Por Iván Carrasco*
«Bajé por espacio y aires / y más aires, descendiendo, / sin llamado y con llamada / por la fuerza del deseo / […] y arribo como la flecha / éste mi segundo cuerpo / en el punto en que comienzan / Patria y Madre que me dieron» («Hallazgo»). Así comienza el Poema de Chile, libro póstumo que Mistral escribió durante los últimos veinte años de su vida en el extranjero, como un modo de revivir y reinventar su país añorado. Por eso los 77 poemas de la primera edición han sufrido aumentos y modificaciones menores que no alteran la estructura básica. Cada poema remite a aspectos significativos de Chile (lugares, animales, seres humanos, elementos vegetales, atmosféricos como la luz del Valle Central, ciudades, anhelos, críticas) y el conjunto está estructurado en torno al viaje de norte a sur de tres personajes: una mujer que representa al fantasma (ánima o espíritu) de la autora muerta, que viaja desde el más allá a los lugares amados; un niño indígena atacameño; y un huemul, animal característico de la fauna chilena que simboliza los valores de la levedad, la espiritualidad, la gracia, la ligereza en contra de la brutalidad, la fuerza, la guerra, la violencia del cóndor, ave de rapiña con la cual aparece en el escudo nacional. Desde esta perspectiva, es un texto de proposición y construcción de identidad nacional, biográfico en la medida en que alude a ciertos rasgos de la vida de la autora («mi infancia aquí mana leche / de cada rama que quiebro»); pedagógico, en cuanto intenta enseñar a los lectores chilenos a respetar lo propio; indigenista por la defensa y promoción del indígena, pero también intercultural por su aguda visión de una sociedad compleja formada por etnias y culturas distintas en interacción.
Visto en esta dimensión, Poema de Chile puede ser una clase o un curso de historia natural, cotidiana y cultural de Chile, casi un relato para niños, en apariencia sencillo en su estructuración retórica y hasta restringido en sus asociaciones discursivas. Pero en realidad es un texto abierto a lecturas en variedad de códigos complejos e incluso interdisciplinarios que permiten aprehenderlo en su múltiple complejidad. Leído desde una clave mítica se revela como un texto chamánico y como una geografía mítica, al mismo tiempo que funda nuevos mitos como el del Padre Desierto o el del Padre Cobre, a la vez que realiza una inversión del mito de Orfeo en que sustituye un héroe por una mujer; reemplaza el espacio infernal por uno natural; los valores griegos, por los cristianos y americanos; el mito por la historia.
Desde una perspectiva cultural el poema se inscribe en la tradición sincrética de Hispanoamérica, fundiendo elementos religiosos del cristianismo hispano con elementos del acervo indígena vigentes en la tradición popular mestiza del continente, además de ofrecer una adelantada postura de género.
Poema de Chile es un texto extenso, multifacético, polivalente, que relativiza y rompe la unidad de modelos de variada especie, configurando una original escritura correctora que marca su especificidad en la transtextualidad hispanoamericana y amplía la interculturalidad e interetnicidad iniciadas a partir de la invasión europea del continente. Culmina con la «Despedida», en que Mistral explica la intención de su legado poético: «Ya me voy porque me llama / un silbo que es de mi Dueño / […] Yo bajé para salvar / a mi niño atacameño / y por andarme la Gea / que me crió contra el pecho / […] Sentí el aire, palpé el agua / y la Tierra. / Y ya regreso».