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Nicolás Guillén

Lo lírico en la poesía de Guillén

Por Jorge Luis Arcos

Mi patria es dulce por fuera,
y muy amarga por dentro;
mi patria es dulce por fuera,
con su verde primavera,
con su verde primavera,
y un sol de hiel en el centro.

Nicolás Guillén, El son entero1

Antes de acceder al tema de lo lírico en la poesía de Nicolás Guillén es necesario hacer algunas precisiones. En primer lugar, es importante detenerse en su formación poética, en las fuentes nutricias de la primera etapa de su poesía, cuya repercusión en su obra posterior a menudo ha sido soslayada por la crítica. Es cierto que esta poesía —Cerebro y corazón (1922) y Otros poemas, 1920-19232— transita por una expresión lírica entre romántica y modernista, sin aportar, por supuesto, nada relevante a esos movimientos poéticos. Constituye, fundamentalmente, una etapa de aprendizaje retórico, donde sí se aprecian sus dotes para el dominio del verso, para el ensayo de sus formas clásicas, cualidades que no abandonarán nunca su poesía, acentuadas por su posterior incorporación creadora de los clásicos del Siglo de Oro. Sin embargo, creo que esas primeras lecturas fijan un tipo de sensibilidad y de sentimentalidad que luego, en un poeta ya dueño de su propia voz lírica, emergerán con una intensidad expresiva verdaderamente singular, y serán puestas a funcionar de los más diversos modos. En otro texto3 he señalado la enorme importancia de la asimilación creadora de Rubén Darío en la poesía de Nicolás Guillén, y no sólo en su poesía inicial, donde es evidente, sino en toda su obra posterior. Su presencia es evidente en muchas de las epístolas guillenianas, sobre todo a través de la decisiva lectura que debió de realizar de la Epístola a Madame Lugones, del poeta nicaragüense. No por gusto, en su poema «Deportes», de La paloma de vuelo popular (1958), confesará Guillén: «Amé a Rubén Darío / es cierto, / con sus violentas rosas / sobre todas las cosas. / Él fue mi rey, mi sol».

Pero la zona que me interesa destacar aquí es la más acendradamente lírica, constituida, fundamentalmente, por algunos de sus poemas-sones, a partir, sobre todo, de El son entero, y su poesía de amor, donde a veces la ascendencia de Darío (e incluso de Bécquer) es preeminente. Claro que esas presencias están incorporadas creadoramente a la voz lírica guilleniana. A menudo, el poderoso universo ideotemático de la poesía de Guillén ha hecho olvidar sus dotes como poeta eminentemente lírico, incluso su hallazgo de una voz lírica singular, acaso, para este lector, lo más perdurable, desde el punto de vista expresivo, de su obra.

Creo que no será necesario insistir en la importancia de su creación del poema-son, verdadero aporte de Guillén a la poesía del idioma, síntesis creadora, y con honda raíz nutricia en lo popular, tanto de la herencia española como africana. Mas repárese en cómo ese poema-son, a partir de su estreno en Motivos de son (1930), se va estilizando, y alcanza, acaso a contrapelo de sus funcionales objetivos ideotemáticos, una independencia creadora puramente poética. Creo que Guillén tuvo que ser consciente, en primer lugar, de la ductibilidad de este hallazgo estrictamente formal. Ahora bien, la creación de poemas como, por ejemplo, «Iba yo por un camino», tenía que conjugar, talento mediante, una conciencia muy acentuada de su hallazgo primigenio, propiamente formal, con la expresión de una sensibilidad y una sentimentalidad, más allá de sus fuentes nutricias, también muy novedosa y, sobre todo, muy acorde con la singularidad de la voz lírica del poeta. ¿Se ha escuchado realmente esa voz? Creo que ella, en sus momentos más puros, no tiene equivalente en el ámbito del idioma.

