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José Hierro

Visiones de Hierro

José Hierro o la estela de la poesía

Por Guadalupe Grande

Tienes estrellas en la frente, le habrían dicho, pero las estrellas, esas estrellas, eran restos de un naufragio, pecios esparcidos con un orden misterioso en la arena de su frente. Estrellas, arena, pecios, palabras, ritmos, restos de lo que fue y que no fue y que pudo ser la vida.

Resulta difícil, muy difícil, decir algo sobre José Hierro, algo sobre la poesía de José Hierro que, afortunadamente, no haya sido dicho ya hasta la saciedad.

A pesar de ello, sin embargo, hay una excusa en esta repetición; quiero decir que cuando se habla de poesía, y digo poesía, sucede que uno suele disponerse a celebrar un misterio, y no a explicarlo —cómo si alguna vez ello fuera posible—, de manera que la conversación, a pesar de consabida, transcurre por cauces similares a los que se abren cuando nos disponemos a escuchar, por infinita vez, aquella música, aquella pieza que nos consuela y acompaña desde el orden del pentagrama. Al sonido de ese rumor me acojo.

De manera que, a pesar de que casi todo esté ya dicho, querría hablar de José Hierro, de las palabras de José Hierro: de sus «Criaturas de la sombra» que abrasan cuanto tocan, del «hueco donde ocurrió el prodigio», de los «sonidos domesticados», de su crónica y de su testimonio deseternizados. En realidad, querría hacer otra cosa: querría intentar hablar sobre algo más modesto: algo así como intentar explicar por qué para mí, aprendiz de poeta, aprendiz de persona, estos poemas han sido necesarios, y por qué intuyo que en estos días, para nosotros —en la medida en que ese nosotros exista— poetas jóvenes —ya no tan jóvenes— esta obra es un signo en el cruce de caminos, el cabo de una vela en el laberinto.

En esta, como tantas otras, época de escuelas, corrientes, generaciones, grupos y filiaciones la poesía de José Hierro ha venido sucediendo con una inquebrantable independencia. Sin embargo, no creo que esa independencia haya sido el resultado de una vocación de originalidad o de un proyecto, sino la consecuencia lógica de aceptar, como decía don Antonio Machado, que uno no elige su amor, y que, por tanto, se escribe lo que se puede y no lo que se quiere.

La cuestión es más seria de lo que parece, pues para nosotros, tan permanentemente tentados de defendernos de la sobreabundancia cobijándonos bajo ficciones generacionales o de índole estético o de carácter ideológico, filiaciones no siempre bien avenidas y en general escasamente fundamentadas, la actitud estética y vital de José Hierro es una señal de advertencia. Pero digo que la cuestión es importante, insisto, no en lo que esta actitud pueda tener de voluntad de construcción de una voz, sino porque esa voz, esa independencia se han ido construyendo desde la fraternidad, el agradecimiento y el respeto.

Cuanto más propia nos parece la voz de José Hierro, cuanto más claramente identificable nos resulta, tanto más advertimos que esa individualidad no niega nada, no necesita negar nada para corroborarse, ni siquiera necesita corroborarse. Esa fraternidad, esa esencial fraternidad con la poesía, lleva a José Hierro a transitar la historia de la literatura hasta encontrar su voz.

De manera que entre los poemas de José Hierro encontramos no sólo su voz, sino también un incesante diálogo con la historia del idioma, con la historia de la poesía. Creo que es un esfuerzo necesario, una tensión necesaria entre la tradición, entendida en su más amplio sentido, y el encuentro con la propia voz.

Pero es también una manera de traer esa tradición hasta estos días, de habitarla entre las páginas de sus libros, y digo habitarla y no reactualizarla, esa sería una veleidad programática que no me parece que haya estado entre los planes de José Hierro. Repito, no sé exactamente desde qué nosotros hablo, pero creo que esta manera de dejar que la tradición, el agradecimiento con la tradición, forme parte de la propia obra ha supuesto, en cierto sentido, un descanso, una manera de recordarnos que esa tradición debe auxiliarnos y no pesarnos.

