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Juan Ramón Jiménez

Cada poeta en su nido (1 de 2)

Por Emilio Ríos *

(Recordando a Carmen H.-Pinzón, A. Campoamor y A. Sody. Por aquella presencia tan dulcemente compartida en Juan Ramón).

Y la canción del agua
es una cosa eterna.

Federico García Lorca

El brevísimo poema que vamos a contemplar hoy pertenece al libro Eternidades, que Juan Ramón Jiménez escribe entre los años 1916 y 1917 (recién casado con Zenobia, a quien se lo dedica), y que se publicará en 1918.

[Fotografía] Juan Ramón escribiendo.

Juan Ramón escribiendo.

Estamos en una época en la que la poesía de Juan Ramón Jiménez busca infatigablemente la mayor esencialidad del discurso. Lo que supone depuración, desnudez, brevedad y selección máxima de lo comunicado. Los poemas de este libro no presentan la explicitud cristalina de etapas anteriores, sino que pretenden únicamente sugerir en cada texto un paisaje lírico de honda raíz, como una semilla que pudiera fructificar luego de modo diverso en los lectores.

De esta manera, los poemas de Eternidades, expurgados de todo lo superfluo, se convierten en una especie de delicados cuadros o diapositivas, mediante los cuales el poeta establece una comunicación con el receptor que, canalizada por aquel, va a ir calando en este como una lluvia tibia de rica paleta sentipensamental.

Esto significa que la descodificación del texto, dado su cripticismo, admitirá sin duda varias soluciones o propuestas. El análisis que vamos a llevar a cabo aquí responde a una de ellas que, más que de modelo, aspira a servir de vehículo mediante el que el lector, partiendo de un material adecuado a los ámbitos en que el autor habita (biografía, estilo, imaginario, etc.), pueda llegar con más facilidad y garantía a su destino de intérprete más o menos fiel del poema.

De las versiones varias en que ha aparecido este poema (todas muy similares y carentes de título) tomo como referencia la de Canción (libro exquisito que dedicó también Juan Ramón Jiménez a su amante y amada esposa), la cual presenta la definitiva corrección del poeta. He aquí ya la soberbia pieza, minúscula de tamaño, pero de largo alcance:

El dormir es como un puente
que va del hoy al mañana.
Por debajo, como un sueño,
pasa el agua, pasa el alma.

La primera lectura de este poema nos deja tal vez la impresión de un apunte interior, descriptivo y lírico a la vez, de enorme sencillez. Parece ser la definición intelectual, aforística, del fenómeno de la dormición. Hay dos planos: uno más material y visible; el otro, simbólico, mágico. Ambos se formulan por medio de sendas figuras retóricas tan elementales como los símiles. El primer par de versos viene a decirnos que cuando dormimos estamos pasando de la página del día de hoy a la de mañana. Y esa bisagra temporal, que se parece a un puente, es el sueño de dormir. La dormición se convierte así en el ábaco que va midiendo cuantitativamente, sin prisa pero sin pausa, nuestra existencia. Pero debajo de ese sueño de dormir se esconde el sueño de soñar, que es una realidad invisible, subterránea, íntima; una cualidad del alma humana que incorpora la temporalidad individual al tiempo cósmico, general, metafísico.

El ritmo perfecto de los octosílabos y esa leve asonancia de los versos pares confieren a la copla un tono entre musical y etéreo. Se trata de una canción, sí, pero que parece salida de una garganta de terciopelo. Y entonada, casi musitada, junto a nuestros oídos. ¿Quién se atrevería a poner a estos versos la música que auténticamente les corresponde? Tendríamos que inventar semicorcheas y silencios no habituales, para plasmar musicalmente la secreta semántica del poema, el velado esplendor de toda su belleza.

De todos modos, esta pieza, que tiene ecos de los haykus orientales, nos ofrecerá sugerencias mucho más ricas, a medida que vayamos abriendo la espita de nuestra imaginación reflexiva. Como sucede cuando la piedra caída en el estanque va generando ondas, cada vez más abiertas y amplias, en su expansión hacia el infinito.

