Por Mercedes Juliá *
En la poesía de Juan Ramón Jiménez se produce un cambio apreciable tras sus dos visitas a los Estados Unidos. La primera en 1916, para casarse con Zenobia Camprubí; la segunda, en 1936, exiliado el autor a causa de la guerra civil. La travesía por el Atlántico, la estancia en grandes ciudades como Nueva York, y la añoranza de España y de sus familiares y amigos, fueron los motivos principales de esta transformación. En carta a su amigo Díez-Canedo explicaba Juan Ramón estas circunstancias: «Desde estas Américas empecé a verme, y a ver lo demás y a los demás en los días de España: desde fuera y lejos, en el mismo tiempo y el mismo espacio. Se produjo en mí un cambio profundo, algo parecido al que tuve cuando vine en 1916» (Cartas literarias 65). Si bien es cierto que el exilio le hizo rememorar y añorar su pasado español, también hay que reconocer la gran influencia del mundo americano en la poesía última de este autor. Las nuevas sensaciones vividas en América quedaron reflejadas en los versos juanramonianos por medio de una red de símbolos e imágenes, algunos sacados del ámbito americano, los cuales enriquecieron su obra con valores intelectuales y emotivos hasta entonces desconocidos en su poesía.
Ya en su poesía temprana Juan Ramón se había destacado como un gran poeta simbolista. Según Richard Cardwell, fue uno de los autores de principios de siglo que mejor supo sacar partido del uso de los símbolos como marco de otros símbolos (275). El crítico se refiere a la técnica finisecular que André Guide llamó «mise en abyme», una serie de símbolos o sistemas dentro del poema, cada uno de ellos formando parte de los otros, creando todos juntos un laberinto cuya salida es siempre cambiante y elusiva. En la poesía última de Juan Ramón el uso del simbolismo se torna aún más hermético y onírico, y los poemas adquieren mayor riqueza semántica al formar parte de un sistema de relaciones vinculado a la obra entera del poeta. En el Diario de un poeta reciencasado (1916) se advierte ya la construcción de una red simbólica que va más allá del poema individual y que se complementa y adquiere sentido al enlazarse con otros poemas. En textos y libros posteriores como «Tiempo» (1941), Animal de fondo (1949) y «Espacio» (1941-54), los símbolos e imágenes de distintos períodos irán uniendo sensaciones varias en un sólo corpus poético, síntesis de la cosmovisión y de la vida y obra del autor. Difícil es aislar un símbolo de otras imágenes que actúan con función simbólica, pues todos juntos irán creando ese ambiente evocador que completará las sensaciones rememoradas por la voz lírica y que se resiste a cualquier esquema o explicación simple. Juan Ramón explicó su quehacer poético como «la precisión de lo impreciso, eso es lo que quiere decir simbolismo, precisar en una imagen muy bella lo impreciso, por medio de símbolos, de relaciones, de correspondencias entre unas cosas y otras» (El modernismo 257-59). El acercamiento a esta poesía tiene forzosamente que ser sólo sugerente pues las fuerzas oscuras, como indicó Ricardo Gullón, deben ser tratadas a veces oscuramente sin pretender reducirlas a esquemas coherentes, prosaicos en suma, trazados según reglas de buena lógica («Símbolos» 212).
Teniendo en cuenta que al hablar de símbolos toda sistematización es muy reducida, me ocupo aquí de tres símbolos de fundamental importancia en la última poesía juanramoniana: Nueva York, las marismas de la Florida y el mar. Constituyen éstos ámbitos o espacios/marcos que funcionan en múltiples niveles, y que al emplearse junto a imágenes varias y a otros símbolos, ensanchan el mundo poético de su autor, poniendo de manifiesto una visión del mundo moderno altamente compleja. Su estudio permitirá en última instancia una mejor comprensión del alcance del simbolismo y de la poesía última de Juan Ramón Jiménez.
