Esta colección de novelas humorísticas sólo alcanzó una lánguida vida comercial editorial, hasta que a ella se incorporó el buen amigo de Ramón Gómez de la Serna, Enrique Jardiel Poncela. Ya hemos visto la importancia que Ramón concede en su Automoribundia a la trascendencia en su carrera literaria de escribir su primera novela larga. Por ello consigue convencer a Jardiel de que realice un esfuerzo semejante; mas el joven se excusa en no poder prescindir del artículo diario para arbitrarse recursos económicos; pero el editor le compensa la interpolación de su tarea novelística mediante anticipos a cuenta de Amor se escribe sin hache.
Jardiel Poncela, como novelista, perfecciona hasta sus últimas consecuencias la línea antes aludida de Joaquín Belda, y pronto alcanza popularidad similar a la que Pittigrilli disfruta en Italia. Jardiel no conoce hasta mucho tiempo después las novelas de su colega italiano, no obstante lo cual un despistado sector de la crítica considera a este último como modelo del español.
El fulminante éxito de Amor se escribe sin hache, novela basada en la tesis de que todos los conceptos importantes de la vida humana se escriben con hache, promueve un íntimo vínculo, casi paterno-filial, entre autor y editor. Jardiel se constituye en un asiduo visitante en nuestra casa, y especialmente disfruta viéndonos, ¡cómo no!, en la Huerta del Venado; solo o acompañado de sus muchos amigos, entre ellos el cinematófilo Carlos Fernández Cuenca y el comediógrafo José López Rubio. En el prólogo de su repetida primera novela consigna: «… Y el libro, con sus contratos y seguridad, lo he conquistado gracias a José Ruiz-Castillo».
Durante muchos años las novelas de Jardiel Poncela constituyen verdaderos éxitos editoriales, paralelamente al entusiasmo con que son recibidos los estrenos y las centenares de representaciones teatrales alcanzadas por las comedias del novelista.