Ramiro Fonte fue una de las voces fundamentales de la poesía gallega del último medio siglo. Perteneció a la llamada generación de los 80 gallega, que se aparta de la poesía social del medio siglo imperante en la lírica gallega y española y pretende una renovación de los temas, las formas y el lenguaje. Desde sus primeros libros se percibe su empeño en lograr una expresión sencilla y transparente, menos barroca que la de sus compañeros de grupo, de tono existencial y nostálgico, fundamentada en el paso del tiempo y en la reflexión sobre la condición humana, una intención permanente en toda su obra poética. También desde sus comienzos se intuye un poeta que destaca por la calidad formal de sus composiciones y por un admirable sentido del ritmo.
Hasta la publicación de Luz do mediodía su lírica se distingue por su inconfundible carga simbólica, con una presencia abrumadora de los espacios marítimos, los navíos, las nieblas o las ciudades nocturnas. A partir de ese libro, su expresión se vuelve aún más desnuda, adquiriendo postulados propios de la narrativa y alistándose en la llamada «poesía de la experiencia», corriente de la que fue considerado referente principal en Galicia. Los poemas comienzan a contar historias, ocupan escenarios europeos, recorren toda la línea temporal del siglo xx y despiertan a una reflexión filosófica.
A partir de O cazador de libros empieza a experimentar con la poesía rimada, que ya no abandonaría hasta su última obra, Reversos, y que toma sus bases en la gran tradición poética occidental del xix. Clásica en las formas y moderna en los contenidos, su voz huye del individualismo, adhiriéndose a aquella máxima de Nerval que decía que «la voz del poeta es la voz de todos los hombres». El poeta se concentra en retratar la ciudad moderna y lo complementario del mundo, en espiar, como un cazador, los movimientos y actitudes del ciudadano, y recurre a la ironía como vehículo para ejercer la libertad. Su voz es la de quien observa con melancolía la deriva del siglo, la derrota, el desacuerdo; pero, en lugar de resignarse, busca la salvación en lo diario: en la belleza de las cosas simples, en lo ignorado, en lo invisible. Frente a la realidad hiriente, invoca el ideal; frente a la razón quebrada, el sueño. Son poemas, en palabras suyas, «profundamente trabajados aunque el efecto es de una poesía que va corriendo sola como si fuese un río de agua clara». Reivindicaba así la ética del oficio, la labor del artesano frente a la megalomanía y el ego del artista.
Autor que aspiraba a crear una obra integral y no una suma de libros unitarios, su ideal de unir literatura y pensamiento, crítica y poesía, a la manera de mínimas reflexiones morales, está también presente en su narrativa final. De su prosa, la crítica ha valorado especialmente su trilogía Vidas de infancia, novelas memorialísticas en las que, valiéndose de estrategias de ficción, reconstruye la vida de su lugar de nacimiento, Pontedeume, un pequeño pueblo del noroeste español en los años 60, en el marco del llamado desarrollismo de la dictadura franquista. Más de mil trescientas páginas de estilo cuidado y transparente convertidas en fresco de una época y que, siguiendo el hilo de la memoria personal, se transforman en memoria colectiva y se erigen en un documento de cultura que permite entender todo un siglo de existencia de un pequeño lugar. Y una prueba más de que, como él decía haber constatado, «para ser universal hay que regresar a lo local».
Ignacio Chao