Visiones de Hierro
Por Blanca Andreu
Por un azar benéfico José Hierro ha sido el poeta con quien más he coincidido a lo largo de mi carrera literaria. Lo conocí cuando yo tenía veinte o veintiún años y él aún no había cumplido los sesenta. Desde entonces he tenido la suerte de poder estar a la sombra de su ala innumerables veces. Nuestra amistad se forjó coincidencia tras coincidencia, en recitales de poesía o jurados de premios, año tras año. Al principio me asustó. Como diría Rilke, «todo ángel es terrible». Y José Hierro, Pepe para los amigos, era como un ángel que pareciera un tigre siberiano. Le encantaba bromear, por ejemplo, fingiéndose un energúmeno. «¡Señora! ¡Es usted una borracha!», espetaba de pronto a voz en grito a la hora del desayuno en el restaurante del hotel donde estábamos alojados, al tiempo que se metía entre pecho y espalda una copa de chinchón y dibujaba con café en la servilleta. Por cierto, por culpa del café, los dedos y las servilletas tardé un tiempo en comprender y admirar su arte de pintor. Sin embargo como poeta desde el primer momento me inspiró un respeto sin límites. Recitaba de una forma bellísima y sobresalía de forma evidente entre la gran mayoría con asombroso «sentido y sensibilidad», con un talento tal que había que ser una culebra desorejada o un envidioso pertinaz para no dejarse llevar por la emoción que transmitía. Me imagino que sus enemigos literarios, los poetas rivales que se han atrevido a ignorarlo, nunca lo escucharon recitar ni tampoco se molestaron en leerlo, pues encuentro de todo punto imposible que haya gente inmune a la belleza que generaba. Si José Hierro hubiera ideado una antología de poesía contemporánea los habría incluido a ellos con toda seguridad. Él no tenía nada que temer del brillo ajeno. Era un verdadero poeta, de esos que tienen la chispa del resplandor eterno. Por otra parte, en el terreno moral, era intachable también: jamás era mezquino ni miserable, no intrigaba ni criticaba de forma vil, no tendía trampas ni trepaba ni halagaba ni transigía con los trapicheos. Era completamente noble. Por algo se llamaba José Hierro Real. Y en efecto, también era majestuoso, un príncipe de las letras, un rey. Qué orgullosos estamos de él sus amigos, sus admiradores, sus discípulos. Qué seguros de su valía, de su arte, de su bondad.
El día tres de diciembre del 2002, junto con los poetas Antonio Porpetta, Eloy Sanchez Rosillo, Salvador García Jiménez y Javier Marín Ceballos (y Chenchi), tuve el placer de verlo por última vez para fallar el Premio de Poesía Oliver Belmás. Era un placer mezclado con dolor, ya que su enfermedad estaba en su última fase. «Esto se acaba. Me estoy muriendo», me susurró en un suspiro. «Me dijiste lo mismo hace dos años», protesté negando la evidencia. «Tienes buen color», le animamos todos. Y era verdad. Entonces comenzó a dibujar sin parar veleros, japonesas, retratos, flores, mujeres alemanas. Me los iba regalando al tiempo que los pintaba con rotuladores sin que yo tuviera que mendigárselos como solía hacer. También le regaló dos a Javier.
Había llegado con su nieta Tacha (de ella y de su otra nieta, Paula, contaba andanzas desde que eran niñas), la única a la que dejaba llevarle el oxígeno que necesitaba para respirar. Su querida Tacha, que de pequeñita inventaba greguerías de las que Pepe se sentía orgullosísimo ( «Todas las moscas son viudas»).
Desde que enfermó y ya no podía hacer el loco con Porpettan —incluido el año en que decidieron ambos salir en la procesión de Semana Santa de Cartagena vestidos de maceros del Ayuntamiento, cosa que hicieron sin ambages— ni comprar con él en el mercado, montando un número anual muy apreciado por los vendedores de salazones, viajaba con Lines, su mujer. Lines no sólo es una dama dulce, exquisita y bella como pocas, sino una mujer de manos de oro. De niña ya tenía manos mágicas: del producto de la venta de los juegos de cama que ella cosió con encajes y bordó para sus muñecas a los siete y ocho años pudo comer su familia en más de una ocasión durante la Guerra Civil. Ya casada con Pepe, durante un tiempo, se dedicó a hacer las muestras y los modelos de bordados y labores que aparecen en las portadas de las revistas del gremio. Eso es algo que para los profanos tal vez no signifique nada pero para los aficionados a las artes de aguja significa la suma perfección.
Pepe y Lines, me parecía a mí, eran un matrimonio como salido de una profecía de Isaías: «Y el tigre pacerá con el cordero».
En esta ocasión, con Tacha, Pepe asistió a todos los actos del día. En la comida posterior al fallo la obligó a mostrarme un cuento que ella había escrito sobre un asunto terrible y que me conmovió visiblemente. Eso le puso contentísimo. Tan contento que revivió. Parecía que le daba igual la lenta agonía, la muerte que llevaba, todo, sólo por pensar que de su estirpe había nacido aquella jovencísima escritora.
Y allí, con el postre, pudimos ver todos los presentes cómo sonreía satisfecho, feliz, olvidado del dolor, y cómo parecía lleno de una vida que trascendía («toda sciencia trascendiendo») la odiosa enfermedad, el pulmón maltrecho, el cuerpo, su cuerpo, esa vasija rota que apenas podía contener ya el vino generoso de su espíritu.