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Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez, poeta interior (1 de 3)

Por José Antonio Expósito Hernández *

Mi vida interior, la belleza eterna, mi Obra.
JRJ

Si tratásemos de revelar la clave poética que guarda toda la obra de J.R.J. sin miedo a equivocarnos diríamos que se trata de un viaje hacia dentro de sí mismo. Juan Ramón durante más de cincuenta años de escritura buscó incesantemente una respuesta vital y metafísica a la existencia y la halló en su propio ser a fuerza de ahondar en su conciencia. El fuerte subjetivismo con que interpretó siempre la naturaleza junto a su deseo constante de soledad fueron sus formas de buscar la belleza. El simbolismo para Juan Ramón Jiménez fue el cauce adecuado y la expresión válida para su inquietud. Después de un largo peregrinaje, en su madurez, descubrió que la máxima belleza ansiada estaba dentro de él mismo y que había encontrado a dios por la poesía. Si se comprende esta evolución suficientemente podrá juzgarse mejor al hombre y al poeta que tantas veces, muchas de forma intencionada, ha sido malentendido y criticado.

El retraimiento interior de Juan Ramón Jiménez no fue, tal como algunos pretendieron ridiculizar, el del poeta que tuvo que aislar las paredes de su cuarto con corcho para no soportar el ruido de las pianolas de unas vecinas maleducadas. Tampoco fue ese otro aislamiento del poeta encerrado en su torre de marfil al que lo adscribió Rafael Cansinos Sáenz 1, y que tanto ha dado qué hablar. En cambio, sí acertó Cansinos al destacar cómo Juan Ramón Jiménez muy pronto «se orientó más decididamente hacia la poesía interior».

No, la reclusión interior de Juan Ramón Jiménez fue más profunda, más íntima que la de esas superficiales anécdotas. Rubén Darío a principios de siglo le vaticinó certeramente al joven Juan Ramón Jiménez su verdadera condición de poeta cuando después de leer algunos de sus primeros versos le dijo: «Usted va por dentro» 2. Estas palabras del maestro resonaron siempre en los oídos de Juan Ramón y se convirtieron, con el trascurso del tiempo, en la clave y la norma de su vida poética. En palabras del poeta: «Aquello fue para mí como un epivitafio».

Juan R. Jiménez, tentado en sus dos primeros libros, Ninfeas (1900) y Almas de violeta (1900), por un Modernismo más llamativo y efectista, pronto renunció a ese elemento exterior que poco tenía que ver con su propio ser y regresó entonces decididamente a Bécquer y a las posibilidades simbolistas de la tradición popular. El contacto con el pensamiento krausista a través de hombres como el doctor Luis Simarro o Francisco Giner de los Ríos reafirmó en el joven poeta su vocación de poeta interior, al hacer suyo el ideal ginerario de progreso moral interior por el cultivo de la sensibilidad, es decir, ir a la ética por la estética. Y además, la mejor tradición de la literatura española clásica junto con el Romanticismo le llevaron a través del simbolismo hacia esa dirección intimista más acorde con su espíritu. Ya también José Enrique Rodó al escribir sobre las Elegías 3 de Juan Ramón Jiménez habló de una «Recóndita Andalucía» alejada de una alegría superficial. Juan Ramón vio el riesgo evidente de dejarse llevar por una corriente estética que lo alejase de su rico mundo interior de poeta verdadero. Y así tras leer la crítica de Timoteo Orbe 4 a sus dos primeros libros, Juan Ramón Jiménez dolido le escribe lo siguiente en una carta fechada el 2 de octubre de 1900: «ha concedido usted más importancia a lo meramente externo que al espíritu y al fondo de los libros» 5.

Pero ¿en qué consiste ese «Usted va por dentro» de Rubén Darío? Sin duda en una poesía idealista, que evoluciona desde el descubrimiento de su soledad vital hasta una búsqueda metafísica por aproximarse a lo absoluto a través de símbolos y de imágenes. Esa fue la verdadera evolución del poeta a lo largo de los años. En la búsqueda de la belleza necesariamente el espíritu habría de asemejarse a ella.

Toda la poesía de Juan Ramón Jiménez supone una interiorización lírica del mundo. Lo cual ha propiciado que muchos críticos hablasen del narcisismo del poeta. Entre ellos Rinaldo Froldi que lo denomina «narcisismo órfico». También Pedro Henríquez Ureña calificó como «Extraño narcisismo espiritual» la situación del poeta en su artículo «La obra de Juan Ramón Jiménez» 6. En realidad lo que hizo Juan Ramón Jiménez fue afianzar su credo estético en el mejor impresionismo francés y español expresado a través de un fuerte subjetivismo. Ejemplo claro de esta estética impresionista es el poema núm. 2 de Olvidanzas 7 (1909) titulado «Crepúsculo», en el que el citado subjetivismo es llevado a su extremo y hace que sobre la belleza exterior de la naturaleza triunfe la belleza interior del alma del poeta. «Yo, al ver este oro entre el pinar sombrío, / me he acordado de mí tan dulcemente, / que era más dulce el pensamiento mío / que toda la dulzura del poniente». La impresión subjetiva, como se aprecia, es superior a la propia realidad. Es más importante cómo el yo ve las cosas que cómo realmente estas son. La hermosa hipérbole intimista estalla en versos como: «…No hay nada en la vida que recuerde / estos dulces ocasos de mi alma», en los que la vida se anega en el sentimiento del poeta.

