Visiones de Hierro
Por Alejandro Valero
De los grandes poetas contemporáneos, José Hierro es uno de los pocos que acaparan gran parte de la poesía, no sólo por su hercúlea personalidad poética, sino también porque su apetito artístico lo quiere abarcar todo. No se conforma con ser un poeta de la realidad, de los hombres, de la Historia; busca en la imaginación lo que no encuentra en la Tierra, y regresa lleno de imágenes y de conceptos que mezcla con las cosas para producir una poesía rica y densa. En esto se distingue de muchos poetas contemporáneos que han afianzado su voz en un terreno acotado, que han regado su jardín con versos hermosos, pero que no han querido o no han podido salir fuera de su cerca.
Hierro, en cambio, ha heredado de los poetas del 27 ese ímpetu poético que los llevaba a investigar más allá de unos supuestos límites.
Aquí confluye Hierro con José Ángel Valente y Claudio Rodríguez, lo que le ha llevado a rechazar una adscripción prematura que lo encorsetaba en una teoría poética de la realidad social, y ha superado otra adscripción que quería defenderlo de la primera para limitarlo de nuevo a una teoría cercana a la poética preponderante de la generación del 50; a saber, la de una conciencia ética que está también volcada en lo personal y en la experiencia.
Lo verdaderamente importante es que poetas como Valente, Claudio Rodríguez y José Hierro nos han enseñado a desconfiar de las etiquetas, y han demostrado con su escritura que la realidad sólo existe en primer término como opuesta a la imaginación y que tal contraste resulta finalmente superado, pues la palabra poética confunde las cosas, los conceptos y las imágenes para formar una realidad única en el poema.
Pero José Hierro difiere de Valente por su propensión a la vida más que a la literatura, y esto lo une a Claudio Rodríguez. Hierro lo deja claro en sus versos: lo primero es la vida, y sólo escribe cuando no vive en plenitud, cuando ha perdido la vivencia y quiere sustituirla por la intensidad de las palabras que luchan contra el olvido. Quizá fuera esto lo que llevó a José Hierro a dejar de escribir o publicar durante muchos años. Pero tengo que confesar que esta actitud me sorprende, porque aunque resulte coherente con la poética vital de su obra, deja el oficio y el arte de la poesía un tanto malparados al equipararlos con un placebo, y porque no se compadece con la densidad y la altitud de miras de su obra. No hay que relacionar, además, esta actitud con la conocida humildad de Hierro y su generosidad comprobada.
Él, como todo gran poeta, se sabe dominador de un lenguaje personal, y así lo demuestra en sus versos. Es verdad también que no muestra ninguna complacencia con la poesía, pues se observa en su obra una lucha constante con las palabras y con la realidad, como si la poesía fuera insuficiente para conocer ésta; así lo afirma en sus versos: «Inútilmente interrogas / desde tus párpados ciegos». Versos lapidarios que no dan lugar a la duda respecto a las posibilidades de la poesía. Da la sensación de que el poeta se queja de la inutilidad de la poesía para la vida real y diaria, para el conocimiento de las cosas, pero esa inutilidad no invalida los poemas como obra de arte, que es a lo que legítimamente debe aspirar todo artista. Porque la profundidad de la obra de Hierro y la férrea construcción de sus poemas, que los hacen resistentes al tiempo y al olvido, son su verdadero triunfo.
Precisamente es esto lo que debemos aprender de José Hierro: su desconfianza ante la poesía como conocimiento, que no le obliga a abandonar sus deberes como poeta comprometido con las palabras. El mismo compromiso que sentía José Ángel Valente, pero en cambio éste no dudaba de las excelencias de la poesía y de su poder de conocimiento, siguiendo con ello una larga tradición que comenzó en el Romanticismo. Hierro, a pesar de ser un virtuoso del poema, no ve nada más allá de las nubes o, mejor dicho, entrevé el misterio, que lo deja absorto y perplejo.
Ese misterio al que se quiere acercar mediante la alucinación, que quizá sea lo mismo que Claudio Rodríguez llamaba ebriedad. Y en ese campo escribe Hierro quizá sus mejores poemas. Pero los poderes del poeta son sólo terrenales, no divinos como tantos han querido creer, y el hombre está limitado por su ceguera. Eso no le impide interrogar con vigor, luchar contra el tiempo con las armas de la poesía, porque él sabe que esto se logra con la perfección de un poema. Un poema que con el paso del tiempo se ha hecho cada vez más confuso, más ambiguo, más cercano a ese misterio al que se ve incapaz de penetrar. Y lo que queda al final es un hombre que sigue perplejo: «¿Qué haces mirando a las nubes, / José Hierro?».