Conferencia pronunciada por José Hierro en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de E.G.B. «Santa María» (Universidad Autónoma de Madrid) el día 16 de diciembre de 1982
A continuación voy a leer, y con esto termino, cinco poemas en prosa que, con el título genérico de Cabezas, han servido para ilustrar literariamente cinco litografías sobre cabezas del pintor Barjola. De las litografías y de estos poemas se ha hecho, conjuntamente, una edición reducida para bibliófilos:
Cinco cabezas
iESTA CABEZA HA ROZADO LOS LECHOS DE TODOS los ríos. Ha rodado por los siglos de los siglos, esta cabeza rodada, canto rodado, tajada por un rayo de espada para purificarle, en Asiria, en la Europa de la Guerra de los Cien Años, en la selva amazónica. La secaron los soles del desierto, la royeron los buitres, la pulimentó la intemperie. Esta cabeza fue arrancada de un beato mozárabe, de una Danza medieval de la Muerte, obispo, rey, guerrero, siervo. La arrancó de su lugar exacto una mano del otro lado de la vida. La capturó un muerto, un ángel, alguien que la miraba y la representaba desde el lado de allá de la laguna, igual que la contemplan los muertos, los que ya son materia pura, agua de ruiseñores, cristal de brisas, lágrima de estrella, los que ven a los vivos como podredumbre y horror. Alguien la ha visto igual que la veremos cuando nos muramos, como hervor repugnante. Nos la ha representado con la amarga clarividencia del moralista que redacta, para alertarnos, una guía de descarriados. Y ahora no podemos saber si es una víctima contemplada por su verdugo; si es una víctima que se mira a sí misma en el espejo de la muerte. Esta cabeza viene rodando sobre las piedras de los ríos. Se ha ido astillando poco a poco durante el viaje interminable. Y aún le faltan muchos siglos errantes para llegar a su final, para no alcanzar nunca su final. Esta cabeza se ha cubierto de ceniza de campana, de párpados de ascua. Es una fruta mineral, aletazo de fiebre, amarillez de calavera. Todo esto no ha ocurrido nunca. No va a ocurrir nunca, porque aquí, en el lado de acá de la laguna, no existe el tiempo, no existe la piedad. Podemos contemplar con indiferencia las figuras del otro lado del espejo. Con la misma indiferencia con que vemos sufrir al morado, al rojo, al verde; con que escuchamos las risas del amarillo o del celeste. Esta cabeza ha rodado, ha rozado, los lechos de los ríos. Es una larga nota de violonchelo que dura, y dura, y dura y nos da la impresión de una gaviota, inmóviles las alas, congelada en el aire. Una nota que se ha liberado de las cárceles del tiempo, se ha hecho espacio. Esta cabeza es sólo espacio, dolor de morado o verde, lágrima de amarillo, canto rodado, cabeza rodada, descolorida, tajada por un rayo de espada purificadora y piadosa.
ii
ESTA CABEZA HA SABOREADO LICORES NEGROS, ha mordido panes amargos, frutos podridos. Esta cabeza ha lamido cantiles arañados por las uñas crujientes de las olas. El cielo ya no estaba. Las tempestades asfixiaban con sus tentáculos, liberaban sus truenos negros, flechaban con sus relámpagos. Sucedió esto en los mares de hierro, en el vaivén herrumbroso donde esta cabeza agonizaba sin que jamás le llegase la muerte definitiva. La madera de la embarcación sonaba a huesos aplastados por el oleaje de bronce. Esta cabeza ha sido suspendida por una soga del palo mayor. Es la cabeza que vivía pendiente del grillo embarcado en la costa española, y al que pedía que cantase, que le atrajese un poco de la respiración de las playas. Pero el grillo no cantaba. Las estrellas bajaban, al crepúsculo, a dar miga de pan mojada en vino al grillo silencioso. Y aquella gota de noche cristalizada seguía sin cantar. Pero lo hizo cuando llegó hasta él la tibieza del litoral. Y con el canto del grillo recordó toda la marinería. Pero esta cabeza, pendiente de una soga de pus, no pedía sonreír, aunque oyese la mágica música de élitros. Esta cabeza, que había comido espinas, arena, óxidos, ceniza, desgarrada por zarzas y cardos, hediendo podredumbre, no podía sonreír. Vio, abajo, sus propios brazos soldados al remo. Escuchaba su jadeo, se dolía del latigazo rojo del cómitre. Esta cabeza sufriente saboreó elixires que el aire transportaba en sus dedos transparentes. Saboreó la sal que el mar doraba con sus llamaradas verdes, con sus cárdenos fuegos fatuos. Otra vez el sabor de la vida, como en las cárceles de Su Majestad, como en la selva de reptiles y ciénagas, como en las cumbres, ataviadas de cotas de nieves, de volcanes domados. Al fin, todos se fueron, abandonaron el navío silencioso, hervidero de insectos de oro, catedral de la desolación. Se fueron dejando huellas en la brisa. Un tambor, un yunque, un mosquete —quién sabe qué— medía con sus campanadas, paulatinamente adelgazadas, silenciosas hasta el terciopelo, la reverberación del sol poniente. Y esta cabeza se reclinó en el regazo de la sombra, saboreó su vida, lamió sus llagas, ya sin fuerzas para volver a comenzar, desde los corales que se alzaban marchitándose a la luna desde la helada habitación verde salpicada de diamantes.
