Centro Virtual Cervantes
Literatura

Escritores > Jardiel cumple 100 años > Jardiel se escribe con... > Evangelina Jardiel Poncela
Enrique Jardiel Poncela

Algo sobre Jardiel Poncela a través de su teatro y sus novelas

Por Evangelina Jardiel Poncela

Sé que resultaría mucho más cómodo y fácil escribir sobre facetas humanas de Jardiel, pero pienso que, después de todo lo que han escrito sobre él personas más competentes, poco más podría añadir yo.

Por otra parte, en sus novelas, he descubierto a un hombre que en sus obras de teatro no aparece, lo que me ha llevado a la conclusión de que su personalidad estaba formada por la fusión de dos seres: el novelista y el autor teatral.

Todos hablamos de su teatro, todos opinamos, pero lo cierto es que el tiempo me ha persuadido de que son poquísimos los que de verdad lo conocen. Los que tratamos a Jardiel podemos aportar lo que vimos. Cómo, por ejemplo, su cara nos decía cuándo la gestación de una comedia marchaba bien o se le iba atascando. También somos testigos de su sinceridad al asegurar que escribía sin plan alguno, que él tenía que sorprenderse para sorprender al público, y sabemos que era cierto porque muchas veces, cuando nos leía lo que llevaba escrito, olvidábamos su forma tan peculiar de trabajar y le preguntábamos: «¿Y qué va a pasar ahora?»; él sonreía con enigmático gesto y acababa contestando: «Ni idea».

También es cierto que valoraba mucho la opinión de las mujeres, pues aseguraba que teníamos un instinto y una intuición especiales. Por consiguiente, así mismo es cierto que pedía opinión y preguntaba a las mujeres y nos leía sus obras, y nos leía a nosotras, no ya a sus hijas, sino a la mujer en general. Ahora bien, también es cierto que, cuando nuestra opinión no era la que él esperaba, hacía lo que le daba la gana. Existe, eso sí, algo en su carrera teatral que me ha hecho pensar mucho y considero de gran importancia. Todos conocemos los muchos obstáculos que tuvo que vencer, pero pienso que quizá uno de los más importantes y difíciles lo venció desde sus primeras comedias hasta las últimas. Me refiero al obstáculo que implicó la época nada cómoda en la que le tocó escribir. Vivir y triunfar. Empezando en plena Monarquía, en 1927, con su primer estreno en serio, para acabar veintidós años después, agotado por la enfermedad que le estaba minando. Pues bien: ni la enfermedad, ni la proclamación de la República, en 1931, cuando estrenó Margarita, Armando y su padre, ni los sucesos del 34, el año de Angelina o el honor de un brigadier, ni la Guerra Civil española, ni la posguerra, nada, nada cuanto vivió España y él, se refleja en sus comedias. Todas y cada una de ellas podrían haber sido escritas en épocas de paz y normalidad. Siempre que he pensado en esto he llegado a la misma conclusión: que triunfar, atraer a la gente en aquellos momentos, era algo tremendamente difícil. Pero si difícil fue en aquellos años de transición, más difícil todavía fue en los entristecidos y grises años cuarenta. Nunca he comprendido cómo pudo llenar los teatros y despertar aquellas pasiones que despertaron sus estrenos cuando la gente todavía usaba cartilla de racionamiento y el público que iba al teatro era público de rebeca.

Quiso también que, en contra de lo que se ha dicho siempre, su teatro no fuese teatro «del absurdo». Más diría yo que fue «teatro de la fantasía», de la fantasía que necesitaba aquel público para el que escribió. En realidad, todas sus comedias tienen una gran lógica, partiendo de una situación absurda que, si se piensa un poco, no lo es tanto, como ocurre en Eloísa está debajo de un almendro —una familia en la que todos están trastornados—, una vez aceptada esa premisa, cuanto ocurre en la comedia es de una lógica aplastante, y no queda un cabo suelto sin atar, porque él era lógico por naturaleza. Todas sus comedias parten de una o varias situaciones fantásticas que luego resuelve por pura lógica, y casi diría que matemáticamente. Sólo al final, en 1947, llega al teatro del absurdo, con Como mejor están las rubias es con patatas, de pura línea ionescana, aunque Ionesco aún estaba por hacer acto de presencia en el panorama teatral. Quizá fue esto lo que hizo decir al autor rumano cuando visitó España que no perdonaba a un país que, teniendo a un escritor como Jardiel Poncela, no lo supiera valorar.

Esperemos que ahora que se cumple su centenario, comiencen a valorarlo.

Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es