No conviene, pues, desoír cualquier apoyo exegético que pudiera ofrecernos algún especialista (en la materia y en Juan Ramón), de entre los que (desgraciadamente muy pocos) se han ocupado de este poema. Veamos el primero de ellos. Ángel González, reconocido poeta de la posguerra española, dice, por ejemplo, en unos versos de su poemario Áspero mundo: «Si vas de prisa, el río se apresura. / Si vas despacio, el agua se remansa» (¿No suenan muchísimo a un poema de Juan Ramón Jiménez, precisamente de Eternidades, que reza así: «Si vas de prisa, / el tiempo volará ante ti, como una / mariposilla esquiva. / Si vas despacio, / el tiempo irá detrás de ti, / como un buey manso»). Quería yo decir que Ángel González, en su estudio Juan Ramón Jiménez (Júcar. Madrid, 1974), nos comenta brevemente este poema:

El dormir nos aísla aparentemente de la vida, como un puente por el que cruzamos, sobre el fluir del agua —del tiempo—, desde el hoy hasta el mañana. Pero la vida sigue sin que nos demos cuenta: por debajo del dormir —presente— pasa la vida -el agua- como un sueño.

Otro gran estudioso de Juan Ramón Jiménez, el francés Gilbert Azam, escribe en su libro La obra de Juan Ramón Jiménez (Editora Nacional. Madrid, 1983):

La poesía utiliza las posibilidades que le brindan las profundidades de la interioridad, donde se produce la alquimia del verbo, y que están estrechamente vinculadas con la realidad cósmica del Ser universal. El poeta es aquel que intuye nuestra verdadera esencia, consiguiendo alcanzar la primitiva plenitud del Verbo [...] El hoy y el mañana, separados, comunican entre sí mediante ese puente que tiende el sueño de una a otra orilla. El agua, que pudiera ser aquella que corre por lo más recóndito de la conciencia, indica el curso de la vida que se va deslizando de la luz a la oscuridad, brindándonos así la imagen de la muerte.

Qué interesantes las propuestas de ambos especialistas para aumentar el campo de nuestra comprensión; de ese desciframiento que es siempre la lectura de un poema. Vamos a continuar intentando una contextualización de esta pieza, tanto en lo referente a la obra e ideología del autor, como también a su confrontación con otros poetas.

Partiremos de que el agua, protagonista en superficie de esta poesía, es un símbolo polisémico que ha dado mucho juego a la poesía en general. Concretamente en Juan Ramón Jiménez habrá que decir primero que se trata de una recurrencia importante durante todas sus épocas. En la primera, hasta 1913, el agua supone generalmente un paisaje variopinto, cuajado en lagos, linfas, mar, ríos, lluvia, fuentes, pozos, arroyos, etc. Pero ya entonces se empiezan a observar los valores metafóricos: «llora el diamante del agua» (Arias tristes) y las personificaciones: «la dulce queja del agua» (Arias tristes). En Jardines lejanos aparece tal vez el primer ejemplo con un valor simbólico: «Será el agua de la muerte».

En Pastorales hay una imagen que nos acerca ya a la identificación «persona-agua corriente». Es una molinera quien mira el agua del río «por si pasa en la corriente / un corazón como el mío». Esta característica se acrecienta en Elegías: «El pensamiento mío, / crepúsculo del alma, se va con la corriente», «Mi llanto es largo y triste como un río». Y también en La soledad sonora, en donde a veces el agua huye a la manera del tiempo: «Bajo los blandos helechos / huye el agua». En Poemas mágicos y dolientes se aprecia algún reflejo de la aforística heraclitiana: «El alma es un efluvio hacia las cimas» (Heráclito había dicho: «también las almas emanan de las aguas»). En Melancolía vemos pinceladas de la relación «agua-alma» («El agua umbría corre cerca de nuestra alma») y «agua-sueño» («Sueña el río»). La idea manriqueña la encontramos en Poemas agrestes: «Me metí en la corriente. / ¡Ay, cómo huía, / cómo huía a la vida!».

  • (*) Publicado con anterioridad en Epireuma, n.º 30, Orihuela, otoño de 2004. volver
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