iii
ESTA CABEZA HA OÍDO HISTORIAS MARAVILLOSAS, como la de los porqueros que deshincharon sus cerdos, los plancharon, los plegaron, los colocaron ordenadamente en sus zurrones, y montados en pequeñas nubes grises cabalgaron hacia Occidente esquivando olas, esquivando estrellas, y durante el viaje las nubes fueron tomando forma de caballos sin patas. Al llegar, hicieron patas para sus caballos de la madera de unos árboles que jamás habían visto hasta entonces. Luego volvieron a hinchar sus cerdos, caminaron atravesando ríos, y llegaron a una ciudad cuyas casas eran de oro y de plata. Allí vendieron sus piaras y casaron con las hijas de los reyes. Esta cabeza ha oído historias maravillosas. Como la del pescador que planta un ciprés cuando nace una hija y lo cortan cuando se casa para que sirva de mástil de la embarcación en la que se irá con su marido. Historias maravillosas como la del que se propuso asesinar al rey de un país lejano, y cabalgó bajo el sol y la luna, y un día halló a otro jinete que llevaba el mismo rumbo, y compartieron los alimentos, y conversaron bajo el sol y la luna, pero el malhechor no habló de la razón de su viaje hasta que llegaron a las puertas de la ciudad en que el rey tenía su palacio, y entonces dijo: «Amigo, no es conveniente que te vean conmigo; vengo a matar al rey de este país y, si me cogen, te ahorcarían también a ti, considerándote mi cómplice». Y entonces, su amigo inclinó la cabeza y dijo: «Cumple tu propósito, pues yo soy el rey». Y el malhechor abrazó al rey, que ya era su amigo, y regresó a su país. Esta cabeza recuerda historias maravillosas. Hay otras historias que la han ido tallando lentamente. Están escritas sobre su piel, pero no las recuerda. Como la de los niños que entraban en unos recintos para ser duchados con gas. Como la del preso, en aquella cárcel de diciembre glacial, enfermo de fiebre, con el que sus compañeros dormían por turno para librarse del frío. Como la del que... como la del que... como la del que... Esta cabeza ha oído historias maravillosas e historias estremecedoras. Historias estremecedoras que han modelado horriblemente su rostro, pero que no recuerda. Sólo recuerda las historias maravillosas. Son las que le permiten seguir viviendo todavía.
