando clases en la escuela de La Compañía, donde enseña a los niños durante el día y a los peones y obreros por la noche. Colabora en el periódico La Voz de Elqui aún bajo su nombre verdadero, aunque en algunas colaboraciones utiliza los seudónimos de Soledad, Alguien, Alma, x, Alejandra Fussler, y el que le acompañará más tarde para siempre, Gabriela Mistral.

1906

Su preocupación por la educación de la mujer se plasma en el artículo «La instrucción de la mujer» —que aparece publicado en La Voz de Elqui—, texto en el que solicita que las mujeres tengan derecho a la educación.

1907

Lucila es trasladada a la escuela de La Cantera, en un pueblo dentro de la provincia de Coquimbo. En este lugar conoce a Romelio Ureta Carvajal, empleado ferroviario que se convierte en su novio. Con el propósito de ganar dinero en las minas parte al norte, prometiéndole a Lucila que se casarían cuando volviera. A su regreso, acontecido al poco tiempo, se rompe la relación y Lucila debe sufrir la decepción de verse reemplazada por otra mujer: «Él pasó con otra; / yo lo vi pasar. / Siempre dulce el viento / y el camino en paz / ¡Y estos ojos míseros / lo vieron pasar!».

1908

Enseña en la escuela de La Cantera, villorrio cercano a Coquimbo. Posteriormente es nombrada secretaria en el liceo femenino de La Serena. Algunos de sus poemas son incluidos en la antología Literatura Coquimbana, preparada por Luis Carlos Soto, quien saluda a la nueva y prometedora poeta en un estudio que dedica a su obra. Por esta época Lucila se acerca a la obra de Rubén Darío, cuyos alardes verbales, ritmo musical y mundo de princesas versallescas la cautivan.

1909

Ejerce como maestra en la escuela de Cerrillos (Coquimbo). Continúa publicando en los periódicos El Coquimbo y La Tribuna y comienza a colaborar en la revista Idea. Luego de haber sustraído dinero propiedad del ferrocarril del que era empleado, Romelio Ureta se suicida. En su chaleco se encuentra una tarjeta y una foto de la escritora, por lo que se la considera causante de esta muerte, lo que siempre negará Lucila, pues en aquella época ya no tenían ningún trato. La noticia impacta a la poetisa y la sume en un profundo dolor que se trasluce en «Los sonetos de la muerte», elegía en la que muestra su amor hacia Romelio y reclama el derecho a poseerlo al menos en la muerte: «Del nicho helado en que los hombres te pusieron, / te bajaré a la tierra humilde y soleada. / Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, / y que hemos de soñar sobre la misma almohada […] Me alejaré cantando mis venganzas hermosas, / ¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna / bajará a disputarme tu puñado de huesos!».

1910

Lucila realiza un examen en la Escuela Normal n.º 1 de niñas de Santiago con el fin de obtener el título de maestra, objetivo que finalmente alcanza. Tras este logro es destinada a la escuela rural de Barrancas, localidad situada al norte de la capital. Posteriormente pasa a ejercer como profesora de secundaria en el liceo de niñas de Traiguén, situado al sur del país en la zona conocida como Araucanía, y comienza una vida itinerante que la llevará en su profesión de maestra por diversas escuelas e instituciones del país.

1911

Lucila es trasladada al norte del país, a la región minera de Antofagasta, donde desempeña el cargo de profesora de geografía e historia. En agosto fallece, a la edad de 54 años, su padre.

1912

Un nuevo traslado lleva a Lucila cerca de la capital, para desempeñar su cargo de inspectora y profesora de geografía y castellano en el Liceo de Los Andes. Comienza para ella una etapa feliz y tranquila, en la que se dedica plenamente a su labor creadora. Publica algunos poemas en la revista Sucesos y contacta con Rubén Darío, quien en ese momento se encuentra en París y dirige la revista Elegancias.

1913

Lucila recibe de Rubén Darío una cálida respuesta que la llena de alegría: en la revista que dirige el gran poeta saldrán publicados su poema «El ángel guardián» y su cuento «La defensa de la belleza». Comienza a emplear su seudónimo definitivo, Gabriela Mistral, que alterna con su nombre verdadero, en publicaciones como la Revista de Educación Nacional y Norte y Sur.

1914

Bajo el nombre de Gabriela Mistral, que ya nunca abandonará, envía una colección de poemas titulada «Los sonetos de la muerte» a los Juegos Florales de Santiago, concurso organizado por la Sociedad de Artistas y Escritores de Chile. Gabriela obtiene el primer premio —consistente en una orquídea de oro, un diploma y una corona de laurel—, pero no lo recoge por recato, a pesar de asistir a la ceremonia de entrega, en la que se mantiene alejada como un espectador más. A partir de este certamen adopta definitivamente el seudónimo de Gabriela Mistral, proveniente quizás de su admiración por los escritores Gabriel D´Annunzio y Federico Mistral.