La impresión que esta metrópolis produjo en el ánimo del poeta andaluz, acostumbrado a la tranquilidad de su pueblo de Moguer, fue extraordinaria en su primera visita de 1916, y posteriormente durante los años del exilio. En el Diario de un poeta reciencasado, la tercera parte titulada «América del Este», y la sexta, «Recuerdos de América del Este escritos en España» dan buena cuenta de las impresiones de Juan Ramón en esta ciudad y en otros lugares cercanos, como Boston, Filadelfia y Washington. Pero será la ciudad de Nueva York, o «New York» como la llama siempre el poeta, el símbolo que utilizará éste a partir de este primer encuentro, para resumir sus vivencias en las urbes modernas. Juan Ramón dedicó nada menos que ciento veintiséis poemas del Diario, así como todo el segundo fragmento de «Espacio», a recrear las impresiones que le produjo esta ciudad. Calles, clubes, anuncios y experiencias diversas fueron descritos como en una serie de instantáneas donde el autor iba adquiriendo conciencia de estos lugares extraños hasta entonces para él. En el poema XL del Diario, titualdo «Sky», Juan Ramón establece una comparación entre el nombre en inglés y en español del cielo, cuya sensación le resulta chocante: «Como tu nombre es otro,/ cielo, y su sentimiento/ no es el mío aún, aún no eres cielo» (Diario 147). Otro poema, sin embargo (el número XCVI) expresa bienestar ante la brisa primaveral de Nueva York, que es la misma conocida:
Abril, dulce,
me lleva
a todo, en esta sola hoja
de yerba. . .
—¡Qué bien se está contigo,
en todas partes, nueva,
aislada, solitaria
primavera!(Diario 174)
En la entrada del 14 de abril, dos días después de escribir el poema anterior, Nueva York le disgusta: «¡Qué angustia! ¡Siempre abajo! Me parece que estoy en un gran ascensor descompuesto, que no puede —¡que no podrá!— subir al cielo» (Diario 175).
Rogelio Reyes ha señalado que en la apreciación de la ciudad neoyorquina, Juan Ramón establece una relación de contraste entre la naturaleza (el encanto de los cementerios y las casas coloniales del entorno), y la suciedad del suburbano, o la superficialidad de algunos ambientes (92). Si bien es cierto que uno de los atractivos de Nueva York radicaba para Juan Ramón principalmente en aquellos aspectos de la naturaleza con los que podía identificarse, como la brisa, el viento y el sol, el símbolo de Nueva York representa además varias actitudes simultáneamente. Por una parte revela el entusiasmo del poeta con el mundo moderno, y su esperanza de que la unión de lo diverso, observable en la gran ciudad, pudiera producir una nueva armonía en el mundo. Esto se observa en textos como «La negra y la rosa», donde la muchacha negra se convierte en símbolo de un mundo ideal posible; y al final del poema LXIX, cuando exclama: «¡New York, maravillosa New York!» (Diario 157). Hay en el Diario momentos de plenitud junto a la amada y el poeta se interesa por lo que le rodea, mitificando el presente que se le antoja eterno. Así dice en el poema LXXIX, escrito el 27 de marzo:
Todo dispuesto ya, en su punto,
para la eternidad.
—¡Qué bien! ¡Cuán bello!
¡Guirnalda cotidiana de mi vida,
reverdecida siempre por el método!
¡Qué trabajo tan fácil y tan dulce
para un estado eterno!(Diario 163)
Pero en el mismo libro, y en otros momentos, Nueva York representa un peligro de destrucción de todo lo natural. El texto XXV es muestra de lo anterior: «La terrible amenaza es ésta: “se caerá sin abrir la primavera”. —¡Y no tendrá la culpa ella!» (Diario 117). Al poeta le preocupaba que esa estación ideal, concebible en su imaginación y deseo, no llegara nunca a existir. En prosas inéditas que no quiso incluir en el Diario, quizá por encontrarlas demasiado sórdidas, o porque las pensaba publicar en otros libros, Juan Ramón dice de Nueva York que «la ciudad parece un marimacho grandote, con las botas sucias» (Diario, Apéndice III, 345); y en otro lugar la llama «New York postal» y habla del contraste entre el colorido y la limpieza del Nueva York de las postales, tan opuesto a la ciudad sucia: «Se dijera un N. Y. pintado con óleo y lavado delicadamente, en el amanecer de un abril único, por una esponja cuidadosa» (Diario, Apéndice III, 352-53). Los ejemplos anteriores dan una idea de la ambigüedad de este símbolo con connotaciones tan dispares.