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José Hierro

Visiones de Hierro

La música de José Hierro

Por José Ramón Ripoll

El ejercicio de la poesía —la actitud del poeta ante su propio quehacer— está más emparentado con la música que con la literatura. En la poesía, sí, se manejan palabras, pero sus significados no surgen estrictamente de sus versos, sino del sonido que producen sus signos al rozarse. La poesía es ritmo y, en la mayoría de los casos, la emoción nace al escuchar cómo se acompasan sus palabras. Desde el principio, el verbo fue cantado. El poema alcanzó su realidad cuando se hizo música, combinando silencios y sonidos con el tiempo: Palabra en el tiempo o verbo suspendido en un lugar de la memoria, en el fondo del corazón. La poesía es, en sí misma, memoria, clamor contra el olvido. Recordamos su naturaleza por su forma, su aliento, su ritmo y música. En ella recordamos nuestro origen.

La poesía de José Hierro no se concibe sino desde la música. El motor primero de sus versos es —como en el caso de César Franck— una célula rítmica que intensifica su presencia hasta desarrollarse y convertirse en melodía, en fuente armónica y discurso sonoro. Es una música emergente, tan necesaria como lo es su palabra.

Así, situándonos en cualquier lugar de su producción, no encontramos un solo poema que no esté elaborado desde el aliento musical. Habría que hablar de su música con la misma familiaridad con la que se habla de su poesía.

Su palabra, clara y penetrante, se funde en su música sin miedo a perder su rumbo y encuentra en ella su auténtica naturaleza. Lejos de dejarse atrapar por su propio canto, alza el vuelo y recupera su primigenia condición, que es sonar, sonar humanamente:

No era la música divina
de las esferas. Era otra
humana: de aire, y agua y fuego.
Era una música sin hora y sin memoria. Carne y sangre
sin final y principio…

José Hierro pertenece al árbol de la tradición. Ante sus poemas, el lector tiene la certeza de estar asimilando lo mejor del pasado, al mismo tiempo que descubre otros espacios nuevos, pertenecientes a su contemporaneidad, donde resuena una música distinta. Un pasado delimitado, más por la forma que por sus nombres. Pocos poetas pueden considerarse tan fieles herederos de los grandes maestros como Hierro. No hay más que oír la cadencia de su melodía u observar la precisión métrica de sus versos para cerciorarse del testimonio de su poesía. Es una voz que nos confirma el ritmo más hondo de nuestra propia habla. Voz natural, llana, concisa y, a su vez, cargada de registros que nos muestra una amplia gama de resonancias.

Sin embargo, no se conforma el poeta con el hábil y magistral manejo de metros y ritmos tradicionales. Su musicalidad se desprende de un río interior, más allá del verso, que recorre todo el territorio verbal y va configurando su propio discurso sonoro. No hay soniquete, los ritmos automáticos se difuminan y el compás se marca, no con la maquinaria del metrónomo, sino con el latir del corazón.

Sin ser un poeta popularista, José Hierro toma prestados numerosos elementos de la canción popular, de las viejas melodías aprendidas de niño. El poeta —como señaló en su día Aurora de Albornoz— utiliza la técnica del collage para enfatizar la realidad, o para crear un mundo real más poliédrico. A través del canto, su pensamiento toma cuerpo y se nos plantea como algo que no sucede ahora, sino que viene silbando desde siempre, desde el eterno cancionero de los hombres.

La música, no solamente forma parte de la estructura principal de su poesía, sino que está presente en sus temas, en sus recursos léxicos, en su poética:

Música viva, como antaño en pianolas y organillos.
Música viva como un mar que transcurre, para los soñadores
—Bach, Schumann, Brahms o Debussy—;
señales de otras músicas futuras de otras vidas,
de otros tiempos —Boulez, Berio, Stockhausen, Luis de Pablo…

Son muchos los poemas en los que José Hierro hace referencia al mundo de la música, bien en forma de homenaje a algunos de sus autores preferidos, bien como alabanza y necesidad de la expresión sonora.

Poemas como «Acordes a T. L. de Victoria» u «Homenaje a Palestrina» ya están recogidos en el libro Quinta del 42 (1953).

O «Sinfonieta a un hombre llamado Beethoven» y «Experiencia y sombra de la música (Homenaje a Haendel)» en Cuanto sé de mí (1957). O «Retrato en un concierto» —un homenaje a J. S. Bach, en el que el poeta plantea un juego entre la fantasía producida por los sonidos del maestro y la realidad, encarnada en Solveig, un segundo personaje más que literario. Ya en Agenda (1991), nos encontramos con textos de tan clara dirección musical como «Brahms», «Clara», «Schumann» o «Verdi 1874».

Y en su último poemario, Cuaderno de Nueva York (1998), la música se convierte casi en el motivo principal del libro. Poemas como «Rapsodia en blue», «El laúd», «Beethoven ante el televisor», «Cantando en yiddish», «Alma Mahler Hotel», «Adagio para Franz Schubert», «Villancico en Central Park» o «Cuplé para Miguel de Molina» son una muestra latente de la importancia que el mundo de la música tiene en la obra y en la persona de José Hierro.

Tuve la suerte de trabajar durante varios años con el poeta en Radio Nacional de España. Lo vi amañarse con todo tipo canciones, cuartetos, sinfonías, jazz, blues, flamenco. De él aprendí con qué cariño y delicadeza hay que tratar a las palabras, hasta encontrar su música adecuada. Casi de forma natural —decía— surgen sus músicas. En su larga e importante labor como difusor de la poesía española e iberoamericana a través de las ondas, le encantaba ponerle música a los textos, desarrollando así su melomanía, siempre humildemente, como un Schubert ante los versos de Goethe.

Ahora José Hierro ha conseguido una las grandes aspiraciones de cualquier poeta: que su palabra sea recordada por todos, como un murmullo de la historia, como un ritmo incesante que, a través de su verso y sentimiento, ha devuelto a la lengua de todos, al habla colectiva, a la memoria toda, al canto llano de los hombres.

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