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Enrique Jardiel Poncela

Enrique Jardiel Poncela desde la perspectiva
de un biógrafo

Por Rafael Flórez, El Alfaqueque

Enrique Jardiel Poncela, todo un espíritu de ida y vuelta, aterrizado vía Purgatorio, cumple cien años (1901-2001). Y del brazo de su Eloísa está debajo de un almendro en flor por adelantado de la Primavera del Humor del Absurdo.

Precursor español, muy español, de los Ionescos y Adamov universalizados, nunca —hasta ahora mismo— ha disfrutado del reconocimiento fuera de nuestras fronteras culturales, excepto en el continente americano, de cabo a rabo: desde Hollywood hasta la Tierra del Fuego. Mientras los franceses (ejemplo) acaban de lanzar, a bombo y platillo internacional, itinerario y psicología como grandes temas en la obra de Eugéne Ionesco. No hablemos del actual centenario de André Malraux. O de la fama mundial del británico Noel Coward plagiando a Jardiel en Un espíritu burlón.

Justicieramente reivindicamos, pues, a Jardiel en esta hora de globalización, del desafío multiculturalista, del interculturalismo y el pluralismo.

Por su obra de anticipación desde la «Otra generación del 27» o «generación del 27 del humor», Jardiel Poncela bien merece asomarse al exterior con corazón y marcha atrás.

Ahora que ya sabemos que no hubo once mil vírgenes; que el amor —aun escribiéndose sin hache— sólo dura dos mil metros; que nos puede esperar en Siberia, vida mía, cualquiera; y que nunca es tarde si hemos tenido que llegar al Centenario cuando los ladrones son gente honrada; la tournée de Dios (dentro y fuera de este título de su cuarta novela grande) puede ser cierto que acabe con un discurso divino en la Plaza de Toros de Las Ventas.

Ya que se habla tanto, en nuestros días, de registros (no policiales sino de registros literarios diversos) tengo que decir sobre mi registro de biógrafo que nace con Jardiel. Luego vendrían Ramón Gómez de la Serna, Eugenio d’Ors, Camilo José Cela, Gutiérrez-Solana, Eduardo Vicente, León Felipe…

Que, procedente del periodismo acompañando en principio a José Pepe Altabella —hermano mayor— y previamente desde la más juvenil y bohemia vida literaria madrileña, conocí y traté a Jardiel.

Que me resultaba fácil y necesario testimoniar en un libro (Mio Jardiel, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, l966) aquella concomitancia un tanto confidencial de café —vis a vis— y sus tormentosos estrenos teatrales. Muy madrileños los dos, él con raíces aragonesas y vallisoletanas.

Que compartí tertulias en amplitud con otros también inéditos y avizorantes amigos alevines que luego han sonado tanto (unos) y menos (otros): Alfonso Sastre, Ignacio Aldecoa, Alfonso Paso, Gustavo Pérez Puig, Medardo Fraile, Miguel Pérez Calderón, Pedro Gil Paradela, Carlos José Costas, Miguel Martín, jardielistas consumados y algunos consumidos.

Me había precedido como embrión de prístino biógrafo el periodista mallorquín Juan Bonet Gelabert (padre de la cantante María del Mar Bonet) con El discutido e indiscutible Jardiel Poncela (Biblioteca Nueva, Madrid, 1946) subtitulada Los que le ensalzan, los que le menosprecian, los que le imitan, desplazándose desde Palma de Mallorca para que le contara en directo su vida. Pero, cierto, que sólo la muerte es capaz de hacernos culminar nuestra propia biografía. Aunque en el eterno descanso en paz todavía podamos seguir dando guerra. Eugenio d’Ors (mi otro y posterior biografiado, don Eugenio o un lujo de España, el de su tertulia del Casón del Sacramento, en el Madrid de los Austrias, que también frecuenté) esculpió nuestra eternidad diciendo poco antes de partir y a manera de testamento: «Cuando ya esté tranquilo».

El perfil físico y humano de Jardiel posiblemente equívoco hoy en público según lo que detectan fotos y caricaturas, merece aclararse, ya que no tuvo suerte con las artes plásticas (a pesar de su sobrino José Enrique Paredes Jardiel, pintor después famoso fallecido recientemente) hasta mi instigación para que el pintor José Luis del Palacio realizase el único y gran retrato al óleo sobre lienzo titulado Jardiel Poncela en su universo (1992), con destino a la Galería de Autores del Teatro Español, de Madrid. De expresión ingeniosa a la madrileña hasta en los tics castizos y hablando en camelo, en la distancia y en los silencios mostraba un rictus de aparente enfado o sequedad incierta. Su mínima figura (1,60, «la misma estatura de Napoleón», decía) vestía atildado, trajes ajustados, presumidas corbatas, camisas y pañuelos de bolsillo y zapatos de tacón cubano alzando su menudez. Hiperactivo hasta su decadencia prematura por la enfermedad que le anulara, vivía la conversación inteligente y el afecto de los amigos o conocidos que le rodeábamos y vigoroso frente a los enemigos, que le crecieron como enanos.

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