Centro Virtual Cervantes
Literatura

Escritores > Juan Ramón Jiménez > Acerca de Juan Ramón Jiménez > M. P. Predmore (1 de 5)
Juan Ramón Jiménez

Imágenes apocalípticas en el Diario de Juan Ramón: la tradición simbólica de William Blake (1 de 5)

Por Michael P. Predmore *

En sus conversaciones con Ricardo Gullón, Juan Ramón ha comentado con gran acierto el valor del Diario de un poeta recién casado:

[Fotografía] Juan Ramón con Zenobia.

Juan Ramón con Zenobia. © Herederos de Juan Ramón Jiménez.

Lo creo mi mejor libro... No se pone viejo. Perdone si hablo de el en esta forma, pero yo lo veo ya como cosa histórica, fuera de mí. Es un libro de descubrimientos, aparte de que desde él haya variado el movimiento del verso, la sintaxis poética. Con el Diario empieza el simbolismo moderno en la poesía española. Tiene una metafísica que participa de estética, como en Goethe. Y tiene también una ideología manifiesta en la pugna entre el cielo, el amor y el mar. Creo que, sobre todo en la segunda parte, el libro tiene verdadera profundidad 1.

Con estas palabras y otras 2, Juan Ramón nos ha dado varias claves para comprender la poesía de su «mejor libro». En otra ocasión, con atención a estas mismas palabras, he hecho un intento de estudiar «la metafísica» y ciertos aspectos del «simbolismo moderno» del Diario 3. Ahora, otra vez teniendo en cuenta el comentario del propio autor, me gustaría seguir estudiando la «verdadera profundidad» del Diario, manifestada «sobre todo en la segunda parte». Limitándonos a destacar una serie de imágenes de la parte IV, creo que podemos descubrir otras facetas del simbolismo del Diario que nos permitirán enlazar a Juan Ramón con la gran tradición simbólica de William Blake y que nos abrirán nuevas perspectivas para el estudio de una de las obras más densas y brillantes de toda la poesía española del siglo xx.

Los momentos más dramáticos y quizá más poéticamente profundos del Diario se encuentran en la parte IV y giran en torno al poema 191, «Todo», poema clave que anuncia definitivamente la resolución del conflicto interior del protagonista, tema central de la obra:

Verdad, sí, sí; ya habéis los dos sanado
mi locura.

El mundo me ha mostrado, abierta
y blanca, con vosotros,
la palma de su mano, que escondiera
tanto, antes, a mis ojos
abiertos, ¡tan abiertos
que estaban ciegos!

Tú, mar, y tú, amor, míos,
cual la tierra y el cielo fueron antes!
¡Todo es ya mío, todo, digo, nada
es ya mío, nada! 4

Aquí se afirma triunfalmente el paso a la madurez; la tierra y el cielo de Moguer son reemplazados por el mar y el amor de un nuevo mundo de experiencia 5. La personalidad poética se libra por fin de antiguas obsesiones infantiles («locura») y puede enfrentarse ahora con un futuro increado («nada es ya mío, nada») en su nueva condición de hombre maduro y libre. Este es el contexto que tenemos que tener en cuenta al fijarnos en una serie de imágenes apocalípticas que aparecen en el momento crítico de este drama. Vamos a ver cómo estas imágenes, sorprendentes a primera vista, enriquecen y profundizan el proceso de transformación espiritual que sufre el protagonista del Diario.

Nos vamos a concentrar en la parte IV del Diario porque es aquí donde se ve con más claridad como funciona el lenguaje simbólico de este. Aquí queda en evidencia, como en ningún otro lugar, que el mundo natural, exterior, representa y simboliza el mundo interior. El autor ha creado un universo psicológico, donde todos los elementos expresivos, a pesar de su frecuente referencia al mundo fenoménico, se tienen que entender e interpretar en función del drama íntimo. En el poema 181, «Amanecer», por ejemplo, la salida del sol adquiere una importancia decisiva dentro del «cosmos» psicológico del protagonista. Se lee en el primer párrafo:

[…] De oro vivo, el oriente fulgura irresistible, acercando... el horizonte del agua. En el confuso despertar, su derramamiento sobre el agua es como si hubiera exaltado hasta un oro máximo, hecho grito, estallido, resurrección, el derramamiento de diamante, alas blancas y platería que anoche, aquí mismo, esparcía la luna en el mar de acero.

