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Juan Ramón Jiménez

Imágenes apocalípticas en el Diario de Juan Ramón: la tradición simbólica de William Blake (2 de 5)

Por Michael P. Predmore

En el segundo versículo del capitulo 15 del Apocalipsis, citado arriba, hay una referencia a «los que habían alcanzado la victoria de la bestia». No olvidemos que el Anticristo, la bestia que sale del mal, y su derrota, presagian dramáticamente la resurrección y el Juicio Final en el texto sagrado. Ahora, a la luz de las correspondencias entre los textos que estamos comparando, nos incumbe preguntar: ¿hay algo en el universo psicológico del Diario que corresponda a la bestia apocalíptica? La clave para contestar a esta pregunta la encontramos en el poema 164. Confirma muy breve y muy elocuentemente el carácter apocalíptico del drama psicológico que estamos estudiando:

Oh mar, cielo rebelde
caído de los cielos!

(pág. 433)

Estos dos versos evocan claramente la expulsión de Satanás del cielo en el texto sagrado («El Apocalipsis», 12: 7-9) y nos ayudan a comprender mejor el valor simbólico del mar en el texto poético. El mar del Diario, en la imaginación poética, es un mundo «caído» y reino de Satanás. No nos sorprende ahora que «el jigante negro» que sale del mar en los poemas 163 y 168 tenga muchas características del Anticristo de la Biblia. Fijémonos en el poema 163, «El mar»:

Le soy desconocido.
Pasa como un idiota,
ante mí; cual un loco, que llegase
al cielo con la frente
y al que llegara el agua a la rodilla,
la mano inmensa chorreando
sobre la borda.

Si le toco un dedo,
alza la mano, ola violenta,
y con informe grito mareante,
que nos abisma,
dice cosas borrachas, y se ríe,
y llora, y se va...

A veces, las dos manos
en la borda, hunde el barco
hasta su vientre enorme
y avanza su cabeza, susto frío,
hasta nuestro minúsculo descuido.

Y se encoje
de hombros y sepulta
su risotada roja en las espumas
verdes y blancas...
por doquiera
asoma y nos espanta; a cada instante
se hace el mar casi humano para odiarme.

... Le soy desconocido.

(pág. 432)

El mar-gigante es una personificación de principios satánicos, como bien demuestra el ambiente de ira, violencia, persecución y blasfemia que proyecta. Y, como ya podemos claramente comprender, exterioriza una parte de la vida psíquica, condición reprimida dentro del protagonista que le es desconocida y que le asusta y amenaza. Muy reveladora, además, es la descripción del gigante como «idiota» y «loco». No olvidemos que el viajero califica de «locura» su problema de personalidad en el poema 191.

Este «borracho colosal» del mar vuelve a aparecer en el poema 168 y sigue persiguiendo y asustando al protagonista. Esta vez, sin embargo, hay una nota de triunfo en el viajero cuando este se dirige al mar y reconoce su valor («tu carga chorreosa de tesoros»). Aunque el mar continúa el asalto sobre su víctima por un rato más, cambia de carácter de repente y se convierte en exactamente lo opuesto de lo que había sido. Fijémonos bien en como la imagen de «borracho colosal» (siervo del Diablo) se convierte al final en una imagen de San Cristóbal (siervo de Cristo):

[Grabado] Ilustración de Alberto Beltrán para «El Zaratán».

Ilustración de Alberto Beltrán para el libro «El Zaratán» de Juan Ramón Jiménez.

Hoy eres tú, mar de retorno;
¡hoy, que te dejo,
eres tu mar!

¡Qué grande eres,
de espaldas a mis ojos,
jigante negro hacia el ocaso grana,
con tu carga chorreosa de tesoros!

—Te quedas murmurando
en un estraño idioma informe,
de mí; no quieres nada
conmigo; entre tu ida
y mi vuelta
resta el despego inmenso
de una eterna nostaljia—.

