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Enrique Jardiel Poncela

Perfil biográfico

Ante el humor

Jardiel, al plantearse la cuestión de qué sean el humor y el humorismo, expone la dificultad, imposibilidad incluso de dar una definición precisa, aunque sí pondera la extrema, singular delicadeza de la entidad del humor:

No caeré ahora —ni espero caer nunca— en la simpleza de definir el humorismo, costumbre muy de hoy, porque definir el humorismo es como pretender clavar por el ala una mariposa, utilizando de aguijón un poste del telégrafo.

Al igual que renuncia a un análisis del territorio del humorismo, dada la extensión de ese territorio y consiguiente imposibilidad de abarcarlo.

E insiste en su decisión de no definir el humorismo y acepta las dificultades que puede ofrecer la comprensión de la literatura humorística para los lectores, afirmación esta última hecha con sus puntas de ironía:

No definiré el humorismo, no. Pero sí diré que no todo el mundo entiende la literatura humorística. Lo cual es naturalísimo. Particularmente la literatura humorística, además de servirme para una porción de cosas que no hace falta denunciar, me sirve para medir la inteligencia de las personas de un golpe y sin equivocarme en un solo caso.
Si oigo que me dicen:
—¡Bueno, se les ocurren a ustedes unas gansadas tremendas!,
pienso: éste es un cretino.
Si me dicen:
—Está bien esa clase de literatura, porque quita las penas,
pienso: éste es un hombre vulgar.
Cuando me advierten:
—Es un género admirable y lo encuentro de una dificultad extrema,
entonces pienso: éste es un hombre inteligente.
Y por fin, si alguien me declara:
—Para mí el humorismo es el padre de todo, puesto que es la esencia concentrada de todo y porque el que hace humorismo piensa, sabe, observa y siente, entonces digo: este hombre tiene talento.
Reconozcamos que tengo que decirlo muy pocas veces.

Toda la literatura de Jardiel ofrece ejemplos de humor auténtico, de buena ley, basado a veces en el ejercicio de la lógica más elemental y coherente:

[…] ellos utilizaban de pincel rabos de toro: yo utilizo rabos de vaca.
—¿Y de dónde saca usted los rabos de vaca?
—De las vacas con rabo.

Y asimismo en el contraste verbal y de situaciones y en la chispeante imaginación del autor, tensamente mantenida, que prende y sorprende el interés del lector.

Un humor que puede aliarse y entrecruzarse con la pasión, erótica pasión, así en la descripción, lenta, minuciosa, complacida, de una mujer:

Era efectivamente una mujer espléndida. Alta, aguda, rotunda, vibrante (la personificación de un pasodoble). Vestía aquella noche un traje blanco con rayas grises transversales, y su delgada esbeltez hacía que, vista de lejos, pareciese una corbata. Sus piernas tenían la delicada y suculenta forma que provoca, a la vista de algunas piernas, el deseo de chuparlas después de haberlas mojado en chocolate «Suchard». Había en su piel reminiscencias de la seda croata, y los labios se le rasgaban al reír en un esguince que ponía enfermo al espectador. En cuanto a su pelo, rizado y negro hasta la furia con algo de endrino y caduco, estaba irisado por una incandescencia que no era más que electricidad perenne.

A veces, en la intrascendencia, o aparente intrascendencia, de unos diálogos banales, subyace una intencionada e incluso profunda crítica, como la que realiza en el comienzo de Eloísa está debajo de un almendro, donde en la brevedad del diálogo y bajo las sonrisas que suscita y en la insinuación al absurdo que denota alienta una aguda crítica, más eficaz porque va acompañada precisamente de esas sonrisas, una crítica a unas costumbres y formas de vida, a una determinada concepción del madrileñismo que Jardiel rechaza, en diversos textos, de manera explícita y contundente. Lo que no empece para su firme cariño a Madrid, «que sigue siendo la ciudad que tira de uno», dice Jardiel, en carta escrita en Buenos Aires el 14 de octubre de 1937.

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