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José Hierro

Visiones de Hierro

Tocata y fuga para José Hierro

Por Francisca Aguirre

Queridos amigos: Tenéis delante de vosotros a una mujer estupefacta. La persona que os habla, es decir, yo, Francisca Aguirre, no acaba de creerse lo que está sucediendo. ¿Y qué es lo que está sucediendo? Pues algo que realmente, la excede. No sé cómo ha podido suceder este despropósito, pero el caso es que ha sucedido, y aquí me tienen ustedes tratando de cumplir una tarea casi imposible, porque pretender resumir en unas cuantas páginas lo que es un ser humano no me negarán ustedes que es, cuando menos, una osadía. Pero si, además, ese ser humano se llama José Hierro, desde luego, la cosa ya adquiere caracteres de disparate. Sin embargo, ah sin embargo, como decía Machado, aquí me tienen ustedes. De donde se deduce que el disparate es una flor que brota donde menos se piensa.

¿Quién iba a decirme a mí que vendría aquí a cometer el desatino de intentar explicarles a ustedes la persona y la obra de un poeta tan imposible de definir como José Hierro?

Válgame Dios, qué hago, qué puedo yo decirles de este hombre. Con qué palabras hablo de alguien tan lejano y tan próximo. Cómo logro explicarles lo que ocurre con semejante ser. Con tan extraordinario ser. Y digo extraordinario para no hacer de él un objeto de admiración sino para explicarles que José Hierro no encaja demasiado bien en lo que entendemos por ordinario o común. Las cosas con Pepe siempre son a otro precio, como decía el magnífico novelista y pintor colombiano Héctor Rojas Herazo, refiriéndose al genial poeta peruano César Vallejo. No sé muy bien qué precio es ése, pero de lo que no cabe duda es de que es un precio distinto. Porque Pepe es distinto. Y no es porque él trate de ser distinto: yo diría más bien que él trata, desesperadamente, de ser como todo el mundo. Y a veces lo consigue: hace muebles, pinta, guisa. Es como si tratara de consolarnos a todos diciéndonos: no pasa nada, todo funciona, estoy con vosotros, bebo vino y cuento chistes como todo el mundo. Desde luego, pero ¿quién es ese catador de vinos y de versos, quién es ese buceador de la música, ese vigía de los milagros y horrores de vivir? ¿Quién es ese desesperado entusiasta? Cómo voy a hablarles yo del fugado que, paradójicamente, siempre está en su sitio. Porque lo propio de Hierro es la escapada, la fuga, pero, ¡madre de Dios!, lo propio de Pepe es también la permanencia. Ahí están sus libros, ahí está su vida. Y ahora ¿qué hacemos, qué hago? De quién les hablo yo.

Porque, digámoslo con claridad, hablar de Pepe es la cosa más fácil de este mundo. Lo llamas y ahí está. Vas a su casa y te lo encuentras cuidando helechos, escuchando a Schubert, recitándote de memoria a Lope o a Machado, ofreciéndote vino de su cosecha de «Nayagua» o pintándote una marina mientras estruja hojitas verdes de cualquier planta para que el mar tenga el tono preciso. Yo lo miro y me parece tan de siempre, tan parecido a sí mismo, y tan de mi casa, mi gente, mi historia. Sin embargo, este artesano de lo consabido, este alfarero de lo cotidiano, este ebanista de los sueños mínimos, este albañil de lo de siempre es, también, el caminante alucinado, el que pisa las calles de una mítica Nueva York en la que encuentra la nostalgia asombrada de una Jerusalén inexistente, el viaje desesperado de un Akab gaditano por los mares terribles de la fontanería en Columbia University; es el descubridor del Moncayo justo en el corazón de Central Park. ¿Qué puedo decir yo de semejante ser? Pónganse en mi lugar. Pero no quiero hacerles trampa: algo sabemos de taumaturgo, nada del otro mundo, desde luego, como diría el propio Pepe, sino más bien datos de poca monta: su amor por Santander, su paso por la cárcel en los tiempos de la cólera fratricida, la fecha en que, por fin, obtuvo el pasaporte y su estrecha amistad con seres raros: don Gutierre de Monroy y doña Constanza de Anaya; su relación con Haendel, Beethoven o Ezra Pound. Pistas que ha ido dejando entre sus versos. Y su desmedido amor por el inasequible amor, por sus dones y llagas, las alucinaciones que lo ocultan o revelan. Y, desde luego, su arrebatada entrega a las palabras, «las misteriosas / que dicen aquello que ocultan, / callan aquello que pregonan». ¿Qué más sabemos de nuestro poeta? Conocemos también su entusiasmo por la pintura. Pero, sobre todo, Pepe es un artesano de la vida, Pepe es un entusiasta de la tierra y sus dones magníficos. No sé las veces que lo he visto arriesgar su esqueleto para hacerse con un helecho. Porque a Pepe le gustan, especialmente, las cosas sencillas, sin pretensiones: las plantas de rocalla, las jaras, los majuelos y la arena infinita de una pequeña playa en Santander. Estas cosas sabemos del taumaturgo que conocemos con el nombre de José Hierro. No es mucho.