iv
ESTA CABEZA HA VISTO, HA SIDO, SOL DE PIEDRA rojiza, luna amarilla de agua sobre la tapia de cal, de adobe. Ha visto candiles de aceite que buscaban en la noche la moneda perdida por los rincones, la última moneda de cobre. Ha visto los niños de la anemia, los cardos, las espinas, los alacranes de septiembre en Torre de Miguel Sesmero, los galeones de la trilla, los vareadores del aceite, los serones del vino, las cabras del erial. Esta cabeza ha visto guerras y guerripaces, clavos, garfios, sogas de sangre, ha estado acosada de chumberas, de higueras y de pitas (cómo queréis que sea mañanicas floridas, gitanicos que vienen con la varita en la mano, cómo queréis, esta cabeza de leña, de corteza, de hueso que se desnudó sufriendo), esta cabeza estoqueada en la plaza de toros, en la plaza mayor, plaza de pana, de pan, tomate, navaja, agonía y esparto. Ha sido, esta cabeza ha sido, dentadura mellada, quijada de marfil amarillo en el zaguán del hambre, el odio, la pena, la desolación. Ha visto reatas de amaneceres con escarcha, collares de mediodías de zumbido, cadenas de noches con su diosa peluda y herrumbrosa cabalgando el heráldico gorrino de cerdas negras. Por la penumbra azul de la pitarra, con el costado herido, el río transcurría desangrándose, el padre río con arrugas en la frente, con sus brazos de fango que acunaban a los muertos. Ha visto, pardo y negro, el parpadeo de la tormenta. Pardo y negro, duro, todo barro cocido, harapos de barro botijo, tinaja, lebrillo, barro mendigo de la lumbre, barro de la espadaña con su cigüeña de ceniza, sus estrellas de hierro, sus lágrimas de hiel, huérfanas de los ojos que fueron su origen. Esta cabeza ha sido tallada por los días y las estaciones hasta su forma definitiva de máscara de cáñamo. Ha regresado del exilio del espanto, prendida a sus pies la sombra del espanto, inseparable compañera. Esta cabeza, lázara clavada a su podredumbre, oficia su rito de cuero, su ceremonia de llama negra; es una ceremonia inventada cada vez, porque esta cabeza no recuerda, no proyecta: vive en una mazmorra que está fuera del tiempo, y allí espera, allí espera otra nada. Esta cabeza ha visto, y ya no ve; ha visto y ya no quiere ver tanto camposanto de astillas de guitarra.
v
ESTA CABEZA HA OLIDO SANGRE. HACE TIEMPO de eso. Y aún puede cerrar los ojos, dormir, dormir, no oler la sangre. Puede dormir sin que la sangre hecha cristales le saje los ojos. Hace ya tiempo de eso, con viento helado, bajo los astros lúgubres. Puede dormir. El viento entre las cafias, el grillo, la chicharra, no le dejan oír los gritos de terror, de desesperación, de desafío. Cuando se mira las manos de pólvora y de sangre no verá en ellas negro y ocre, pardo y oro, huellas de dientes que se adentran en el túnel. Esta cabeza no huele sangre, sino caramelo, merengue, chocolate del nietecillo, cara de pájaro pícaro, que ha llegado volando a que le cuente una vez más lo de las hadas y los príncipes, lo de los peces y los dragones. Esta cabeza ha olido pólvora y sudor muy frío. Caín uno tras otro, vestidos de escarcha y estertor, blasfemia, llanto, miedo. Y esta cabeza no dejaba de oler sobre la nuca húmeda, y funcionariamente disparaba sin siquiera cerrar los ojos. Ya no huele aquellas madrugadas junto a la tapia blanca y lívida del alba. Hace tiempo de eso. Tanto que cuando cierra los ojos esta cabeza de granito, de harapo y surco, de ojos cautivos en las telarañas de la vejez, puede dormir. Acaricia la mano del nieto, y esa tibieza le regresa al cereal, a la moza, a la cabra, no a la culata de madera, al acero. Esta cabeza está multiplicada en cientos, miles de ojos turbios, ojos de agua estancada, de nube. No sabe que en unos ojos ha quedado grabada para la eternidad. Esta cabeza, grabada para siempre, congelada en unas pupilas empañadas. Fija allí, esta cabeza, como una pisada sobre el barro. Aquellos ojos se han disuelto para siempre. La lluvia los lleva en sus alas hasta el reino de las raíces. Y aún siguen descendiendo hacia lo oscuro y silencioso. Continúan hundiéndose en la negra marea, tintineando como campanas de musgo, como élitros de espanto. Continúan mirando, tratando de precisar los rasgos de esta cabeza que vieron en la sombra. Y esta cabeza va haciéndose, con el tiempo, más precisa, más nítida. Empieza ya a ser nebulosa. Se solidifica, se perfila, hasta ser el de entonces, el de aquel tiempo. Porque ha pasado mucho tiempo, suficiente para olvidar aquel olor de sangre, aquel olor de horror. Suficiente para que esta cabeza pueda cerrar sus ojos, dormir, dormir. Corroborando que Dios es su beleño.