En otro texto4 decía que comporta siempre una gravedad tonal que parece como a punto de quebrarse. El agonismo subyace siempre en su expresión, sin desenvolverse del todo. Es en esa delicada suspensión, para la que no encuentro una exacta descripción, donde reside el misterio y la fascinación de su voz lírica. Lo que quiero decir es que esa voz va más allá de su irradiación semántica concreta o primaria. Adquiere una independencia connotativa que, al menos, la hace atractiva. Claro que en ello intervienen sus habilidades y conocimientos métricos y estróficos, su sentido, a la vez erudito e intuitivo, del ritmo, la naturalidad de su eufonía, la sorpresa, para sí mismo, y la consiguiente re-creación lúdica en ese hallazgo creador, que —y ello es decisivo—, cuando ya el poeta había desplegado todo un universo ideotemático, el que le dictaban sus genuinas preocupaciones sociales, en algún momento tuvo que dar paso a una voz más profunda, la suya, la personal, la intransferible, no para soslayar esas preocupaciones, las cuales, como en el caso de, por ejemplo, «Mi patria es dulce por fuera…», no dejan de comparecer, sino para expresar algo más, algo incluso desconocido, de seguro para el propio poeta, o algo que se desprende, como una extraña y perdurable resonancia, más allá de contextos, de ideas, de intenciones.

Cuando llegamos a este punto de linde tan temblorosa nos encontramos en el territorio de lo lírico por antonomasia. Podría —como se ha hecho— aludir a la diversidad de metros empleados, a las sabias reiteraciones —estribillos o montunos—, a su imaginería neopopularista (para utilizar el término hispánico que alude a su fuente o equivalente lorquianos), y, sin embargo, todo ello no explica, sino sólo supone, su profundo atractivo, el cual, acaso, sólo podría explicarse a partir de su descubrimiento y recreación de una voz antigua, primigenia: un ritmo, una cadencia, un tono que, de alguna manera, tiene que subyacer en el receptor para, en una primera instancia, reconocerlo y, en una última, abocarse a una sensación o percepción nuevas, desconocidas. Sólo que esa simultánea recepción de lo, de algún modo, eterno, antiguo, universal, con lo inconfundiblemente singular de la voz lírica guilleniana, produce ese efecto que he denominado lo lírico o es, sencillamente, expresión de la calidad lírica de su poesía. ¿Cómo describir un sentimiento, una sensibilidad particulares?

Precisamente su singularidad lo impide. Es esa la extrañeza a la que me refería al principio, y no se olvide que ella es la fuente primordial de eso que suele devenir un clásico. Lo clásico, que casi siempre tiende a confundirse posteriormente con lo popular, proviene, inicialmente, de una extrañeza, que luego, al extenderse social y culturalmente, deviene territorio conocido. Mas lo típico de la experiencia lírica es que mantiene, a la vez, esa referencia a lo conocido, que la legitima, y otra referencia a lo desconocido —o a lo siempre naciente—, que la hace inolvidable. Desde esta perspectiva es como se lee «Iba yo por un camino». Nótese que su sencillez parece casi natural, a pesar de ser el fruto de una anterior y paulatina destilación o estilización expresivas. Esa suele ser otra de las características de lo que aquí llamo calidad de un sentimiento. Piénsese en Garcilaso, por ejemplo, o en Bécquer o en Darío —para acercar más la perspectiva (¿o por qué no en Borges o Eliseo Diego?)—. La impresión de sencillez parece constitutiva de la honda conmoción que trasmite su lectura. Es que nunca se produce una más indiscernible fusión, como la que acaece en la experiencia lírica, entre lo particular y lo general, entre lo conocido y lo desconocido.

Aquí conviene recordar una frase, citada por Cintio Vitier, de Félix Varela: «La verdad más exacta es la que no se puede definir». Porque en el reino de lo lírico accedemos, indudablemente, a un profundo conocimiento de la realidad, sólo que a través de una revelación instantánea. Es como decir: lo natural no precisa, para su reconocimiento, análisis sino participación. Esta es, pues, mi experiencia de la lectura de los textos más líricos de Nicolás Guillén.

  • (1) Todos los versos citados provienen de la siguiente edición: Nicolás Guillén. Obra poética. 2 t. Prólogo y notas de Ángel Augier. La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1995.volver
  • (2) Ya en sus Poemas de transición (1927-1931) como en el último de sus Otros poemas: «Al margen de mis libros de estudio», sí se aprecia una sensibilidad cuando menos postmodernista cuando no francamente vanguardista. Repárese en que algunos de aquellos poemas coinciden con la redacción de sus poemas de Motivos de son (1930) y de Sóngoro cosongo (1931).volver
  • (3) Jorge Luis Arcos. «Prólogo» a Nicolás Guillén. Antología poética. Compilada por Nicolás Guillén (nieto) y Norberto Codina. México, D. F., Fondo de Cultura Económica, Fundación Nicolás Guillén, 2001.volver
  • (4 ) Ídem.volver
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