1915

Publica en la revista Ideales su poema «Pinares», escrito a raíz de una visita realizada a Concepción, cuyo paisaje deja una profunda huella en la poetisa: «La montaña tiene / el pinar vestida / como un amor grande / que cubrió una vida […] El viento reposa / y el pinar se calla, / cual se calla un hombre / asomado a su alma. // Medita en silencio, / enorme y oscuro, / como un ser que sabe / del dolor del mundo».

Prosigue el descubrimiento de autores que influirán en su obra: Maeterlinck, Amado Nervo, Romain Rolland y Tagore. Ve publicadas muchas de sus composiciones en este año: «Los sonetos de la muerte» salen a la luz en la editorial Zig-zag, «La maestra rural» en la Revista de Educación Nacional y poemas como «Plegaria por el nido» o «La prevención» en las páginas de las diferentes revistas con las que colabora la autora. En esta época mantiene correspondencia con Manuel Magallanes Moure. El género epistolar será de gran importancia en la trayectoria de la poetisa, ya que a través del mismo desnuda su alma, muestra su lado más humano, su sensibilidad, sus anhelos y frustraciones.

1916

El profesor, abogado y político Pedro Aguirre Cerda entra en la vida de Gabriela Mistral, convirtiéndose en su amigo y protector.

1917

Es incluida en la antología de poetas chilenos Selva lírica, preparada por Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya. Poemas como «Los sonetos de la muerte», «La maestra rural» y «El ruego» son escogidos por los antologistas para celebrar la nueva voz poética que se alza esplendorosa.

1918

Pedro Aguirre Cerda nombra a Gabriela por medio de un decreto directora del liceo de niñas de Punta Arenas. La labor que desarrolla al frente de su nuevo cargo es importantísima: establece la escuela nocturna para personas adultas que no han podido estudiar, favorece la creación de bibliotecas, dicta conferencias, etc. En este lugar, distante y desolado, se reencuentra, una vez más, con la maravillosa naturaleza del país austral, lo que le permite escribir «Paisajes de la Patagonia», poemas que incluirá dentro de su primer libro: «Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa; / miro crecer la niebla como el agonizante, / y por no enloquecer no cuento los instantes, / porque la noche larga ahora tan sólo empieza».

1919

El paisaje y la indómita naturaleza atrapa a la autora, quien disfruta de largos paseos y no cesa de recoger en su cuaderno el nombre de los pájaros y de las plantas, así como los cuentos que la gente del lugar le relata, lo que irá convirtiendo en materia poética. La muerte de Amado Nervo golpea duramente a Gabriela, para quien el poeta era uno de sus autores favoritos. De ese pesar deja testimonio en su poema «In memoriam»: «Amado Nervo, suave perfil, labio sonriente; / Amado Nervo, estrofa y corazón en paz: / mientras te escribo, tienes losa sobre la frente, / baja en la nieva tu mortaja inmensamente / y la tremenda albura cayó sobre tu faz».

1920

La importante labor educativa de Gabriela la lleva hasta Temuco, donde es requerida para mejorar el liceo de la región. Allí se encuentra con el joven Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, conocido más tarde en las letras universales como Pablo Neruda. El gran poeta chileno siempre reconocerá la importancia del magisterio recibido de Gabriela, a la que dedica unas cálidas palabras en su libro de memorias Confieso que he vivido: «Por ese tiempo llegó a Temuco una señora alta, con vestidos muy largos y zapatos de taco bajo. Era la nueva directora del liceo de niñas. Venía de nuestra ciudad austral, de las nieves de Magallanes. Se llamaba Gabriela Mistral […]. La vi muy pocas veces. Lo bastante para que cada vez saliera con algunos libros que me regalaba. Eran siempre novelas rusas que ella consideraba como lo más extraordinario de la literatura mundial. Puedo decir que Gabriela me embarcó en esa seria y terrible visión de los novelistas rusos y que Tolstoi, Dostoievski, Chejov… entraron en mi más profunda predilección. Siguen acompañándome».

1921

Abandona Temuco y marcha hacia Santiago para dirigir el Liceo n.º 6 de niñas. Por esta época contacta con el escritor costarricense Joaquín García Monje, quien dirige la revista Repertorio Americano, de la que Gabriela pasa a ser colaboradora habitual.

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