Por Sergio Macías*
Hace sesenta años, un diez de diciembre, Gabriela Mistral recibió el primer Premio Nobel de Literatura otorgado en el Nuevo Mundo. Es hasta la fecha la única mujer que lo ha obtenido en Iberoamérica: «Por su poesía lírica, inspirada por poderosas emociones que han hecho de su nombre un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano». Un gran mérito, sin duda, pero, aún más, si pensamos que fue hija de la pobreza. Nació en Vicuña, una aldea perdida en el interminable territorio chileno de variados climas y paisajes. Hija de matrimonio separado, por el abandono que hizo del hogar su padre, Jéronimo Godoy, cuando ella tenía tres años. Una educación esforzada y en parte autodidacta le permitió conseguir el título de maestra. Profesión que desempeñó con enorme vocación por todo Chile, y luego en algunos países latinoamericanos. Paralela a su formación de docente, desarrolló la literaria, destacándose en la poesía a contar de 1914, cuando gana el primer premio en los Juegos Florales realizados en la capital chilena, con Los sonetos de la Muerte.
Escribe desde temprana edad en periódicos, utilizando los seudónimos Soledad, Alguien, Alma. Finalmente, reemplaza de manera definitiva su verdadero nombre: Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, para escribir sus composiciones como Gabriela Mistral. Sin embargo, los medios literarios la ignoran por ser mujer. No así a los poetas contemporáneos de su país, a quienes se les da una gran difusión. Ella nació en 1889, diez años después que Carlos Pezoa Véliz, que acaparaba la atención por una lírica impregnada de sabor popular y una realidad social descarnada. Otro es Pedro Prado, 1886, que fue el que dirigió el grupo poético de Los Diez. Tenía una creación fina, delicada. Ya en 1893 sale a la vida Vicente Huidobro, poeta extraordinario por sus imágenes y juegos poéticos surrealistas, y en 1894, Pablo de Rokha, con un canto tremendista, oceánico, popular, político y volcánico. Más tarde, Ricardo Reyes conocido por Pablo Neruda, es el que más acaparará la atención. Cuando Volodia Teitelboim y Eduardo Anguita, publicaron en 1935 la famosa Antología de la poesía chilena nueva, la excluyeron, a pesar de que ella ya había publicado dos extraordinarios libros: Desolación, en 1923, y Ternura, en 1924. Esta marginación también se dio en su propio ámbito de trabajo, en el magisterio. No le perdonaron jamás que hicieran una excepción con ella, para que ejerciera el cargo de profesora secundaria y directora de Liceos sin haber pasado por la universidad.
Sus lecturas de la Biblia, de autores como Vargas Vila, Martí, Tagore, Junqueiro, Darío, Maritain, de los clásicos españoles y rusos, influyeron en su personalidad. El hecho de ser pacifista, libertaria y feminista le causó problemas. Salió en defensa de Sandino, cuando Estados Unidos amenazaba invadir Nicaragua; luchó por los derechos humanos, el voto de la mujer y la igualdad con el hombre, y pidió al sector femenino que se instruyera para no ser considerada objeto de la sociedad. Fue una mujer sufrida por sus amores y desamores, por una maternidad frustrada, por el suicidio de gente muy querida y de su mismo sobrino a los diecisiete años, a quien consideró siempre como un hijo, y que aún no se sabe si lo fue realmente. Propugnó el reconocimiento de vocablos nacidos de la propia realidad latinoamericana y asumió como bandera de lucha el mestizaje. Esta escritora casi mística fue cónsul en Madrid desde 1933 a 1935, donde hizo amistad con Unamuno, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Marañón, Vicente Aleixandre, Carmen Conde, Federico García Lorca y muchos más. Con sólo cuatro libros obtuvo el Premio Nobel de Literatura, y como persona sigue siendo ejemplo de honestidad, de espíritu social y de humanismo.