Por José Ramón Ripoll
Que la poesía está más emparentada con la música que con la literatura es un hecho tangible desde el momento en que recibimos sus primeros impactos. La recepción del poema comienza por la captación de sus resortes sonoros que, como materiales abstractos, configuran una imagen previa a su sentido moral. Hay poetas que, pese a la densidad de su significado, se sumergen en la música como en un río caudaloso que transporta los nombres y los verbos al ritmo de sus aguas. Otros, escogen el primitivo sonar de sus antepasados para hacerse canción entre su gente. El cubano Nicolás Guillén, de quien este años celebramos el centenario de su nacimiento, pertenece a este último grupo. Su poesía es el resultado de una asimilación musical que se desgrana en un presente poético. La gran tradición de las danzas yorubas afloran en forma de palabras concatenadas las unas con las otras que, sin necesidad de instrumentos ni gestos, testimonian un rito instantáneo y personal, que no sólo ornamenta el discurrir de los versos, sino que se convierte en sustancia y motivo de su impronta.
La poesía de Nicolás Guillén encandila a quien busca otra razón diferente a la que proyecta el mensaje de sus palabras. Sus poemas son fragmentos de un compás colectivo e interminable, donde se funde el bullir de las calles de Cuba con el primer fonema de la negritud. La combinación de los ancestros africanos con los elementos procedentes de otros paisajes españoles y americanos, desarrollados en el privilegiado entorno caribeño, ha dado como fruto un nuevo pulsar que se manifiesta en un moderno contexto social y en una manera nueva de entender la poesía como lenguaje y música a la vez. Sus estructuras métricas —que bien responden a una larga escuela respetuosa con la tradición castellana— adaptada a una visión particular del idioma, encuentran su otra parte en un mundo onomatopéyico, inventivo y original, constantemente en proceso de creación, generando palabras que, provenientes de los estratos populares, son devueltas a su origen. De las mejores cosas que le pueden ocurrir a un poeta es que sus versos sean utilizados ya, de manera natural, entre la lengua cotidiana, y los versos de Guillén forman parte del pulso de la gente que nombra, que se acuerda de su propio cantar: «¡Mayombe-bombe-mayombé! / ¡Mayombe-bombe-mayombé!…».
Lejos de sentar las bases de un dialecto negro —como apunta Luis Íñigo Madrigal—, lo que hace Nicolás Guillén es incorporar al espacio de la poesía las inflexiones léxicas y fonéticas del habla cubana en sus más espontáneas formaciones.
El poeta oye y vivifica más allá del murmullo que día a día da sonido a la isla, como el batiente mar contra sus arrecifes. Hay que imaginarse la voz del poeta recitando sus versos, acompañado por el son de su puño sobre la mesa, sus pausas y sus ritmos, para entender que él no cantaba más que lo que escuchó, y que su voz era un matiz escogido para mostrar una vida que suena más allá de su entorno aparente.
Por otra parte, no podemos enjuiciar la actitud del poeta cubano como una relación meramente «cantabile» con la poesía. Del roce de sus versos nace una música peculiar, pero desde esta música nace una conciencia que aúna el sentimiento de un colectivo con la voz de quien dice. Su postura moral, sin embargo, más que un presupuesto social y político, es un resultado diáfano de una determinada utilización de la lengua: el espíritu popular se hace canción y en ella navegan las emociones y una manera de vivir y captar el mundo. Desde una isla encendida por sus cánticos nace un sonido mestizo que expone su historia.