Conferencia pronunciada por José Hierro en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de E.G.B. «Santa María» (Universidad Autónoma de Madrid) el día 16 de diciembre de 1982.
Lo que voy a decir esta tarde sobre la poesía y sobre mi poesía no es nada nuevo. Ya en otras ocasiones lo he manifestado, bien en prólogos a mis poesías completas o en cualquier ocasión en que me he visto obligado a reflexionar sobre la creación lírica. Dejado esto claro, empezaré diciendo que quien lee a un poeta descubre mucho de éste, al tiempo que descubre mucho de sí. Y mucho de su tiempo. Porque el poeta es un hombre sometido a circunstancias temporales, zarandeado por los hechos, igual que los demás hombres. El poeta es una hoja más entre los millones de ellas que forman el árbol de su tiempo. Raíces comunes las alimentan. Por eso, lo que dice de sí mismo es válido para los demás. Lo único que distingue al poeta no es su mayor sensibilidad, sino su capacidad de expresión. Es una hoja que habla entre hojas mudas.
Estoy refiriéndome implícitamente a un tipo de poesía que desdeña la belleza abstracta, el poema como hermoso objeto fabricado, la evasión de la realidad circundante, y prefiere arraigar en la vida concreta.
Una poesía testimonial. El poeta de la belleza es como un perfume, algo de lo que se puede prescindir, lujo o vicio. El poeta testimonial es como un tónico, necesario para nuestra salud. El primero es para tiempos felices y descuidados. El segundo para tiempos dramáticos. Los poetas de la posguerra teníamos que ser, fatalmente, testimoniales. Y ello no significa que si como creadores estamos condenados a la poesía testimonial, como lectores seamos incapaces de gustar la poesía de la belleza, escrita antes o ahora.
Entonces —afirmará alguno sacando conclusiones—, usted se inclina del lado de la poesía social. Contestaré, primero, como lector: me tiene sin cuidado el adjetivo que acompañe al nombre. Sólo pido que sea poesía (o que a mí me lo parezca). La contestación del autor ya requiere más matización, y me temo que la respuesta no resulte suficientemente clara. Y es que yo no entiendo bien qué quiere decirse cuando se habla de poesía social.
En el ámbito de la poesía de la vida —dejemos ahora aparte la poesía esteticista— hay dos puntos extremos: lo intimista y lo social. Por lo menos esto es lo que se viene repitiendo. La distinción, hecha a ojo de buen cubero, suele ser ésta: el poeta intimista es el que elabora la materia prima de sus experiencias singulares, en tanto que el poeta social interpreta sentimientos colectivos. El poeta intimista despierta en sus lectores el «yo»; el social, el «nosotros».
¿Pero hasta qué punto lo individual no viene condicionado por lo colectivo? ¿Acaso no existe un denominador común en cada época? ¿No ocurrirá que si yo hablo de mi amor, de mi alegría o mi tristeza, el lector traduzca nosotros, nosotros los enamorados, o los alegres, o los tristes? ¿No pertenece mi concepto de las cosas a la misma sociedad que lo conformó? Un noventa y nueve por ciento de lo que pensamos, sentimos o expresamos es patrimonio común: cuando el poeta habla de sí mismo, está hablando de los demás, aunque no quiera.
No se trata entonces de que la poesía baraje plurales, sino de la índole de estos plurales. Social hace referencia a la sociedad, a las agrupaciones históricas, a las colectividades formadas por razones económicas, geográficas, políticas, etc. Poesía social será la que se refiera a un nosotros circunstancial, creado por determinadas condiciones materiales que un día desaparecerán al transformarse la sociedad. El poeta, partícula de ese sujeto colectivo, hará poesía social al referirse a los hombres sometidos a esa circunstancia transitoria. De estas estructuras transitorias que la sociedad ha creado, acaso ninguna tan caracterizada como las clases.
