Obra
En 1960 Ángel Rama decidió introducir La casa inundada en la colección Letras de Hoy, publicada por la editorial Alfa. Respaldando esa decisión, Rama participó en una mesa redonda sobre esta pieza hernandiana, y lo hizo en compañía de José Pedro Díaz, Lucien Mercier y G. Castillo. Reunidos en la sede de los Amigos del Arte, todos ellos colaboraron en la publicidad de una obra que, por cierto, mereció un premio del Ministerio de Instrucción Pública. Dos años después, el mismo cuento pasaba a formar parte de una antología italiana, Le piú belle nevelle di tutti i paesi, reseñada por un crítico del diario montevideano La Mañana el 15 de mayo de 1963.
En su ámbito fronterizo, evocativo, impreciso, el primer párrafo del relato contiene su esencia: «De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita». Destino paradójico el de este botero y narrador, cuya explicación abunda en insinuaciones y detalles tangenciales. Un ejemplo: muestra tal adhesión a la conjetura que, mientras rodean una isla donde podría estar enterrado el marido de la Margarita, envuelve a la señora «con sospechas que nunca le quedaban bien».
Parece una definición de ese estado de duermevela, en el cual todo se aprecia aún mediante el filtro del sueño, sin ajustar la mirada a los equilibrios de lo real. Al cabo, es éste un narrador a quien le incomoda la luz. No en vano Alcides, el novio de la sobrina de Margarita, lo presenta como un «sonámbulo de confianza», y nada cuadra mejor al borroso entorno donde se ubica el relato. Un escenario inundado, que nos recuerda a aquel otro que la mitología situaba a la izquierda de la Casa de Hades, cerca de la cual brotaba una fuente con aguas del lago de la Memoria. Parafraseando a Mircea Eliade, podemos aquí repetir que las aguas hernandianas son el depósito de todas las posibilidades de existencia. Simbolizan toda creación y sumergirse en ellas constituye la regresión a lo preformal. De ahí que esta casa inundada sea un perfecto teatro para recordar y también, por qué no, para inventar.
Paralelo al personaje de Margarita, Felisberto nos ofrece un repertorio de objetos que cabría poner entre un paréntesis junguiano, pues en ellos se manifiesta ese índice de arquetipos que juzgó el psicoanalista. Al atestiguar esa complacencia en el velo, la impresión fortuita y las humedades, la materia del decadentismo queda contenida en los perfiles de un espacio voluptuoso, donde el escritor regenera su memoria y la desgrana con belleza.