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José Hierro

Visiones de Hierro

José Hierro

Por Pedro Shimose

La primera noticia que tuve del poeta José Hierro fue a través de un disco producido, a comienzos de los años sesenta, por la editorial Aguilar. Dicho disco se titulaba: Doce poetas españoles en sus voces o algo parecido.

Yo estudiaba en la Universidad de la Paz, Bolivia, y ya había publicado mi primer libro de poemas.

El crítico Juan Quirós, director del suplemento «Presencia Literaria», reunió en su casa a un grupo de poetas casi adolescentes y nos regaló la audición privilegiada de ese insólito recital grabado. Me impresionaron las voces de Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Blas de Otero, Gabriel Celaya y José Hierro.

La voz áspera, seca, cortante, grave, del poeta Hierro resultaba de una rareza musical extraordinaria. Al igual que Rubén Darío y el boliviano Óscar Cerruto, Hierro restauró para la poesía en español el verso endecasílabo.

Aquella audición me condujo a un libro Poesía reunida editado en Buenos Aires, por Losada. De esa primera compilación volvería a leer a Hierro en sus denominadas Poesías Completas (1944-1962), editadas por Giner, en Madrid, y en Cuanto sé de mí, recopilación publicada por Seix Barral, en Barcelona, 1974.

Desde entonces, mucha agua ha corrido bajo el puente, pero mis ojos y mis oídos siguen evocando un puñado de poemas de José Hierro: «Plaza sola», «Una tarde cualquiera», «Reportaje», sus sonetos… Ellos expresan el misterio de la creación poética. ¿Cómo decir tanto de forma tan sencilla y con tan pocos medios verbales? La respuesta es la misma: este hombre de nombre mineral miró dentro de sí mismo y descubrió toda la música de la tradición lírica castellana.

Las raíces de su poesía se funden en nuestros clásicos. De hecho, hay un homenaje implícito a San Juan de la Cruz en el poema «Yepes cocktail» como también hay otro a Calderón, tanto en el título de su libro Cuánto sé de mí como en un poema suelto titulado, precisamente, «Fuegos de artificio en honor de don Pedro Calderón de la Barca».

Hay en Hierro una sabia asimilación de sus lecturas intensas. Manrique, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Lope, Calderón, Juan Ramón, Rubén Darío y claro es, Antonio Machado, respiran en su poesía con agitada pasión contenida. El autor de La vida es sueño no influyó en Hierro con sus discursos teológicos ni con sus alegorías barrocas. Le cautivó por su experiencia alucinatoria y desencantada del destino humano. En ese espejo se vio Hierro cuando transitó la poesía testimonial hasta desembocar en una poesía existencial de hondo calado lírico.

Aunque sólo le conozco por su obra admirable, intuyo que este poeta con pinta de boxeador es díscolo por timidez, delicado en su retraimiento por pura humildad y callado porque lo que tiene que decir lo dice escribiendo, cuando escribir es otra forma de cantar.

Lo he visto muchas veces, recorriendo galerías de arte, y le he leído brillantes críticas e interesantes ensayos sobre pintores españoles contemporáneos. Hierro sabe del oficio porque él, pintor y dibujante, conoce a fondo los mecanismos de la creación artística.

No sólo de las artes visuales; las del mundo sonoro, también. Una buena parte de su poesía se refiere (o tiene por referente) a la música y a los músicos sinfónicos: Beethoven, Mozart, Haendel, Victoria, Palestrina, Bach, Verdi, por ejemplo. Incluso hay por ahí alusiones a villancicos, coplas y ritmos caribeños, «Mambo» se titula uno de sus poemas sociales más impresionantes.

En sus poemas «Para dos poetas de América» y en «Alucinación de América», José Hierro proclama su interés por América, la del Norte. A excepción de Rubén Darío, no sé si alguna vez se interesó por otro hispanoamericano. Así se explica su Cuaderno de Nueva York, de 1998. En él vuelven los temas musicales con alusiones a Gershwin («Rapsodia en Blue»), a Beethoven («Beethoven ante el televisor»), a Schubert («Adagio para Franz Schubert») y un insólito «Cuplé para Miguel Molina».

Al final, un dato que sólo a mí me importa: «Réquiem», poema narrativo con personaje incluido, resuena en alguno de mis poemas como un homenaje a este poeta español que ha sabido conjugar ética y estética sin ruido ni aspavientos.

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