Caracterizando con brocha gorda, podríamos decir con burdo esquematismo que un poema a un minero (en cuanto símbolo de todos los mineros) pertenece sin discusión a la poesía social. Un poema a un enamorado (aunque en él se simbolice a todos los enamorados) no es un poema social. Prescindamos de imaginar situaciones intermedias: si un poema a un minero enamorado cae a uno u otro lado de la frontera.
Sigamos ejemplificando el razonamiento. Si todos los mineros pertenecen a una clase, no es menos cierto que los miembros de los consejos de administración de las compañías mineras pertenecen a otra. Entonces, ¿un poema en que se hable de éstos sería poesía social? La respuesta a esta extravagante pregunta no creo que admita duda: sería poesía social si defiende al minero contra el consejo de administración; no lo sería en caso contrario. Esto nos aclara, por deducción, otra de las características de la poesía social: su sentido ético, su afán de justicia, su solidaridad con el oprimido, su clamor contra el opresor.
Parece que ya estamos pisando terreno firme, pero tampoco es así. Imaginemos que el poeta que clama contra la injusticia lo hace sobre la base de que las clases dominantes han transgredido las enseñanzas evangélicas.
El minero debe dirigirse a Dios pidiéndole que encienda la llama de la caridad en el corazón de los consejeros. El poema que parecía social ha resultado religioso.
De manera que, según eso, sólo podemos afirmar si el poema es social cuando se declara religioso o político, de cualquier religión o de cualquier política. Si el poema se limita a la mera denuncia, la solución tendrá que estar, por lo visto, fuera del poema: en lo que sabemos que es su autor.
Admitiendo que lo que he dicho hasta aquí no pase de ser un esquema caricaturesco, extremado, pero verdadero —y yo lo creo—, no es admisible que la condición de social esté sometida, en último grado, a la filiación política o al credo religioso del poeta. Por eso yo prefiero hablar de poesía «testimonial». El poeta denuncia. Es testigo de la defensa o de la acusación. Hasta quien expone sus íntimos sentimientos melancólicos está denunciando a los que le hicieron infortunado. Con límites no demasiado precisos, aunque sí suficientemente claros, yo encasillo a los poetas en estetas (el hombre a solas con la belleza), testimoniales (los que dan testimonio de su tiempo desde el «yo» o desde el «nosotros»), políticos (los que al testimonio añaden soluciones concretas desde el punto de vista de una doctrina política) y religiosos (el hombre frente a Dios). Cuatro grandes grupos que, como las razas, admiten infinidad de subgrupos y matizaciones. Y no olvidemos que un mismo poeta puede hacer, en etapas sucesivas de su vida o en horas distintas del mismo día, poesía que pertenezca a grupos distintos. No olvidemos tampoco que estas calificaciones personales son modificadas por el radio de acción —amplio o restringido, popular o minoritario— de cada obra.
Larga ha sido la digresión, al cabo de la cual no ha quedado bien determinada la frontera de la poesía testimonial, en la cual me incluyo. Testimonial, puede que pregunte alguno, ahora desde lo externo, ¿equivale a poesía que desdeña la belleza formal? En absoluto. La poesía verdadera, sea cual sea el adjetivo que la matice, no puede prescindir de la belleza de la palabra. Pero no entendemos por belleza recargamiento, énfasis, imaginería, empleo de materias verbales preciosas, sino precisión poética, adecuación de la forma al fondo. No existen, a efectos poéticos, palabras bellas y feas, sino palabras oportunas y otras que no lo son dentro del poema. (Una columna dórica sería un disparate trasladada a la catedral de León; treinta kilos es un peso monstruoso para un brillante, ridículo para un caballo).
La forma modela, contiene exactamente el fondo, como la piel al cuerpo humano. En el poema, fondo y forma son inseparables. Si el fondo desborda a la forma poética, estamos en la prosa; si la materia verbal ahoga con su grasa al fondo, caemos en la retórica, entendida esta palabra en su sentido peyorativo. Cada fondo tiene su forma justa, que por justa ya es bella.