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Juan Ramón Jiménez

Lírica de una Atlántida: la plenitud poética de Juan Ramón Jiménez (4 de 5)

Por Alfonso Alegre Heitzmann

La revelación del lugar, del espacio interior, le llega a Juan Ramón en total consonancia con la naturaleza. La existencia del poeta, desde ese centro revelado, es ahora, más que nunca, una existencia abierta al mundo. Nada más ajeno a su supuesto narcisismo. El fondo misterioso que el poeta intuye infinito adentro, como «pozo sagrado de sí mismo» —en bellísima imagen que hallaremos más tarde en Dios deseado y deseante— lo siente el poeta con la misma intensidad en los otros seres, en sus «hermanos eternos»: el pájaro, el árbol, la flor... Juan Ramón siente la correspondencia de ese centro, del «sitio fiel en donde está la eternidad», en la naturaleza. Más aún: es descubrir que cada uno de esos seres amados fundan y se fundan en un lugar, hondo, infinito, lo que le confirma al poeta en la profundidad de su propio ser. Por eso, y casi a modo de programa vital y poético, explícitamente y ya en el inicio de La estación total, el poeta escribe: «[...] Ya no sirve esta voz ni esta mirada. / No nos basta esta forma. Hay que salir / y ser en otro ser el otro ser» 27.

Juan Ramón vive intensamente el sentimiento de un centro sagrado en una múltiple proyección. Su centro no es el centro, sino un centro. «[...] Viajan los lugares a las horas propicias. / Entrecruzan sin estorbo, en concesión magnánima de espacio, sus formas de infinita especie bella, / cada uno a su fe. (Y hacen un mundo nuevo perpetuamente)...» 28. El poeta encuentra en la contemplación la perpetuidad: la eternidad de sus ser en el estar de los otros seres. Y así lo expresa ya en el segundo poema de La estación total, titulado precisamente: «Sitio perpetuo»: «[...] Así encontramos / de súbito, hondas patrias imprevistas, / paraísos profundos de hermosura, / [...] / altos árboles solos, diferentes. // La armonía recóndita / de nuestro estar coincide con la vida. / Y en tales traslaciones, realidades / paralelas, bellísimas, del sueño, / dejamos sonriendo nuestra sien / contra la fresca nube / cuajada, momentánea eternidad, / en un pleno descanso transparente, / advenimiento firme de imposible» 29.

[Fotografía] Juan Ramón.

Juan Ramón. © Herederos de Juan Ramón Jiménez.

En su diálogo con el mundo, en esas traslaciones en que el poeta encuentra la «momentánea eternidad en hondas patrias imprevistas», probablemente el ser que en su presencia transparente signifique más para él sea el árbol. El chopo verde, el álamo blanco, el pino, el olmo, el fresno, el roble están presentes y tienen un extraordinario protagonismo en toda la poesía última de Juan Ramón. Ese salir de sí mismo para ser en otro ser el otro ser es el comienzo de una distinta concepción del mundo, de una metafísica, y de una nueva poética. Juan Ramón en los años que escribe La estación total inicia un camino que lleva a su poesía «hacia otra desnudez», un cambio radical que nacerá precisamente de esa proyección en lo otro a la que venimos refiriéndonos, de ese sentimiento de otredad universal: «Cuando contemplemos las cosas y los seres, —escribe Juan Ramón al final de su vida— los amemos, los gocemos; cuando tengamos su confianza porque les hayamos dado la nuestra; cuando los consideremos conciencia plena y como plena conciencia nos manifiesten su contenido, tendremos su más hondo secreto» 30.

Hay en la poesía de estos años una expresión abstracta de ese centro y a la vez una concreción de ese fondo de «interna eternidad», de cada ser así como del hombre, en sus mejores poemas. En algunos de ellos, la identificación con el otro ser, la proyección en él, es tal que ha confundido a la crítica, que ha tomado por exaltación del yo subjetivo del poeta lo que en realidad no es sino proyección de un yo en un tú, manifestación del propio ser en el otro ser, vivencia interior de su conciencia plena, proyección, identificación y cumplimiento en un tú. En cierta ocasión, Juan Ramón afirmó que Dios no es sino un temblor que tenemos dentro, una inmanencia de lo inefable; pero esa inmanencia se le revela también ahora al poeta en la naturaleza y en los seres que ama.

La primera referencia a los árboles que encontramos en Espacio, casi en su comienzo, dice así: «Aquel chopo de luz me lo decía, en Madrid, contra el aire turquesa del otoño: “Termínate en ti mismo como yo”. Todo lo que volaba alrededor, ¡qué raudo era!, y él qué insigne con lo suyo, verde y oro, sin mejor en el oro que en lo verde» 31. Hay en ese fragmento un recuerdo concreto que remite no sólo a Madrid, y a España, sino a su propia poesía. Ese mismo álamo de luz lo encontramos mucho antes, en la poesía anterior al exilio, en La estación total, en el poema titulado «La copa final»: «Contra el cielo inespresable, / el álamo, ya amarillo, / instala la alta belleza / de su éstasis vespertino. // La luz se recoje en él / como en el nido tranquilo / de su eternidad. Y el álamo / termina bien en sí mismo» 32.

En realidad, la presencia del árbol, —o la de la flor, el mirlo o el monte— su sitio perpetuo, la plenitud de su ser en su estar, su centro conseguido, y ese saber terminarse en sí mismo que el poeta quiere alcanzar son aspectos constantes y fundamentales del libro: Juan Ramón en la intensidad de la contemplación, al abrirse a la naturaleza, se reconoce a sí mismo al conocer a los otros seres; ahora ya no está solo, en él vive una parte del mundo.

Se produce entonces una ruptura en el espacio en la que como en la cosmovisión de las religiones tradicionales a partir de un centro se proyectan los cuatro horizontes en las cuatro direcciones cardinales; revelación de un espacio cualitativamente distinto que no podemos llamar sino «sagrado». Se trata, pues, de una hierofanía, de una irrupción de lo sagrado, a partir de la cual el universo toma origen y se extiende desde un punto central. El espacio y el tiempo confluyen, son uno, en ese punto, en ese instante cenital: «[...] ¡Florecer y vivir, instante / de central chispa detenida, / abierta en una forma tentadora; / instante sin pasado, / en que los cuatro puntos cardinales / son de igual atracción dulce y profunda; / instante del amor abierto / como la flor!» 33.

  • (27) Juan Ramón Jiménez, La estación total, op. cit., pág. 16. volver
  • (28) Juan Ramón Jiménez, La estación total, op. cit., pág. 12. volver
  • (29) Juan Ramón Jiménez, La estación total, op. cit., pág. 13. volver
  • (30) Juan Ramón Jiménez, El andarín de su órbita, edición de Francisco Garfias, Madrid, Editorial Magisterio Español, 1974, pág. 228. volver
  • (31) Juan Ramón Jiménez, Juan Ramón Jiménez, Lírica de una Atlántida, op. cit., págs. 97-98. volver
  • (32) Juan Ramón Jiménez, La estación total, op. cit., pág. 103. volver
  • (33) Juan Ramón Jiménez, La estación total, op. cit., pág. 45. volver
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