Itinerario cronológico
Nace, a las 9 de la noche del día 15 de octubre, festividad de Santa Teresa de Jesús, en Madrid, en una casa, la número 29, de la calle entonces denominada del Arco de Santa María (posteriormente y hasta los días actuales de Augusto Figueroa), tal como ahora recuerda una placa allí colocada.
Sus padres fueron Enrique Jardiel Agustín, periodista, y Marcelina Poncela Hontoria, pintora, que asimismo tuvieron tres hijas: Rosario, Angelina y Aurora, nacidas las tres antes de Enrique y la tercera fallecida a poco de ver la luz, por lo que su hermano no llegó a conocerla.
Sus padres lo llevan a la Institución Libre de Enseñanza para iniciarle en las tareas escolares.
Continúa sus estudios primarios, ahora en la Sociedad Francesa de Madrid. Visita, con su madre, el Museo del Prado:
A los siete [años], de la mano materna, recorría las salas del Museo del Prado, y sabía distinguir de una ojeada a Rubens de Teniers y al Greco de Ribera.
Presencia el espectáculo de la actividad política al acompañar a su padre en la tribuna de prensa del Congreso de los Diputados, sito en la madrileña carrera de San Jerónimo.
Y del mismo modo que a los siete años recorría el Museo del Prado de la mano tierna y poética de mi madre, a los nueve asistía a las sesiones del Congreso de los Diputados, desde la tribuna de la Prensa, en uno de cuyos pupitres de primera fila llenaba cuartillas y cuartillas la mano vigorosa de mi padre.
Nuevo traslado de centro, ahora al Colegio de los Padres Escolapios de San Antonio Abad, o Escuelas Pías de San Antón, en la calle de Hortaleza, donde hace el Bachillerato.
Fui siempre un niño díscolo y desaplicado. […] Sin embargo, como mi facultad comprensiva y retentiva era sólida, hice siempre buen papel y obtuve notas en todos los exámenes.
Me eduqué en tres colegios: la Institución Libre de Enseñanza (de cuatro a siete años), la Sociedad Francesa (de siete a once) y los Padres Escolapios de San Antonio Abad (de once a dieciséis). (La mezcla no pudo resultar más explosiva).
Del primer colegio guardo el recuerdo de varios profesores admirables: Zulueta, Ontañón, Blanco, Vaca, encauzados por el abuelito [se refiere a Giner de los Ríos].
Del segundo colegio el recuerdo es más dulce… Allí me enamoré la primera vez.
Del tercer colegio, sólo dos buenos recuerdos conservo; el haber comenzado allí la literatura en cierto periodiquín que hacíamos los alumnos y el haber tropezado con cuatro sacerdotes elogiables: los escolapios Modesto Barrio, Ricardo Seisdedos, Luis López y Luis Úbeda.
La familia se traslada a una nueva vivienda, en la calle de Churruca, número 15, donde el muchacho conoce a Manuel Machado. Lee, escribe, extiende su curiosidad a cuanto halla a su alcance.
En la infancia, mis primeras lecturas fueron alborotadas, incongruentes y diversas, lo cual les acontece a los niños que aman los libros y que han nacido de padres inteligentes. Dueño de varias grandes librerías repletas de volúmenes, leí al mismo tiempo a Dante que a Dickens, a Aristófanes que a Andersen, a Píndaro que a Amicis, a Ovidio que a Byron, a Swendborg que a Ganivet, a Lope que a Dumas, a Chateaubriand que a Conan Doyle, que al ignorado autor de Cocoliche y Tragavientos…
Probablemente, Jardiel tiene ya muy clara y definida su vocación de escritor. Vecino suyo es Serafín Adame, otro muchacho, con el que colaborará asiduamente en los años primerizos de la dedicación a la literatura.
Fallece, el 31 de julio, su madre. Esta pérdida le dolerá ya siempre. En 1928 escribirá:
La sombra azulada de mi madre, muerta hace once años, se extendió sobre mi infancia inculcándome el buen gusto, la delicadeza y la melancolía.
Ingresa en el Instituto de San Isidro para cursar los estudios del preparatorio de Filosofía y Letras.
