Por Luis Alberto de Cuenca
«El monumental corazón, abierto por igual a exigentes estetas y a desheredados analfabetos, de Miguel»
Se llamaba Soledad, era muy rubia y muy blanca, y se apellidaba Gasset. Vivía en el número 50 de la calle de Goya, en Madrid. La conocí siguiéndola por el parque del Retiro. Seguir a las chicas, a una distancia respetuosa, por el Retiro era un deporte que practicábamos con frecuencia los miembros de mi generación. Era, también, una forma de iniciar el proceso de abordarlas, de la manera más cortés posible, después de la inocente persecución, y de invitarlas a tomar un helado a la calle de Alcalá o un perrito caliente a la calle del General Mola, que había locales especializados en ese tipo de manjares a tiro de piedra del parque, siempre que se saliera por la puerta del Paseo de Coches, que era lo más habitual. Eso hicimos mi amigo Federico y yo con Soledad y con la niña que la acompañaba —de cuyo nombre no logro acordarme—, y acabamos saliéndonos con la nuestra, pues aceptaron muy gustosas la invitación a merendar. En el curso de la merienda, Soledad, que no tendría más de catorce años —yo tendría, a lo sumo, quince—, empezó a hablar de literatura. En seguida pasó a recomendarnos muy vivamente la lectura de Miguel Hernández, cuya producción poética íntegra sólo podía leerse por aquel entonces en las ediciones argentinas de Losada, ya que la censura vigente no simpatizaba con sus poemas más encendidos y beligerantes desde el punto de vista ideológico, y esos poemas eran, por supuesto, los que más ponderaba Soledad.
Qué tiempos aquellos. Una adolescente de catorce años le podía descubrir a un muchachito imberbe de su edad los versos de un poeta de la talla de Miguel Hernández, sin que por ello temblaran las esferas, ni se resquebrajara el firmamento, ni concurrieran esos signos que, según Berceo, aparecerán antes del Juicio Universal. Al día siguiente, me hice con una Antología de Hernández, trenzada y prologada por María de Gracia Ifach, que figuraba en el catálogo de la «Biblioteca Contemporánea» de Losada (Buenos Aires, 1960). Los libros prohibidos lo estaban hasta cierto punto en aquella época, dado que uno podía comprarlos en cualquier parte y sin ningún problema, con tal que no fuesen piezas bibliográficas abiertamente peligrosas para la subsistencia del régimen franquista —y de cualquier persona inteligente, añadiría yo—, como las obras completas de Lenin, los novelones pornográficos del Marqués de Sade o el Libro Rojo de Mao. Cuando me senté en un sillón de la casa paterna con aquel libro de cubiertas grises en las manos, empecé a leerlo como si fuese Soledad, travistiéndome de ella, impregnándome de la colonia que llevaba, viajando por las páginas del tomo con los ojos azules de ella, que me lo había recomendado, con los ojos intensamente azules de aquella jovencita que, con catorce años, abrió los míos a la gloria del pastiche juvenil de Perito en lunas, a la música vigorosa de El rayo que no cesa, al fervor revolucionario de Vientos del pueblo, a la magia desolada de Cancionero y romancero de ausencias, a tantos mundos confluentes en uno solo: el monumental corazón, abierto por igual a exigentes estetas y a desheredados analfabetos, de Miguel.
Fui Soledad Gasset leyendo a Miguel Hernández. Y disfruté muchísimo fundiéndome con los dos. A ella no la volví a ver, a pesar de que estuve escudriñando su portal de la calle Goya durante décadas. Pero sí sigo viendo todos los días aquel ejemplar de la Antología hernandiana de Losada en un estante de mi biblioteca, y lo conservo entre algodones, como si se tratase de una edición aldina de Sófocles o de Valerio Máximo, el Amadís impreso por Jorge Coci en Zaragoza o el Epitalamio de Valle de la colección «Flirt». Miro la fecha en que lo compré: 1966. Hoy, cuarenta y tres años después, vencido y desarmado el ejército de mi esperanza, «ya no quiero más luz que tu sombra dorada / donde brotan anillos de una hierba sombría», Soledad.