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Felisberto Hernández

Obra

Por los tiempos de Clemente Colling

Si bien esta obra data de 1942, no ha de olvidarse que su composición ordena una interesante cronología previa. Felisberto Hernández la comenzó a escribir en la casa de campo que su hermano Ismael poseía en el departamento de Treinta y Tres. Los biógrafos observan que el artista había elegido ese lugar para pasar un tiempo junto a su esposa, la pintora Amalia Nieto. Y fue en ese lugar, con más tranquilidad que orden, donde Felisberto pudo enfrentarse a uno de los procesos de escritura más ambiciosos de su carrera. El hecho de que las situaciones representadas pertenezcan a su periodo como alumno de Colling refleja de algún modo la huella que toda esa memoria dejó en su carácter. Obviamente, sin la evocación del músico ciego y de la escenografía dispuesta en torno suyo esta narración no es concebible.

Como bien dice José Pedro Díaz, el centro gravitatorio de la pieza lo constituyen «lo evocado y el aura envolvente de la evocación». De ahí que leer sus páginas signifique penetrar en un doble proceso creativo, concebido mediante la remembranza y una implacable búsqueda interior. En esto, Díaz describe dos fuentes que sondea el escritor en su tarea: «por un lado el hallazgo de una mirada nueva, la mirada del niño que había sido […]; pero, por otro lado, la propia evocación se hace para él, tema, y descubre, más allá —o más acá—, de lo recordado el delicado tanteo de su mente que busca en la tierra de la memoria, esto es: el proceso mismo de la evocación» (Felisberto Hernández: Novelas y cuentos, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1985, p. 6).

Observado con sesgo proustiano, el recuerdo cumple aquí un trámite que ya fue evidenciado magistralmente por el novelista francés. En el campo literario no basta con reconstruir —esto es, rehabilitar— la experiencia del pasado. También es preciso que ésta delimite una concordancia o una divergencia emocional con el presente, al igual que sucede cuando advertimos el tiempo transcurrido desde que nos retrataron en una vieja fotografía, o cuando sentimos de nuevo una antigua emoción, reactualizada gracias a un determinado acontecimiento moderno. Según la opinión de Jorge Panesi, en el sistema mnemónico de Felisberto los recuerdos «se mueven según un mecanismo que no deja de asombrar a un narrador autoproclamado como ingenuo y detenido en la pasividad de la contemplación» (Felisberto Hernández, Rosario, Beatriz Viterbo, 1993, p. 68).

Entre los mecanismos cerebrales de recuperación del pasado, el escritor proclama la soberanía de la música y, en particular, de los colores. A partir de ahí, su escritura se puebla de sugestiones. Por lo pronto, describe el narrador cómo «los tranvías que van por la calle de Suárez —y que tan pronto los veo yendo sentado en sus asientos de paja como mirándolos desde la vereda— son rojos y blancos, con un blanco amarillento». También alude a ese gran piano que era todo blanco, y proclama que «los pianos negros nunca me sugirieron nada fúnebre; pero aquel piano blanco tenía algo de velorio infantil». Y en otra página, retoma la vaporosa descripción de su maestro: «cuando Colling proyectaba algún haz de luz cruda, vulgar, hiriente, no sólo descubría que todos sus matices no eran bellamente plásticos, que no prestaban a reunirse cuando eran llamados para aquella totalidad misteriosa, sino que se desunían, desvalorizaban y disgregaban vergonzosamente, mostrando formas como de cacharros heterogéneos, inexpresivos, de esos que ensucian los paisajes y que los pintores suprimen».

La primera tirada de Por los tiempos de Clemente Colling fue lanzada en Montevideo por la editorial de los Hnos. González Panizza, cuyas instalaciones estaban en la calle Juan M. Blanes, número 1138. En la primera hoja después de la portadilla podía leerse el siguiente epígrafe: «Editan la presenta novela de Felisberto Hernández un grupo de sus amigos en reconocimiento por la labor que este alto espíritu ha realizado en nuestro país con su obra fecunda y de calidad como compositor, concertista y escritor». A renglón seguido, figuraba la lista de benefactores: los pintores Carmelo de Arzadum y Joaquín Torres García; el psiquiatra Alfredo Cáceres, el poeta Yamandú Rodríguez, el fotógrafo Nicolás Tedesca; sus amigos Ignacio Soria Gowland y Sadí Mesa; el futuro ministro de Instrucción Pública Clemente I. Ruggia, y asimismo varios discípulos del filósofo Vaz Ferreira: Carlos Benvenuto, Luis E. Gil Salguero, Spencer Díaz y José y Julio Paladino.

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