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Gabriela Mistral

Patagonia, la lejana

A la Patagonia llaman
sus hijos la Madre Blanca.
Dicen que Dios no la quiso
por lo yerta y lo lejana,
y la noche que es su aurora
y su grito en la venteada
por el grito de su viento,
por su hierba arrodillada
y porque la puebla un río
de gentes aforesteradas.

Hablan demás los que nunca
tuvieron Madre tan blanca,
y nunca la verde Gea
fue así de angélica y blanca
ni así de sustentadora
y misteriosa y callada.
¡Qué Madre dulce te dieron,
Patagonia, la lejana!
Sólo sabida del Padre
Polo Sur, que te declara,
que te hizo, y que te mira
de eterna y mansa mirada.

Oye mentir a los tontos
y suelta tu carcajada.
Yo me la viví y la llevo
en potencias y en mirada.

—Cuenta, cuenta, mama mía,
¿es que era cosa tan rara?
Cuéntala aunque sea yerta
y del viento castigada.

Te voy a contar su hierba
que no se cansa ni acaba,
tendida como una madre
de cabellera soltada
y ondulando silenciosa,
aunque llena de palabras.
La brisa la regodea
y el loco viento la alza.

No hay niña como la hierba
en abajar bulto y hablas
cuando va llegando el puelche
como gente amotinada,
y silba y grita y aúlla,
vuelto solamente su alma.

Es una niña en el gajo
y en el herbazal, matriarca.
Hierba, hierba, hierba sólo
niña hierba arrodillada,
hierba que teme y suspira,
y que canta así postrada.

Pequeñita hierba niña
voz de niña balbuceada.
Dulce y ancho es su fervor
y su voz es balbuceada.

El oscuro cielo mira
y oye a su hija arrodillada,
ya no son huertas sensuales,
mimadas y cortesanas,
locas de color y olor
y borrachas de palabras,
ya sólo es Niña la Hierba,
Ángel la Hierba, nonada,
una ondulación divina
y su alma balbuceada.

Niña la hierba, doncella
la hierba, corta palabra,
dos turnos no más y el mismo
subir y ser abajada.
Un solo y largo temblor
mientras cruza aquel que mata
y el viento loco que se alza
y dobla por bufonada.

Cánsese el viento, sosiegue
el cacique de las landas.
Sienta su temblor de niña
y duérmase en la llanada.
Sólo hierba, sólo ella
y su infinita palabra.

Las mujeres le olvidaron
la voz pequeña y quedada,
el siseo innumerable
y la sílaba quedada.

Hierba del aire querida,
pero hierba apenas siseada.
Pase el viento, escape el viento,
quiero oír a la postrada.

La oveja le dice Madre,
el viento le dice Amada.
Yo no te quise doblar
con dedos ni con guadaña.

Yo esperaba que callases,
Arcángel de manos alzadas,
para escucharle el respiro
de niña que gime o canta.

Pasta la oveja infinita,
de tu grito atribulada
y una cubro con mi cuerpo
y parezco, así, doblada,
una mujer insensata
que ama a los dos, trascordada.

Todo lo quiere arrasar
el Holofernes que pasa.
A la vez ama y detesta
como el hombre de dos almas
y en el turno que le dieron
agobia y abate o alza.

Calla, para, estás rendido
como está rendida mi alma.
Viento patagón, la hierba
que tú hostigas nunca matas.
Hierba al Norte, al Sur, al Este,
y la oveja atarantada
que la canta y que la mata.

Hierba inmensa y desvalida,
sólo silencio y espaldas,
palpitador reino vivo,
Patagonia verde o blanca,
con un viento de blasfemia
y compunción cuando calla,
patria que alabo con llanto.

Verde patria que me llama
con largo silencio de ángel
y una infinita plegaria
y un grito que todavía
escuchan mi cuerpo y mi alma.

Tomado del libro Poema de Chile.

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