Jardiel nunca participó en esta complicidad entre el público de la postguerra y el ternurismo inteligente de los hipotéticos humoristas. Si estos hacían de la «evasión» una medida de seguridad […] y la terapia que correspondía a la realidad nacional, Jardiel fue, por impulsos de su personalidad, un escritor condenado a la soledad en el marco de un teatro que andaba por otros derroteros. Ni escribió para que olvidaran sus correligionarios, ni intentó plantearles sus problemas ni, visto desde el campo contrario, escribió argumentos críticos que pudieran granjearle su respeto.