Comienzo de la amistad con José López Rubio. Éste lo evocará muchos años después, cuando ya no vivía Jardiel:
Le conocí en el otoño de 1919, sobre el tejadillo de un patio del viejo Instituto de San Isidro, donde por las tardes se daban entonces clases de preparatorio de la carrera de Derecho. Se había subido para arengar a sus compañeros. Queríamos, apenas comenzado el curso, ir ya a la huelga, porque creíamos que ser estudiante era ir a la huelga. […] aquel conato de inocente rebeldía me puso por primera vez en contacto con uno de los primeros ingenios de mi tiempo. […] Vivía entonces con su padre, ya viudo, y con sus hermanas en un entresuelo de la calle de Churruca. Cuando llegué, en el salón de la casa, Jardiel estaba leyendo una obra suya: un monólogo cómico que se titulaba El precipitado rojo. […] Ese monólogo hacía el número sesenta y cuatro de los títulos teatrales de ese muchacho de diecisiete años. La mayoría de estas obras estaban escritas en colaboración con su vecino Serafín Adame Martínez. Le admiré desde aquel día y no dejé nunca de admirarle. Creí en él entonces para siempre. Y fui siendo amigo para siempre también. […] En la historia de nuestro teatro se dirá que hubo un tiempo en que cruzó de Norte a Sur, como un rayo, una alegría fulgurante. Ese tiempo fue el nuestro, y ese fenómeno que pasó a nuestro lado, el de Enrique Jardiel Poncela y su teatro.
Primeras colaboraciones —artículos, cuentos— en periódicos: La Nueva Humanidad, La Correspondencia de España, Los Lunes de El Imparcial.
Continúa sus colaboraciones periodísticas y entra en la redacción del diario La Acción.
Continúa su intensa actividad periodística y se incorpora a la
redacción de La Correspondencia de España. Empieza a publicar en la revista Buen Humor, una de las referencias fundamentales para el nuevo humorismo literario. Una novela suya, El plano astral, es mencionada en un concurso de novelas convocado por el Círculo de Bellas Artes madrileño. Conoce a Ramón Gómez de la Serna a cuya tertulia en el café de Pombo asiste y al que profesará honda admiración:
Sin Ramón muchos de nosotros no seríamos nada.
Dedicación plena a la creación literaria que, paralelamente, supone un alejamiento de las tareas puramente periodísticas: «Abandoné el periodismo para dedicarme por entero a la literatura». Mantiene sus colaboraciones en la revista Buen Humor. Publica Un hijo pródigo, traducción de una novela de Tristan Bernard, y las novelas cortas El hombre a quien amó Alejandra y El infierno. Y escribe, escribe…
Vida y literatura: funda, juntamente con José López Rubio y Antonio Barbero, una revista infantil: Chiquilín, que obtuvo éxito y difusión notables y mostraba un noble afán en el cuidado de la literatura dedicada a los niños. Las palabras salutatorias de su número inicial fueron redactadas quizá por Jardiel: «Nenes, ya podéis gritar: / ¡Se terminó el esperar! / ¡Ha nacido Chiquilín! / que no persigue otro fin / que haceros reír la mar».
Jardiel resume lo llevado a cabo hasta la fecha con las palabras siguientes: «Años de 1920, 1921, 1922, 1923, 1924, 1925, 1926… Escribir, escribir, escribir, escribir, escribir… Y leer, leer, leer…». Pero, «en 1926 yo tenía la certidumbre de que todo cuanto llevaba escrito, solo y en colaboración, era lamentable y mugriento». Y, coherentemente, Jardiel adopta una decisión insólita, casi heroica: rechaza —o al menos así lo manifiesta— todo lo realizado hasta entonces, para iniciar un nuevo rumbo literario. Claro que había que vivir… Y
para resolver mi tremendo problema diario y mi terrorífico problema mensual, hacía cuanto es capaz de hacer un mamífero con cédula, que no tiene más arma que una stilográfica: cuentos, conferencias ante el micrófono, traducciones, folletines, historietas para niños, couplets, recetas de cocina, escritos para propagandas: el delirio en cuartillas de 0,60 el ciento.
De cualquier manera, empezaba a ser un escritor conocido y estimado: «En 1926, […] se empezaba a decir de mí que era un humorista joven de porvenir».
Y conoce a Josefina Peñalver y a ella une su vida en un piso de la calle Santísima Trinidad, número 15.
Estrena, en el Teatro Lara, el 28 de mayo, Una noche de primavera sin sueño, su primera comedia significativa de una nueva manera de hacer teatro y de un nuevo humorismo. Publica el libro Pirulís de la Habana, recopilación de cuentos y artículos aparecidos impresos con anterioridad. Hace la adaptación y el guión cinematográficos de la obra de Carlos Arniches, Es mi hombre. Nace, el día 20 de diciembre, de la unión con Josefina Peñalver, Evangelina Jardiel Poncela.
Acaba la relación con Josefina Peñalver. Publica Amor se escribe sin hache, novela extensa de humor.