... De repente, te vuelves
parado, vacilante,
borracho colosal y, grana,
me miras con encono
y desconocimiento
y me asustas gritándome en mi cara
hasta dejarme sordo, mudo y ciego...
Luego, te ríes, y cantando
que me perdonas,
te vas, diciendo disparates,
imitando gruñidos de fieras
y saltos de delfines
y piadas de pájaros;
y te hundes hasta el pecho
o sales, hasta el sol, del oleaje
—San Cristóbal—,
con mi miedo en el hombro acostumbrado
a levantar navíos a los cielos.

Me siento perdonado. !Y lloro, mar salvaje,
toda tu agua de hierro, luz y oro!

(págs. 437-438)

No cabe duda ahora que todo esto tiene que ser interpretado como un retrato simbólico del proceso psicológico interior. Aventurémonos un poco y entremos más en el difícil terreno de la psicología. Esta bestia apocalíptica que sale del mar de la imaginación poética es el «anticristo» dentro de la personalidad humana —es decir, una representación de materia psíquica reprimida, que funciona ahora como el diablo y que es responsable de la condición humana penosamente dividida entre el niño y el hombre-.

Este «anticristo» del Apocalipsis interior es una proyección de emociones y sentimientos, hasta ahora reprimidos, que se originan en el miedo infantil y su sentido de culpabilidad hacia lo material, lo instintivo, el cuerpo y los apetitos del cuerpo. (Conviene recordar que la personalidad poética ha sido dominada a lo largo del Diario por los apetitos del alma). Al fin, una vez exteriorizado este contenido psíquico en una poderosa imagen arquetípica, el protagonista se purga de estos sentimientos hostiles y se siente aliviado y «perdonado» por una personificación de su propia identidad. En este drama interior, la figura de San Cristóbal desempeña un papel clave como símbolo de transformación. Sabemos, según la leyenda, que primero sirvió al Diablo y luego pasó a servir a Cristo 10. Representa, en esta versión moderna, aquellas fuerzas psíquicas una vez reprimidas, pero ahora rebeldes, dentro del alma humana. Fuerzas que primero obstaculizan la evolución hacia la madurez y el amor a la mujer y que luego, una vez exteriorizadas y confrontadas, se convierten en materia psíquica que le permite al viajero cobrar una mayor conciencia de sí mismo y tomar sobre sí el peso de los «pecados» anteriores. Conversión y liberación, pues, de materia psíquica que contribuye al proceso de integración e individuación 11 o, si se quiere, al progreso hacia el reino de Cristo dentro del alma humana.

La importancia de este poema (el 168) no la podemos exagerar 12. Demuestra que la relación entre el viajero y el mar ha cambiado definitivamente. Se ha reconciliado el protagonista con este mundo «caído», mundo «caído» que se convierte para el en un nuevo mundo de experiencia, lleno de vida y de futuro, donde su condición de hombre puede florecer. Prueba de esto es que él nunca más es amenazado o intimidado por el mar-gigante en el Diario. En el apocalipsis de su propio universo mental, él también pertenece a los que han «alcanzado la victoria de la bestia».

En resumen, hemos visto a lo largo de la parte IV del Diario una serie de visiones apocalípticas que representan una reelaboración de varios temas del arquetipo bíblico. Aunque hemos escogido varios poemas leyendo en dirección contraria para facilitar el análisis, vistos ahora en su debido orden, los poemas 163, 164, 168, 171, 176 y 181 tratan progresivamente los temas de la caída, el advenimiento del anticristo, la victoria sobre el anticristo, la transfiguración, la muerte, el Juicio Final, la resurrección y, como vamos a ver en seguida, el recobro del paraíso.

  • (10) J. A. Pérez-Rioja: Diccionario de símbolos y mitos. Madrid, 1971, pág. 146. volver
  • (11) Son términos de C. G. Jung que volveremos a tocar dentro de poco. volver
  • (12)Para comprender mejor la importancia de este poema no sólo con respecto a la parte IV, sino a la II también, véase La poesía hermética, pág. 45. volver
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