Juan Ramón recluido durante años en su pueblo le escribe hacia 1909 en una carta de respuesta a otra de Rogelio Buendía en la que este le pedía datos para dar una conferencia sobre su poesía: «Mi voz, ya lo sabe usted, ha sido siempre 'voz baja y sin prisa' […] Solo le diré que mi vida es completamente interior». En esos años en Moguer publicó entre otros libros las Elegías lamentables (1910) donde reafirma de nuevo su fe en su mundo interior: «La luz inmarcesible que llevo dentro arde / como una primavera de sueños de colores». En cambio en Melancolía (1912), o en Laberinto (1913) la introspección será marcadamente erótica.

A partir de entonces más que desnudar la poesía de sus ropajes, lo que realmente hizo Juan Ramón Jiménez fue buscar cada vez más en su interior. Hasta tal punto que en la etapa de su poesía hoy conocida como poesía desnuda, lo que se constata es un paulatino prescindir de referencias externas espaciales, temporales y anecdóticas, para que transmutada la realidad en lirismo íntimo aflore así «desnuda», nacida del interior del poeta en una constante depuración de la forma expresiva. Su poesía desnuda es poesía espiritual, que nada tiene que ver con la poesía pura «artificial» que defendieron después algunos de los poetas del 27. Recordemos que Juan Ramón Jiménez fue un verdadero poeta y no un escritor. La diferencia entre el misterio de la poesía y el simple oficio literario resulta abismal y así lo expresó el moguereño en «Poesía y literatura» 8. Su poesía siempre buscó partir de dentro, de la expresión interior y propia sin atender ninguna otra ya creada, a excepción de las consabidas influencias iniciales en cualquier joven escritor. Por eso, si quería de verdad ser él mismo necesitaba crear una palabra nueva, única y exclusiva para él. De ahí que rechazara formas o cauces impropios para su peculiar manera de entender la poesía como el hueco y grandilocuente modernismo, la poesía surrealista o cualquier otra tendencia vanguardista que anulase su individualidad. Porque aunque algunos ismos propugnasen la liberación del ser humano, la uniformidad de sus escuelas imponía estilos comunes que negaban la afirmación del poeta distinto. Por ello Juan Ramón declaraba: «Evolución conciente, seguida, responsable, de la personalidad íntima, fuera de escuelas y tendencias. Odio profundo a los ismos y a los trucos» 9. Así, pues, Juan Ramón Jiménez encontró en el «verso desnudo», es decir, sin rima, la fórmula nueva y personal que se alejaba de las normas fijas de la poesía, de los inventos «literarios».

La búsqueda interior de Juan Ramón Jiménez fue un exilio poético consciente y tenaz. Fue un adentrarse en sí mismo, no en busca de un preciosismo vacuo y a la larga estéril, sino en palabras de Ortega y Gasset un «ensimismarse» 10 en lo suyo para alcanzar su más alto fruto. Juan Ramón Jiménez encontró en la poesía y por la poesía el verdadero fin y la aspiración última de su vida. Fue un creador incesante de una poesía que al mismo tiempo lo recreaba a él como ser humano, era una dádiva recíproca: tanto entregaba Juan Ramón Jiménez a la poesía como sentía que su alma recibía en inmensidad y belleza únicas. Se cumplía así su ideal ético-estético de perfeccionamiento de su espíritu.

  • (1) La nueva literatura (1898-1916), tomo I, Madrid, Sanz Calleja, 1916, pág. 24. volver
  • (2) Juan Ramón Jiménez, Tiempo y Espacio, edición de Arturo del Villar, Madrid, Edaf, 1986, pág. 101. volver
  • (3) El mirador de Próspero, Barcelona, Cervantes, 1913, pág. 179. volver
  • (4) Timoteo Orbe, «Almas de violeta,Ninfeas dos tomos de poesía por Juan R. Jiménez», El Porvenir, Sevilla, 1901. volver
  • (5) Juan Ramón Jiménez, Epistolario I, edición de Alfonso Alegre, Madrid, Residencia de Estudiantes, 2006 pág. 71. volver
  • (6) Pedro Henríquez Ureña, Obra crítica, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, pág. 221. volver
  • (7) Olvidanzas. I. Las hojas verdes (1906), Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, 1909. volver
  • (8) Juan Ramón Jiménez, El trabajo gustoso, Madrid, Aguilar, 1961, pág. 35. volver
  • (9) Poesía española. Antología 1915-1931, edición de Gerardo Diego, Madrid, Signo, 1932, pág. 109. volver
  • (10) José Ortega y Gasset, Ensimismamiento y alteración, Madrid, Espasa-Calpe, 1939. volver
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