Cronología*
La cronología se ha dividido en dos apartados; el primero empieza con la fecha del nacimiento de Felisberto Hernández, en 1902: abarca los principios de su carrera como concertista e incluye sus primeras publicaciones y llega hasta la publicación de Libro sin tapas en 1929.
Primero de los cuatro hijos del matrimonio Hernández-Silva, Felisberto viene al mundo en Montevideo, el 20 de octubre, en una casa construida en el barrio de Atahualpa. Ya desde esa fecha inaugural, el pequeño experimenta un equívoco de la identidad, cuando erróneamente es apuntado en el registro civil como Feliciano Félix Verti. El desliz burocrático estrena un periodo de tanteos y mudanzas. Sus padres, Prudencio Hernández González (1878-1940) y Juana Hortensia Silva (1884-1971), se habían casado en 1900. El padre, de origen canario, se dedicaría al gremio de la construcción. La madre, apodada cariñosamente Calita, trabajaría como criada para su tía Deolinda Arecha de Martínez, y ésa es la razón por la cual cambió su nombre, llamándose en lo sucesivo Juanita Martínez. No hay duda de que recurren en la obra del narrador ambas mujeres.
De hecho, tan formidable vínculo entre Calita y Deolinda condiciona con rigor la educación de Felisberto Hernández, quien halla en su madre la sobreprotección, el afecto y los agasajos, y en su temible tía abuela, el principio de autoridad y los castigos. Sin duda, los rigores impuestos por Deolinda, los detalles de su cambiante hogar y otros nudos que la niñez va urdiendo en su experiencia serán el venero de futuros escritos.
El 7 de diciembre nace la hermana del escritor, Deolinda Hernández.
Ismael, nuevo retoño de los Hernández, nace el 1 de diciembre.
Prudencio Hernández y su esposa instalan a los suyos en la casa que los abuelos paternos de Felisberto poseen en el Cerro. Un año después, coincidiendo con el fallecimiento de su abuelo Ignacio, el pequeño Felisberto se enfrenta a la rutina colegial. Un particular interés tiene, en este contexto, su tímida e imaginativa relación con ese ambiente, que ha de ser germen de no pocas ensoñaciones.
Escucha a Bernardo de los Campos, un pianista ciego de Las Piedras que, al decir de Washington Lockhart, enciende la vocación musical del muchacho.
Situado en las proximidades de su casa, el colegio católico es el escenario de la socialización de Felisberto, un niño curioso y, según él mismo escribió, fascinado con la idea de habitar bajo las faldas de su profesora, cual si de un polluelo se tratase.
El 14 de julio viene al mundo Mirta, su hermana menor. A ese acontecimiento se suma otro de carácter decisivo, y es que el niño Felisberto comienza a estudiar piano bajo el dictado de la profesora francesa Celina Moulié, literariamente retratada en El caballo perdido.
Tras ser matriculado como alumno en la Escuela Artigas de Enseñanza Primaria, es instruido por un cuadro de profesores en el que destaca José Pedro Bellán. Al tiempo que asiste a las aulas del citado centro con el propósito de completar sus estudios preuniversitarios, Felisberto pasa a formar parte de una asociación juvenil de boy-scouts, las Vanguardias de la Patria, entre cuyas actividades figura un extenso programa de excursiones a través de Uruguay y de los países cercanos.
Entra en la vida de Felisberto Hernández un personaje crucial, Clemente Colling, luego inmortalizado en las páginas de En los tiempos de Clemente Colling. Al margen del discurso literario, lo cierto es que, a los pocos años, este profesor de piano enseñará al muchacho composición y armonía, además de otras materias quizá más durables y de más difícil catalogación.
Viaja a Mendoza, en Argentina, junto a sus compañeros de las Vanguardias de la Patria. Años después, al recordar estas andanzas, el escritor modulará todo ese anecdotario adolescente en las páginas de Tierras de la memoria: «Con esa misma institución de niños —similar a los boy-scouts de Inglaterra— había ido a Chile cruzando a pie la provincia de Mendoza y la cordillera de los Andes. Era en la época que estudiábamos historia y sabíamos cuándo sería el centenario de la batalla de Chacabuco ganada por San Martín. Para esa fecha habíamos sido invitados todos los scouts de América y se haría una gran concentración en los campos de Chacabuco. Íbamos cuatro uruguayos: tres muchachos y el jefe, un hombre que luchó desesperadamente por conservar esa institución y que la llamó Vanguardia de la Patria» (Narraciones incompletas, Madrid: Siruela, p. 276).
Aunque prosigue con apasionamiento los estudios musicales, esa fascinación por el piano resta tiempo a las disciplinas universitarias, paulatinamente abandonadas por el escritor. En otro plano, debe enfrentarse a las dificultades económicas de su familia, y con ese afán se emplea como pianista en varias salas de cine, donde cada jornada se dedica a hilvanar la banda sonora de las películas mudas que allá se exhiben.
Hasta catorce horas diarias emplea en la práctica del piano, un instrumento que ya define su modo de vida. Una habitación de la casa familiar, situada en la calle Minas 1816, se convierte en improvisado conservatorio, y ahí es donde recibe a los alumnos que solicitan sus clases particulares.
