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Felisberto Hernández

Obra

El cocodrilo

Si tomamos en cuenta su carrera editorial, hoy prolongada en la espesura de Internet, bien podemos afirmar que «El cocodrilo» es uno de los cuentos mejor difundidos de Felisberto Hernández, y esta sola razón le hace acreedor de un espacio propio, donde quepa resaltar su inteligencia punzante, protegida por altos muros de ironía. Con todo, antes de ilustrar con algún otro detalle esa valoración tan apresurada, conviene que nos atengamos a nuestro aserto inicial y revisemos alguna que otra ficha en la biblioteca hernandiana. El fin de la pesquisa no es otro que comprobar la errátil y generosa circulación de uno de los cuentos más representativos del creador uruguayo.

Como punto de partida, hallamos que la primera impresión de este relato se debe a una cabecera montevideana, Marcha, cuyo número 510 lo incluía en sus páginas 14-16. La fecha: 30 diciembre de 1949. Tiempo después, en Punta del Este, la editorial El Puerto puso en el mercado una tirada especial de «El cocodrilo», ilustrada por Glauco Capozzoli. En agosto de 1962 llegó hasta los lectores una antología del cuento contemporáneo que Sergio Visca preparó para la Universidad de la República. Como es imaginable, en su índice también figura el cuento que glosamos.

Posteriormente, el mismo texto fue reproducido en México por la Revista de Bellas Artes (n.º 12, pp. 11-17, noviembre-diciembre de 1966). De ahí en adelante, como ya quedó dicho, no resultó inusual hallarlo en colectáneas y antologías de diverso fuste.

De «El cocodrilo» dice Washington Lockhart que es el relato más veces reproducido y, «en el grado esperable, más popular de Felisberto Hernández». ¿Las razones? Añade Lockhart que el escritor «supo aquí unir el atractivo de una anécdota llamativa, un vendedor de medias que llora para conquistar clientela, con un alcance en donde lo humorístico y lo dramático, al contrastarse con sus notas más efectivas, se refuerzan mutuamente y proporcionan de ese modo una visión raramente emotiva de la condición humana» (Felisberto Hernández: Una biografía literaria, Montevideo: Arca, 1991, p. 89). Desde esta perspectiva, la visión del lagrimeo de un cocodrilo metaforiza contundentemente esa faceta de lo humano. Mientras que el reptil llora al mordisquear a sus víctimas, el personaje de este cuento deja entrever que su sollozo es una reacción tan mecánica y carente de profundidad como la del saurio durante su ingesta: «…en realidad yo no sé por qué lloro; me viene el llanto y no lo puedo remediar, a lo mejor me es tan natural como lo es para el cocodrilo. En fin, yo no sé tampoco por qué llora el cocodrilo».

Ofreciendo, una vez más, indicios autobiográficos, este viajante de comercio recorre las mismas ciudades que antes había transitado como pianista. En el pasado «las horas de dicha habían sido escasas, pues vivía en la angustia de reunir gentes que quisieran aprobar la realización de un concierto». Pero su nueva actividad como fogoso vendedor de medias también agobia al protagonista y relator, quien «esperaba que de un momento a otro me llamaran de la casa central y me suprimieran el viático». Para su desazón, el truco de las lágrimas acaba convirtiéndolo en un «burgués de la angustia», y ello explica que lo llamen cocodrilo, y también que su reflejo acabe insinuando semejanzas (¿lombrosianas?) con tan peligroso animal. En este contexto, la humorada se compadece bien con los mitos de la ciencia fisiognómica. Y es más: aun arrastrado por los impulsos del momento, este cocodrilo ofrece un relato de costumbres comerciales de cuya impiedad no escapa el fragmento con el que cerramos este comentario:

Una vez me llamaron de la casa central —yo ya había llorado por todo el norte de aquel país—, esperaba turno para hablar con el gerente y oí desde la habitación próxima lo que decía otro corredor:

—Yo hago lo que puedo; ¡pero no me voy a poner a llorar para que me compren!

Y la voz enferma del gerente le respondió:

—Hay que hacer cualquier cosa; y también llorarles…

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