Obra
En el rico depósito de la memoria descubre Felisberto los materiales de un nuevo relato, El caballo perdido (1943), donde engrana sucesos de su infancia con intuiciones propias de un narrador sutil, que a la hora de entrever el pasado decide bajar a las regiones más profundas de la psique. No sorprende, por lo dicho, que el narrador describa las tensiones internas de aquella salita donde estudiaba piano a los diez años, repleta de objetos sugerentes. Y tampoco extraña esa evocación de Celina, su profesora, donde se ligan los extremos de la vehemencia infantil, el desconcierto y la precariedad de los sentimientos. Aplicable al caso es el fragmento donde nuestro autor se retrata junto a la pianista: «Cuando Celina estaba sentada a mi lado yo nunca me atrevía a mirarla. Endurecía el cuerpo como si estuviera sentada en un carricoche, con el freno trancado y ante un caballo».
Sin duda, en líneas como éstas que dedica a la maestra, y en otras donde la abuela y la madre de Felisberto cobran su más tierna presencia, cabe dar con el principal soplo narrativo de esta obra, taraceada con una delicadeza no exenta de humor.
Claro que dicha descripción se enuncia mejor con una figura metafórica, presentada por Felisberto en la siguiente forma: «Fue en una de esas noches, en que hacía el recuento de los años pasados como de monedas que hubiera dejado resbalar de los dedos sin mucho cuidado, cuando me visitó el recuerdo de Celina. Eso no me extrañó como no me extrañaría la visita de una vieja amistad que recibiera cada mucho tiempo. Por más cansado que estuviera, siempre podría hacer una sonrisa al recién llegado». Puestos a deshilvanar esta evocación —este oficio de evocar— del uruguayo, y a título de nota interesante, cabe asimismo entresacar el siguiente epígrafe: «El cine de mis recuerdos es mudo. Si para recordar me puedo poner los ojos viejos, mis oídos son sordos a los recuerdos». En todo caso, a poco que el lector coopere en la recomposición del ciclo, su sentido se esclarece con suavidad, sin sobrecarga simbólica.
A la hija del escritor, Ana María Hernández de Helena, le correspondió anotar otros matices, mucho más íntimos, en el prólogo a las Narraciones fundamentales de su progenitor: «En El caballo perdido el hombre recuerda al niño junto a Celina y su abuela, usando imágenes tiernas y sorprendentes —por su observación, su fantasía original, su lirismo, su profundidad y su sentido del humor— donde todo es poesía. […] En la dedicatoria a Calita de un ejemplar de este libro le dice: “los dos iremos en el caballo perdido hacia nuestro destino, y nunca pondremos pie en tierra”. Mi padre antes de morir me dijo que El caballo perdido era su obra preferida» (Montevideo: Relieve, 1993, pp. 14-15).
La primera edición de esta obra salió de la imprenta de los hermanos González Panizza. Fue premiada por el Ministerio de Instrucción Pública y, según dejó consignado el propio escritor, recibió los elogios del Dr. Alfredo Cáceres en el número de El Plata publicado el 8 de septiembre de 1944. Asimismo, Paulina Medeiros alabó sus virtudes en El País, el 3 de junio de 1944, y otra reseña favorable figuraba en el bonaerense Correo Literario del 15 de febrero de 1944, firmada esta vez por Juvenal Ortiz Saralegui. Pero si tomamos en cuenta su fuerza expresiva, quizá sean más significativas las dedicatorias que firmó Felisberto en los ejemplares de El caballo perdido enviados a Jules Supervielle y a Carlos Vaz Ferreira. Tomamos estas dos notas de Walter Rela, quien las recibió del autor en 1960 y las reprodujo en uno de sus estudios.
En el párrafo que dedica a Supervielle en enero de 1944, leemos lo siguiente: «He ido al campo a juntar palabras para Ud. Las que traje son pequeñas y ordinarias, azules y amarillas. Las pondré al borde de su camino y en el instante que Ud. no las viera que más bien sus ojos siguieran la perspectiva del camino, donde los árboles que se juntan a lo lejos se asoman para verlo y a medida que se acercan se separan para darle todo lo ancho del camino y reverenciarlo». Es obvio: el poeta no sólo tiene el atributo de la admiración y el magisterio; tambien cabe adivinar en estas líneas el impulso que significó en la actividad creadora de Felisberto.
Otro tanto cabe decir sobre la dedicatoria que, con fecha de septiembre de ese mismo año, figura en el volumen que recibió el Dr. Carlos Vaz Ferreira: «…porque él ha viajado en las vueltas de este mundo como en los vuelcos de un gran corazón loco; mientras ha recibido en la cabeza todo el aire de la realidad, sus ojos abiertos en todas direcciones han visto el espectro de lo complejo y de lo diverso presentarse con la más sorpresiva simultaneidad. Por eso alguna vez, en el instante en que su corazón iba a dar la más conmovedora bienvenida a un creador, recibía el aviso de que el nuevo conquistador llevaba escondido en su inocencia un error trágico. Entonces nuestro filósofo, sacrificando su alegría y exponiéndose a interrumpir la de los demás, daba la desagradable noticia con la inflexible honestidad de quien mira derecho hacia el bien» (citado en Walter Rela, «Cronología anotada», Narraciones fundamentales, Montevideo: Relieve, 1993, pp. 173-174).