Por Antonio A. Gómez Yebra
El fatídico 18 de julio de 1936 a Enrique Jardiel Poncela le requisaron su coche, un vehículo adquirido con los beneficios, siempre escasos, obtenidos por el ejercicio de la pluma. Semejante despojo, habitual
en situaciones de guerra, no sentó nada bien al autor de El cadáver del señor García, quien no se lo podía tomar con humor aunque no careciera de él. Escasamente un mes después, Jardiel sufrió otra experiencia negativa que terminaría marcando su vida y su posicionamiento sociopolítico. Ocurrió
el 16 de agosto, cuando fue sometido a interrogatorio en el palacio de los Duques
de Medinaceli. Un interrogatorio que podía interpretarse como el paso previo a su último «paseo», el que lo llevaría a hacer compañía a tantos intelectuales de uno y otro signo político.
Fue acusado de esconder en su casa a Salazar Alonso, de no estar sindicado en la UGT, y de ser fascista. En esa ocasión Jardiel consiguió mantener la sangre fría, lo que le permitió salir, casi milagrosamente, con vida.
Al día siguiente continuó escribiendo —como solía— en un lugar público: el Café Europeo de Madrid. Con ese acto de valentía demostró a quienes habían puesto su vida en la picota que se sentía inocente de las acusaciones, que no tenía nada de qué huir, que no necesitaba esconderse de ningún perseguidor.
Y no necesitaba huir porque no se sentía involucrado con ningún grupo o partido político. Él, que era hijo de un hombre de formación krausista afiliado al socialismo, había estado rodeado de amigos de todas las tendencias, sin definirse por ninguna en concreto. Cierto que quienes lo despojaron de su coche y lo sometieron a un interrogatorio nada justo y menos inteligente eran de izquierdas. Por ello, y como natural reacción, Jardiel se sintió seguro cuando el grupo contrario ganó la guerra y, posteriormente, se afianzó en el poder. Jardiel, como es lógico, estuvo más a gusto con el triunfo del Alzamiento Nacional, cuyos militantes, a fin de cuentas, no habían interrumpido su actividad creadora ni habían perturbado su ánimo durante la contienda.
Cuando el ejército nacional se hace con la victoria, el país empieza a cobrar poco a poco su ritmo, y Jardiel puede volver a escribir y puede volver a situar sus obras en escena. De su pluma y de la escenificación de sus obras vivía el escritor madrileño, y tras el fin de las hostilidades podía sentir su sustento asegurado.
La guerra y sus secuelas habían obligado a numerosos intelectuales a buscar un lugar más seguro para vivir. La mayoría en Estados Unidos o en Hispanoamérica, donde recalaron buena parte de los miembros de la denominada generación del 27. Pero otros escritores que por diversas causas no forman parte de la famosa nómina de los diez, especialmente los dramaturgos —algunos, además, humoristas— se quedaron en el país y aceptaron vivir y trabajar bajo el régimen del general vencedor. Cuando alguno de ellos llegó con sus obras a América —como es el caso de Jardiel— no fue recibido precisamente con los brazos abiertos por los españoles exiliados, intelectuales o no, que veían en ellos —en Jardiel, concretamente— a un escritor que se aprovechaba de las circunstancias y comulgaba con el Alzamiento Nacional y con su jefe. El rechazo que Jardiel sufrió en Buenos Aires le hizo sentirse mal, y meditar sobre su postura política. En 1947 se define como un demócrata sin ningún tipo de militancia: «jamás he sido un hombre de derechas o de izquierdas. Me gustaron siempre las ideas inherentes a los dos bandos y con su mezcla estaba hecha mi ideología ecléctica».
Pero ya había quedado marcado como un hombre de derechas, adicto al régimen impuesto tras la guerra, y tal —supuesta— afiliación era un sambenito del que difícilmente se podía despegar.
De modo que Jardiel quedó señalado como escritor adicto al régimen. Y así lo han transmitido de crítica en crítica muchos de los estudiosos de su obra. Acusándolo, unos, de artista no comprometido, y otros de artista vendido al régimen.
Pues bien, lo cierto es que Jardiel no tenía obligación de sentirse comprometido en el sentido social del término acuñado en mitad de siglo para determinado tipo de literatura, ni se consideraba salvador de ningún grupo social o étnico. Él era, simplemente, un dramaturgo, en todo caso, humorista, y no es poco que fuese capaz de crear y llevar a la escena (y al cine) obras de ese talante en una época que no invitaba precisamente a la risa. Ni él pretendía ser la ruidosa conciencia de la sociedad, ni el público iba a sus estrenos en busca de la trascendentalidad perdida. Por otra parte, y esto es lo que no ha sabido leer ni interpretar correctamente buena parte de los estudiosos de su obra, Jardiel hizo, a su modo, crítica de los momentos por los que pasaba el país. Porque, por ejemplo, al llevar a las tablas obras como Eloísa está debajo de un almendro está haciéndonos ver la dura realidad de su tiempo a través de unos personajes que buscan evadirse de la misma viviendo por delegación otras vidas, otras historias que les permitan soñar con otra realidad mucho mejor.
Y eso es comprometerse con una España: la España que le tocó vivir, y a la cual ayudó a superar sus traumas tras una guerra cainita en la que se encontró inmerso sin haber puesto nada de su parte.
Jardiel no huyó de los problemas. Los puso al alcance de todos en algunas de sus obras, que, por otra parte, eran de un determinado tipo de humor, no de denuncia social. ¿Pudo haberse comprometido más con la gente de su época? Sí, pero lo suyo era escribir sin demasiadas pretensiones de trascendentalidad. Para eso estaban otros escritores. Lo suyo no era la política. Ni de derechas ni de izquierdas. Él se había desvinculado de cualquier opción política desde su juventud, y nadie puede sentirse engañado por su posicionamiento.