Centro Virtual Cervantes
Literatura

Escritores > José Hierro > Visiones de Hierro. Lecturas de Hierro
José Hierro

Visiones de Hierro

Lecturas de Hierro

Por Pío E. Serrano

La primera ocasión en que pude leer poemas de José Hierro fue en un curso de Literatura Española del siglo xx.

Estaba yo en tercero de carrera en la Facultad de Letras de la Universidad de La Habana. El curso lo dictaba doña Camila Henríquez Ureña, sin duda, la más brillante de las profesoras que tuvimos en aquella facultad. Doña Camila, dominicana como sus hermanos Pedro y Max, ejercía un hispanismo sereno y culto, raigalmente asentado en su identidad americana. Después de un primer semestre luminoso, todo él Juan Ramón y veintisiete, aguardábamos un grisáceo semestre final dedicado a la posguerra. Pronto, doña Camila, habría de sacarnos del error, que sólo era ignorancia. Ante nuestros ojos se abrieron los textos de Dámaso Alonso, de Rosales, de Panero, de Bousoño y, por supuesto, ocupando un lugar privilegiado, la densidad testimonial de los versos de José Hierro.

Eran los años sesenta y para los jóvenes poetas cubanos de entonces la poesía tomaba los derroteros del prosaísmo y del coloquialismo.

En reacción al hermetismo origenista, se ponía el oído en la lengua oral y los temas se buscaban en la inmediatez deslumbrante de lo cotidiano en un país que estrenaba revolución.

Nuestros modelos provenían de la poesía anglosajona y de un puñado de poetas hispanoamericanos, entre los que se encontraban Parra y Benedetti, Sabines y Cardenal, Mario Trejo y Juan Gelman. A pesar de su carácter más bien sombrío, los poemas de Quinta del 42 pasaron a formar parte del bagaje generacional.

El «compromiso con el hombre» se cumplía en Hierro desde una mirada que no ocultaba la ternura, al tiempo que se enfrentaba el desaliento y la inconformidad con un lenguaje cotidiano desnudo entre patético e irónico. Pero mi lectura errónea seguía siendo únicamente la del poeta «social» de mis años habaneros.

La España que ya pude conocer a finales de los setenta todavía me devolvía en sucesivas lecturas a aquel José Hierro testimonial y comprometido de mi juventud.

La serena épica de esos años soñadores de utopías y rebeldes al pasado conducían aún mi trato con el autor. Gastón Baquero fue el primero en señalarme la obligatoria y urgente lectura de «Sinfonieta a un hombre llamado Beethoven» y exigiera de mí una lectura novedosa.

Debieron pasar varios años antes de que, otro cubano, José Olivio Jiménez, alumbrara para mí facetas desconocidas del autor de Cuanto sé de mí. Con José Olivio, pude descubrir aquel «poeta hambriento de realidad» que se movía trágicamente entre la nostalgia (la historia) y la utopía (el futuro), entre lo permanente y lo por venir.

La poesía hondamente lírica de Hierro se abría ahora ante el testimonio desgarrado del que anhela «la superación salvadora de las penosas contingencias de la realidad». Cobraba pues una densidad mayor aquel malestar insoportable que trascendía la inmediatez del «reportaje» y que se instalaba en la imaginación para saltar las fronteras del tiempo y del espacio.

Llegado a la madurez expresiva del poeta mi trato se hizo frecuente y no he dejado de leer, una y otra vez, ese apretado cuerpo, destilado con lentitud reflexiva, «de la claridad racional y la del misterio» (en palabras de José Olivio) que es la poesía de José Hierro.

En la Feria del Libro de Madrid, en 1992, me acerqué a la caseta donde Hierro firmaba sus libros. No tuve que aguardar una larga cola. En realidad, era el único que aguardaba. Mientras los novelistas del momento (¿quiénes eran?) se fatigaban en el extremo de ansiosas hileras humanas, el poeta parecía contemplar un paisaje —el Retiro— que no le era indiferente. José Hierro me recibió con la cordialidad con que se acoge a un amigo que nos visita en la intimidad. Le conté todo lo que queda escrito y recuerdo el leve escepticismo de su sonrisa al escuchar pacientemente mi entusiasmo por su poesía. Firmó el ejemplar y trazó un delicado dibujo (marrón y verde) con los bolígrafos de color que había dispuesto para las firmas.

En 1998, en un curso de verano de El Escorial dirigido por Carlos Bousoño volvimos a encontrarnos. Yo debía presentar una ponencia sobre la presencia de Gastón Baquero en España. Un largo párrafo se refería a la entrañable acogida que el poeta cubano tuvo en José Hierro. El asunto no era mera anécdota. Baquero, mulato y exiliado sin recursos económicos, mal mirado por las derechas y las izquierdas simpatizantes de Castro, no fue recibido amablemente en Madrid por la clase literaria. Entre los pocos que le mostraron una amistad constante se encontraba José Hierro. En la cena de despedida del curso, Hierro pidió un pañuelo blanco y procedió a darle color a un hermoso rostro de mujer con la savia de las distintas flores que estaban a la mano. Hierro es siempre una humanidad desbordada.

Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es