Por Gustavo Pérez Puig
Yo tuve la suerte de conocer a Enrique Jardiel Poncela. Para mí siempre fue y será don Enrique. Una tarde de 1951 en el Café Castilla de la calle Infantas me acerqué tímidamente a la mesa en que tomaba un café con leche y le dije: «Quería hacerle una entrevista, para una publicación de la Universidad»; ante mi asombro, aceptó encantado. Cuando terminó la entrevista y me disponía a irme me comentó: «Oye, tú sabes mucho de mi obra». «Naturalmente, don Enrique, es usted mi autor preferido, y además antes de venir me he preparado releyendo todo lo que he podido de sus comedias y novelas». «Estoy muy solo, ¿por qué no vienes algún día por aquí y charlamos?». No sé qué se siente cuando la lotería te sorprende con el premio gordo, pero estoy seguro de que a mí, si eso ocurre, no me hará más impresión que aquellas palabras; casi nada, ¡mi escritor predilecto, mi ídolo, el hombre a quien más admiraba me pedía que fuera a hacerle compañía!… Al día siguiente, y al otro, y al otro, a las siete de la tarde aparecía yo por el Café Castilla y Jardiel comenzaba a hablar y no paraba hasta las dos de la madrugada que cerraban el café, entonces subíamos a su casa y seguía hasta las tantas. Durante seis meses escuché las palabras incesantes que Jardiel derramaba y que lo mismo eran sobre Napoleón, del que decía que sabía más que el propio Napoleón (y debía de ser verdad), que sobre filatelia, filosofía de la historia, ciudades del mundo, novela, pintura, cine o teatro… Su cultura enciclopédica, su modo de analizar las cosas y su claridad para explicarla con un humor y una brillantez deslumbrante hacían que las horas desaparecieran huyendo velozmente ante aquel talento irrepetible. De teatro me explicó y me enseñó todo lo que sé y más, y estoy seguro de que en aquellos seis meses que tuve la suerte de convivir con Jardiel aprendí más de la vida y de todo, que en los ocho años en el colegio de Areneros y los cinco de la Facultad de Derecho. Mi vocación y mi carrera de director de escena a él se la debo, que me adiestró con sus consejos en cómo se puede conseguir la magia en el teatro y hoy, a los cien años de su nacimiento, quiero desde aquí decirle sencillamente: «Muchas gracias don Enrique por haber sido tan generoso conmigo y descubrirme rincones de la vida y del mundo del espectáculo que sin su ayuda jamás hubiera conocido».