Sin embargo, ¡ah sin embargo! Abrid cualquiera de sus libros y «una música imposible / como un ser vivo. Prodigiosa / como un presente, eternizado / en su cenit» os inundará el corazón para siempre. Una forma de conocer a este muchacho desmedido, a este adolescente intransferible y soñador, es observarlo en su relación con la vida. Como ya se ha dicho, acertadamente de él, en el terreno estético es un seguidor del deslumbrante lenguaje de Juan Ramón Jiménez y, en lo que se refiere a la ética, es un discípulo de la deslumbrante moral de don Antonio Machado. Claro que todo esto habría que matizarlo y ello requeriría un tiempo del que no dispongo. Pero no me resisto a señalar dos o tres puntos. Creo que Jean Paul Sartre tenía razón cuando dijo que «todos evolucionamos, pero dentro de una constante». En el caso de José Hierro esa constante es evidente en lo que se refiere a la estética: ha evolucionado, a veces de manera sorprendente, pero siempre dentro de una exigencia implacable por la belleza formal o expresiva, y desde luego, dentro de un ritmo inapelable.

Hierro, gran defensor de la poesía oral, no ha descuidado nunca el canto que representa todo buen poema. En lo que se refiere a la ética, nuestro poeta mantiene, también, su fidelidad a una constante. Lo vivido, lo sufrido evoluciona, se altera y aparece en la obra de José Hierro emanando siempre el inconfundible aroma de la moral. Hierro es un vigía permanente de su tiempo, pocos son los artistas contemporáneos que muestran una conciencia tan aguda, tan alerta de los escombros que amontona la Historia como este sorprendente cronista. Mi querido amigo y maestro, José Hierro, ha venido, desde su primer libro, Alegría, hasta el último publicado, el sorprendente, imaginativo y conmovedor Cuaderno de Nueva York, evolucionando dentro de una fidelidad impecable a las dos constantes a que me he referido: estética, y ética, y el resultado es una obra, por un lado, de una belleza casi dolorosa y por otro, de una exigencia moral deslumbradora. Entonces, ¿cómo resumirles ese milagro? Me temo que no haya manera. Imagínense ustedes que yo tratase de contarles ahora, con palabras lo que dice la Toccata y fuga, de Juan Sebastián Bach. Se echarían ustedes a reír, y con razón, porque la Toccata y fuga dice cosas muy diferentes según quien la oiga. Es más, dice cosas distintas a un mismo auditor, dependiendo de los diferentes estados en los que se encuentre el corazón de ese auditor. Sucede lo mismo con la obra de José Hierro. Qué duda cabe que las notas de Bach son siempre las mismas. Somos nosotros los que variamos y Bach y José Hierro, piadosamente cambian con nosotros para decirnos en cada momento aquello que precisamos oír. Aquello que consuela y abriga a nuestro pobre corazón. Démosles, pues, las gracias.

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