Investigar la obra de Enrique Jardiel Poncela es buscar el secreto de una estética proyectada hacia el futuro. El dramaturgo y novelista madrileño, por un inconformismo que le lleva constantemente a la originalidad, escribe de espaldas a la rutina heredada del siglo xix, pensando en un público y unos lectores que aún estaban por llegar. A partir de la aceptación del aparente absurdo de la existencia humana, y desde una postura paradójica, Jardiel adopta —y adapta— el desgarro vital de Quevedo, el sentido de lo grotesco de Goya y el esperpento caricaturesco de Valle-Inclán. Si a ello se añaden los alardes de ingenio que conectan con Gómez de la Serna y la ternura de un lirismo entre guiñolesco y melodramático, habremos bosquejado lo más peculiar de su personalidad de escritor.