(pág. 458)

Sin explorar ahora todos los significados de un denso simbolismo, nos es posible destacar lo más importante: el «renacer» del sol anuncia la resurrección del alma que, a su vez, da lugar a una nueva reordenación del universo interior, como bien demuestra el segundo párrafo:

[…] Parece que el cielo se ha roto como un gran huevo fresco y que una yema sorprendente y nunca presumida cuelga por doquiera del inmenso cascarón, y que la brisa clara ha manado infinitamente de un pomo del tamaño del mundo como un unánime raudal de alegría y de vida, filtrándose por todo esto, que es todo, y traspasándonos a nosotros, que somos únicos y que con este amanecer hemos tornado, mar y cielo con el cielo y el mar, a las cosas, en un nuevo arreglo del universo.

(pág. 458)

El «nuevo arreglo del universo» es, sin duda alguna, el universo interior, psicológico. Para el lector, el mayor problema del Diario es descubrir el significado y el valor que da el poeta a palabras como el «mar» y el «cielo», palabras que definen el carácter afectivo y espiritual de este universo interior. Ya he tratado de aclarar en otro estudio un plano del hondo simbolismo del «mar» y el «cielo» 6. Ahora veremos como estas palabras (y el universo que definen) se enriquecen y adquieren profundidad al descubrir en ellas otro plano de simbolismo.

«El cielo como un gran huevo fresco» nos recuerda el huevo cosmogónico en los mitos de creación de antiguas sociedades. El huevo está relacionado con símbolos y emblemas de renovación de la naturaleza; sobre todo, tiene que ver con el renacer y la recreación del mundo. Repite el renacer arquetípico del cosmos 7. Aquí, en la poesía de Juan Ramón, el rompimiento del cielo como un huevo simboliza la recreación de un nuevo orden dentro del cosmos psicológico de la personalidad poética. Esta representación simbólica va acompañada por otra. La brisa que mana de un pomo cósmico y que permea el nuevo mundo con su poder revitalizador es un soplo de gracia que se origina en una esencia redentora, psicológica, desde luego, contenida en el núcleo de la psique 8. Así, tanto la imagen de un huevo cosmogónico como la del pomo cosmogónico, vuelve a representar un drama de resurrección y salvación dentro de la psique del protagonista.

Dado el carácter de este drama espiritual del Diario, no nos va a sorprender ahora la presencia de una serie de imágenes apocalípticas que aparecen donde tienen que aparecer con una perfecta lógica poética y psicológica. (No olvidemos que el Apocalipsis presagia la resurrección y el Juicio Final.) Una clara evidencia de que el poeta reelabora elementos del mito bíblico se encuentra en el poema 171, «Agua total», diez poemas antes de la resurrección del «Amanecer». El significado psicológico del diluvio y el arca no puede escapar ahora al lector. Las fronteras (el cielo y el agua del mar) de un antiguo mundo anquilosado se confunden y vuelven a un primitivo estado informe. Es la desaparición de formas arcaicas de ser y la preparación para un nuevo reino, «un nuevo arreglo del universo», dentro del alma humana:

El cielo no es casi bóveda nuestra, sino posible visión convexa de otros. Llueve más. Agua arriba y agua abajo, es decir, agua en medio, y toda de un color, digo, sin color, digo, negra... o tal vez blanca... Sólo agua, todo agua. Ahogo total, diluvio nuevo. En el arca, yo con mi familia y una pareja de todos los animales conocidos.

(pág. 442)

Vuelve a aparecer esta proyección simbólica de un drama apocalíptico —esta vez con más intensidad y violencia porque está más próxima la resurrección de «Amanecer»— en el poema 176, «Día entre las Azores». Es un poema muy largo y muy denso cuyo sentido simbólico no podemos estudiar en detalle aquí. Citemos solo aquellos pasajes que contienen la categoría de imagen que es de particular interés en este ensayo:

[...] El cielo es hoy más grande que el mundo, y parece que su gloria se ha bajado al ocaso, que está ahí cerca, entre sus jardines acuáticos. La última isla, casi de música, suma de la ilusión, sale, como una proa de luz cristalizada, de entre las nubes bajas, que la abrazan, que la cuelgan, que la coronan inmensamente, en la desproporción májica —¡pobre de nosotros!— de su magnificencia apoteótica.

