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Enrique Jardiel Poncela

Perfil biográfico

Hombre de café

Lo fue, no sólo por los muchos cafés que tomaba, sino, ante todo, porque los establecimientos así llamados eran su lugar habitual y predilecto de trabajo, según él mismo reconocía:

Trabajo siempre en los cafés, pues para trabajar, necesito ruido a mi alrededor, y en ese ruido me aíslo como el pez en la pecera.

Incluso cuando se hallaba en el extranjero, en lugares donde no existían los clásicos cafés españoles de aquel tiempo, buscaba un espacio semejante o que le pudiera recordar a esos establecimientos. Así, cuando se encuentra en los Estados Unidos, cuenta desde Hollywood, el 2 de diciembre de 1934, en una carta a su familia:

Mi vida en esta temporada se reduce a encerrarme desde la mañana a la tarde en el restaurante del Studio a escribir, pues al tener que ‘inventar’, claro, he tenido que recurrir a escribir en el café como siempre. Las camareras ya llaman al café: Poncella’s office.

En Madrid fueron muchos los cafés que conocieron la presencia asidua del escritor. Como el Europeo, en los años veinte, que estaba en la glorieta de Bilbao. Era el clásico café de entonces: amplio, confortable. Tenía música: un reducido grupo que se autodenominaba pomposamente orquesta (a veces tan sólo un violinista); y un público extenso y diverso, más numeroso, animado y popular por las tardes, como correspondía al barrio de Chamberí: abigarrado, castizo, pleno de vitalidad. Allí se reunía Jardiel, por las tardes, con un grupo de amigos, reducido en un principio, progresivamente ampliado después: escritores sobre todo, algunos dibujantes también, que en su mayoría colaboraban en la revista Buen Humor y después lo harían en Gutiérrez, y otras pocas personas de diferentes profesiones. Algunos acudían también a última hora de la mañana, cuando el local ofrecía una imagen mucho más sosegada y silenciosa. El primero en llegar, hacia las doce, era Jardiel. Se sentaba habitualmente en el mismo lugar, hacia el fondo del establecimiento, donde mayor era la tranquilidad, y de inmediato transformaba la mesa, la clásica mesa entonces de mármol de un café en mesa de trabajo. Colocaba sobre ella sus lápices, su pluma estilográfica, gomas de borrar, un frasco con goma de pegar, cuartillas, tiras de papel en las que escribía frases, correcciones sobre lo ya redactado y que pegaba luego en las cuartillas… El camarero («—Buenos días, don Enrique…», quizá algún leve comentario inspirado por la actualidad) le servía el café, con leche casi siempre, que el escritor tomaba copiosamente. Él mismo detallará, al final de su novela Amor se escribe sin hache, el número de cafés que había consumido mientras escribía esta obra:

El número aproximado de las consumiciones hechas hasta rematar el libro, contando con que el autor al trabajar sólo toma café, alcanza a unos 112 cafés, que al precio medio de 55 céntimos, eleva la suma de gastos desembolsada a 61 pesetas con 60 céntimos. Agregando el 20 por ciento de propinaje, resulta un total de pesetas 73,90, lo que prueba que la literatura no es un deporte caro.

Y una vez servido el café y cumplido por tanto el cotidiano ritual preparatorio, el escritor comenzaba a trabajar.

Aunque Jardiel acudía cotidianamente al café Europeo en los años finales de la década de los veinte, otros muchos cafés conocieron también su presencia por entonces y más tarde.

Como el Universal, que estaba en la Puerta del Sol y en el que abundaban las tertulias de gentes unidas al mundo de la canción ligera y del cuplé: músicos, autores de letras, artistas…; y el Varela, situado en la confluencia de las calles de Preciados y de las Veneras, que tuvo uno de sus más asiduos clientes en Emilio Carrere, y al que iban también a menudo los hermanos Manuel y Antonio Machado, el actor Ricardo Calvo, el duque de Amalfi, a veces Miguel de Unamuno cuando venía a Madrid desde Salamanca; y el café Español, y el España, y el Gijón, y el Recoletos, y el Castilla, y Negresco, y La Elipa, y la Granja el Henar, donde hubo durante años una tertulia famosa en el Madrid artístico y literario a la que asistían Ramón del Valle-Inclán —que era quien la gobernaba—, Julio Romero de Torres, Enrique de Mesa, Anselmo Miguel Nieto, Cipriano Rivas Cherif… A todos estos y a otros cafés acudió Enrique Jardiel Poncela, en un tiempo en el que este género de establecimientos era uno de los escenarios más habituales de la existencia de los españoles.

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