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Enrique Jardiel Poncela

Perfil biográfico

Ante el amor y las mujeres

Amor se escribe sin hache, la primera, cronológicamente, de las novelas extensas de Jardiel, publicada a finales de 1928, lleva la dedicatoria siguiente:

A la maravillosa y exquisita «Nez-en-l’air», cuyo perfume predilecto he comprado muchas veces para poder recordar en la ausencia sus ojos melancólicos.

En recompensa a cuanto la hice sufrir; como recuerdo a aquellos días felices en que vimos amanecer juntos, y para que al leer este libro en alguna ciudad remota vea que no he olvidado mi promesa.

Estas palabras —delicadas, nostálgicas, ennoblecedoras palabras— de Jardiel dan testimonio de la finura de su espíritu. Pero la historia de esa pasión amorosa había tenido, en su final, amargos aspectos. Y había sabido de engaño y desengaño, de olvido y abandono sobre un fondo de música de tango malevo.

Y en este fracaso sentimental, que le dejará para siempre un poso amargo y que nunca pudo olvidar de manera plena, radica, quizás, la misoginia o feminofobia tan reiterada en multitud de páginas del escritor. Una muestra de tal actitud, entre muchas otras recordables, puede hallarse —autobiografismo posible, literatura y vida confundidas— en unas palabras de Zambombo, personaje de Amor se escribe sin hache:

Para mí, la mujer sigue siendo un insecto ponzoñoso del que hay que huir para que no nos envenene la sangre. ¿Que mi odio hacia la mujer ha nacido del desengaño? Bueno…

Aunque el mismo Jardiel negará tal presunta misoginia:

No soy un misógino: sin la compañía, sin la presencia de las mujeres no podría vivir; me gustan por encima de la salvación de mi alma. Lo que no hago, al menos por ahora, es entregarles el corazón, porque cada vez que lo entregué me rompieron un pedazo, y lo necesito entero para la metódica circulación de mi sangre.

Quizá estaba en lo cierto al afirmar que no era un misógino. Sí fue, en pleno siglo xx, un sentimental y un romántico, «un sentimental y un romántico incorregible»; un amante perteneciente a la estirpe de Quevedo y de Cyrano de Bergerac, feo («soy feo, singularmente feo, feo elevado al cubo») y sentimental. Y su mal era de soledad. Él podía decir, al igual que el personaje Zambombo de su novela Amor se escribe sin hache:

—¡Qué solo estoy! ¡Qué brutalmente solo estoy!
[…]
—¡Si uno lograra que alguien le quisiese de veras!
Y se replicó a sí mismo:
—¡Bah!… Utopías, sueños irrealizables, falsas palabras consoladoras… ¡El amor! ¿Qué es el amor?

Y la pregunta hecha por el personaje abre paso al sarcasmo:

Un anuncio, pegado en una valla, le dio la respuesta:

AMOR
LA MEJOR PASTA PARA LIMPIAR METALES.

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