Obra
Ilustración de Glauco Capozzoli.
En su breve Autobiografía literaria, Felisberto Hernández celebra
los principales acontecimientos que componen la historia de Nadie encendía las lámparas. Publicado en Buenos Aires por la editorial Sudamericana (1947), el volumen fue destacado en las páginas del Libro del mes y de La Cámara del Libro Argentina como uno de los mejores de ese año. Poco después, mereció la atención de los reseñistas de La Nación (15 de junio de 1948) y de La Prensa
(1 de junio de 1948). En el terreno anecdótico, Felisberto también rememora su paso por el Anfiteatro Richelieu, en la Sorbona, donde
el Comité Universitaire France-Amérique Latine había invitado a Jules Supervielle para que hablase del Uruguay. Fue allí donde este poeta presentó a Hernández, y donde un estudiante de la Association del Etudiants Français por les Relations avec l’Amérique Latine leyó el relato titulado «El balcón», una de las piezas más notables del libro.
Cuando poco después, el mismo escrito fue leído en la radio parisina, Susana Soca lo anunció citando una frase de Roger Caillois —«l’écrivain plus original de l’Amérique du Sud»— que, a buen seguro, fomentó el orgullo del narrador uruguayo.
Las nuevas tiradas de esta colección ayudaron a difundirla internacionalmente. Completó el tercer tomo de las Obras completas que lanzó Arca (Montevideo, 1967) y asimismo fue impresa por Cátedra, en una edición al cuidado de Enriqueta Morillas (Madrid, 1993). En Italia, la antología Nessuno ascendeva le lampade (Milán, Einaudi, 1974) fue prologada por Italo Calvino, y ese preámbulo, muy esclarecedor, pasó luego a formar parte de un dossier en torno a Felisberto, llevado a término por la revista Crisis (n.º 18, octubre de 1974). En la misma línea, los cuentos que componían el volumen pasaron a integrar otras colectáneas. Por ejemplo, «La mujer parecida a mí» fue antologado en Cuentos contemporáneos hispanoamericanos (La Paz, 1957), y otros, como «El comedor oscuro» y «El corazón verde», han recibido igual tratamiento.
Por lo demás, en esa madeja que es la hemerografía hernandiana tenemos noticia de varios de los títulos que componen esta entrega. El itinerario abarca en su primer trecho «Nadie encendía las lámparas» (Cultura. Órgano oficial de los Institutos Anglo-Uruguayos, n.º 9, Montevideo, mayo de 1946), «El balcón» (Suplemento literario de La Nación, Buenos Aires, 16 de diciembre de 1945; La Licorne, n.º 1, París, 1947), «El acomodador» (Anales de Buenos Aires, año I, n.º 6, junio de 1946; Points, n.º 2, París, 1948), «Menos Julia» (Sur, n.º 143, Buenos Aires, septiembre de 1946), «Mi primer concierto» (Alfar, n.º 86, Montevideo, 1947), «Muebles El Canario» (Mujer Batllista, año ii, n.º 12, Montevideo, noviembre de 1947) y «Las dos historias» (Sur, n.º 103, Buenos Aires, abril de 1943).
La riqueza metafórica que distingue a su autor está en Nadie encendía las lámparas: esa riqueza que descubre vínculos inesperados entre objetos y sentimientos, hasta elaborar un argumento irrefutable —el extrañamiento de lo real— que nos lleva a confundir lo animado y lo inerte, la memoria y sus disociaciones. En ese vértigo de la percepción, aún queda espacio para el deseo y es verosímil que la parodia sea otro de sus lugares comunes. Diez son los relatos del volumen, y cada uno de ellos incurre en diversos grados de misterio. Por ejemplificar ese rango mediante figuras destacables, citaremos a ese narrador que recuerda su pasado equino, al balcón que se derrumba voluntariamente, a aquel acomodador que puede ver en la oscuridad de la sala de cine, y para finalizar, a ese personaje que advierte cómo es posible inocular propagandas mentales.