Se trata aquí de diálogo y de tensión. O quizá una relación tensa, una relación que se tensa en el diálogo para evitar las disyunciones y vincularse al otro, en el sentido más amplio de esta palabra. La tensión como una forma del diálogo. La tensión como cuerpo de la poesía. Y así, conjugando elementos, fragmentos de elementos que podrían entrar en conflicto uno al lado del otro, paradójicamente José Hierro resuelve el conflicto (no la contradicción) aunando tensiones hasta que todas juntas llegan a una especie de acuerdo: tensión entre el testimonio y el pudor, tensión entre la belleza, la precisión estética y el lenguaje cotidiano, tensión entre la historia y el tiempo, tensión, como mencioné, entre la tradición y el encuentro con la propia voz, tensión entre el poeta que necesita ser testigo, dar un testimonio deseternizado, ofrecer un fragmento de vida, y el testigo que se estremece ante la posibilidad de que ese testimonio sea una traición.

Insisto, aquí se trata de entablar un diálogo cuyas palabras, esas que «dicen cuanto callan, que ocultan cuanto pregonan», se anudan y abrazan hasta llegar a un peculiar acuerdo, un acuerdo de una tersa complejidad. Hierro es así, un extraño poeta socrático, un poeta que se instala en el diálogo y que a la vez quisiera desaparecer, que nos recuerda constantemente que, como decía Machado, «no es el yo fundamental el que busca la poesía / sino el tú esencial». Nadie sabe por qué un poema respira, nadie puede saberlo: simplemente podemos limitarnos a contemplarlo como contemplamos a alguien mientras duerme, con esa inquietud que produce la vida de los que duermen, con esa inquietud de que al despertar nos hagan una pregunta que nunca podremos responder. Quizá se trate de ese «hueco donde sucedió el prodigio», de «sones otorgadores de perpetuos dones», de «cosas sin vigencia, símbolos mudables del tiempo», quizá sean ésas las imposibles respuestas.

Misterio, tensión, diálogo. Decía Francisco Brines que la poesía de Hierro es el «testimonio de una generación, pues esta biografía poética, siempre pudorosa, se ha transformado en la biografía interiorizada, y la más representativa, de una colectividad histórica. Y no son sólo en él biografía los hechos sino también los sueños, no sólo las presencias, sino también las ausencias». Esa biografía colectiva llega hasta nosotros, generación de desmemoriados, no sólo como un todavía necesario y desdichado testigo de la historia reciente, sino como un nivel de testimonio ético. Quiero decir que cuando desde su primer libro Hierro instala parte de su obra en ese nosotros, la palabra nosotros empieza a crecer, a duplicarse, a convertirse en lo que realmente es, ese lugar donde los que son otro se encuentran, y así los poemas comienzan a hablar con el otro, con esa infinidad de otros que habitan sus libros: el preso que no puede dormir, los andaluces, las muchachas que bailan, Marta, Brahms, Einstein, Miguel de Molina, Lope, Manuel del Río, los que cantan en yiddish… y nosotros, los lectores. Otros, Hierro nos habla de nosotros a través de los otros, y en ese laberinto de espejos y pronombres, la poesía se revela como «un documento, no un poema, un testimonio, una radiografía que no pretende ser hermosa sino útil». Pero aunque el poeta nos advierta que esa utilidad es objetivamente inútil, a nosotros, generación de desmemoriados, nos roza el vuelo de la irrenunciable dignidad. La poesía como testigo de la vida.

Dignidad, misterio, tensión, diálogo; estrellas de una constelación en la que una vez sucedió el prodigio, restos de lo que fue y que no fue y que pudo ser la vida. Para nosotros, para mí, los poemas de José Hierro, son un pasaporte que siempre llega a tiempo.

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