Seis de la tarde

La isla transfigurada

... Mas los cipreses están ardiendo esta tarde y los muertos están
resucitando. Oro, fuego, purificación...

Siete y media de la tarde

   Transfigurada ya y ardida, entre el sol del ocaso y su largo derramamiento en el mar azul, como un ascua que se apaga roja, malva y ceniza —negra por sitios, carbón que permanece—, la «Isla —¡Adiós, adiós, adiós!— del Juicio Final».

La imagen de la isla posee aquí un doble significado. En primer lugar, representa el territorio de la niñez 9 fuente de las obsesiones infantiles y causa de la «locura» del viajero. En segundo lugar, es una clara evocación de la isla del Apocalipsis de la Biblia —la isla de «los Juicios de las Siete Copas» («Y toda la isla huyó...», 16:20). Así es que hay una convergencia de dos planos de simbolismo, el privado y el mítico-arquetípico. Hay, además, una serie de elementos en el poema de Juan Ramón que captan y reelaboran varios versos del capitulo 15 del Apocalipsis. Los citamos a continuación por el claro paralelo entre la expresión bíblica y su evocación poética:

1 Y vi otra señal en el cielo, grande y admirable, que era siete ángeles que tenían las siete plagas postreras; porque en ellas es consumada la ira de Dios.

2 Y vi así como un mar de vidrio mezclado con fuego; y los que habían alcanzado la victoria de la bestia, y de su imagen, y de su señal, y del número de su nombre, estar sobre el mar de vidrio, teniendo las arpas de Dios.

3 Y cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos.

4 ¿Quién no te temerá, oh Señor, y engrandecerá tu nombre?, porque tú solo eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán, y adorarán delante de ti, porque tus juicios son manifestados.

Notamos una serie de correspondencias entre la poesía del Diario y el texto de la Biblia: la gloria del cielo que desciende al mar, el mar de fuego, la música y los juicios finales. El contexto bíblico ayuda a destacar el significado del pasaje poético. Vemos que la visión apocalíptica del protagonista consiste en glorificar un aspecto de su vida interior. La transfiguración de la isla de la niñez, en forma muy condensada, expresa la verdad de la muerte y la resurrección dentro del alma humana («como presagia Cristo en la montaña», San Mateo, 17:1-13). Mediante un simbolismo profundo, nos damos cuenta de que la niñez es un aspecto de Cristo dentro de la personalidad poética. La niñez se purifica sacrificándose para que el hombre amanezca en un futuro reino del alma.

  • (*) Publicado con anterioridad en Revista de Letras, Universidad de Puerto Rico, Mayagüez, 23-24, sep./dic., 1974. volver
  • (1) Ricardo Gullón: Conversaciones con Juan Ramón. Madrid, 1958, pág. 93. volver
  • (2) Ibíd., págs. 84, 90, 91 y 120. volver
  • (3) Véase mi libro La poesía hermética de Juan Ramón Jiménez. Madrid, 1973 volver
  • (4) Libras de poesía. Ed. Aguilar. Madrid, 1959. [Todas las citas del Diario en este ensayo remitirán a esta edición. En todos los casos pongo el titulo (cuando lo hay) y el número del poema para facilitar la referencia.]. volver
  • (5) Véase La poesía hermética, págs. 24-25, 44-45, 48-49 y 139. volver
  • (6) Ibíd., pág. 16. volver
  • (7) Mircea Eliade: Patterns in Comparative Religion. Cleveland, 1970, págs. 413-14. volver
  • (8) Para el significado de la manzana (en manos de Cristo) como la fruta de salvación, véase George Ferguson: Signs and Symbols in Christian Art. Nueva York, 1966, pág. 28. volver
  • (9) Véase Libras de poesía, págs. 272, 289, 392, 412 y 436. volver
Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es