En cuanto la búsqueda musical se convierte en obsesión, Felisberto advierte que un descanso es necesario, y con semejante propósito viaja hasta Maldonado, para pasar un tiempo en la casa de su tía abuela Deolinda. Providencialmente, estas vacaciones le dan la oportunidad de conocer a dos personas decisivas en su porvernir. Así, tiene un primer contacto con Venus González Olaza, quien será su futuro editor y empresario; y también se acerca a María Isabel Guerra, una maestra de cuyo encanto se enamora. Por desgracia, la familia Guerra no confía en la personalidad de Felisberto, y ese recelo enfatiza aún más el romance entre el pianista y su amada. Para disimular su mutuo apego, los novios se reúnen cada semana con la disculpa de unas clases de piano que María Isabel debe recibir. Bajo esta apariencia, va creciendo un vínculo sentimental que la pareja formalizará en 1925.
Las clases de piano de Clemente Colling proporcionan a Felisberto la destreza necesaria en disciplinas como la armonía y la composición. Como corresponde a su prolongado apego discipular, el joven pianista descubre en Colling esos detalles que distinguen a un practicante de un maestro: el matiz valioso, ejemplar, que aporta personalidad, fuerza y colorido a cada interpretación.
Su carrera como pianista cobra un nuevo impulso cuando Felisberto Hernández empieza a dar recitales. En su repertorio, como un detalle significativo de futuras creaciones, ya se incorporan piezas enteramente ideadas por el joven concertista. Por las mismas fechas, éste se aproxima al entorno del filósofo Carlos Vaz Ferreira, cuyas enseñanzas han de serle muy útiles en su trayectoria intelectual.
La compañía de Clemente Colling abarca toda la cotidianeidad del joven pianista. No obstante, la unión entre ambos dista mucho de ser agradable para otros miembros de la familia Hernández, que en un principio aceptaron al maestro como nuevo inquilino de su hogar. Dispuesto a ofrecer los peores rasgos de su carácter, Colling es un hombre ajeno a los protocolos de la convivencia, ignora el aseo, y ello acaba por espantar a varios amigos de Felisberto, incapaces de soportar a semejante personaje. Incluso la madre de éste decide marcharse de la casa, desplazada por un invitado tan atípico y fastidioso.
Toma clases de piano con Guillermo Kolischer.
Contrae matrimonio con María Isabel Guerra. El hogar de ambos no estará lejos del de Carlos Vaz Ferreira, confirmando un vínculo alrededor del cual se sucederán nuevos episodios. De hecho, Felisberto protagonizará habitualmente las sesiones musicales organizadas por el filósofo. En el terreno literario, cabe destacar la edición de Fulano de tal, costeada por un amigo del autor, José Rodríguez Riet. El volumen es una miscelánea de escritos dispersos, y su formato, llamativamente reducido, es de ocho por once centímetros.
La orquesta del café La Giralda, en Montevideo, acoge entre sus músicos a Felisberto Hernández. Lamentablemente, su periodo como pianista de salón será breve, pues la mencionada orquesta acaba siendo sustituida por un conjunto musical femenino. Por fortuna, don Prudencio Hernández hace valer sus contactos y consigue un nuevo empleo a su hijo, esta vez como pianista y director de una orquesta en el café-concierto de Mercedes. Precisamente es en este pueblo donde Felisberto encuentra a Venus González Olaza, quien será su secretario y administrador. A él le dedicará, tiempo después, el relato La barba metafísica, donde retrata a su amigo del modo siguiente: «Había una cosa que llamaba la atención de lejos: era una barba, un pito, un sombrero aludo, con bastón y unos zapatos amarillos. Pero lo que llamaba más la atención era la barba. El portador de todo eso era un hombre jovial. Al principio daba la impresión que sacándole todo eso quedaba un hombre como todos los demás. Después se pensaba que todo eso no era tan despegable» (Narraciones incompletas, Madrid: Siruela, p. 45).
Lanzado ya a una carrera itinerante, visitará como pianista varios pueblos de Uruguay y Argentina, prolongando esa actividad musical hasta 1942.
En 1926 viene al mundo su primera hija, Mabel Hernández Guerra, pero el ajetreo profesional de Felisberto le impide conocerla hasta cuatro meses después de su nacimiento. Esta circunstancia coincide en el tiempo con dos hechos de grave alcance sentimental para el músico, quien conoce la muerte de Clemente Colling por las mismas fechas en que comienza su distanciamiento de María Isabel Guerra.
Estrena dos de sus primeras composiciones por el tiempo en que da su primer concierto en Montevideo. El escenario de dicho estreno es el Teatro Albéniz.
Sobre el tablado de la Casa del Arte, en Montevideo, Felisberto lleva a cabo un segundo recital pianístico. Su buena ejecución merece los elogios de la crítica local y presagia un porvenir sonriente para el joven concertista.
Su amigo Carlos Rocha recurre a la imprenta La Palabra para publicar el Libro sin tapas, cuya recepción queda resumida por las siguientes palabras de Vaz Ferreira: «Tal vez no haya en el mundo diez personas a las que les resulte interesante y yo me considero una de las diez» («Felisberto Hernández visto por él mismo y por Vaz Ferreira», El Ideal, 14-2-1929).
Homenajeado por sus amigos, Felisberto Hernández disfruta del agasajo que le dedican, entre otros, José Pedro Bellán, Leandro Castellanos Balparda, Manuel de Castro y el matrimonio formado por Esther y Alfredo Cáceres. Precisamente serán los Cáceres quienes hospeden en su casa al músico y escritor, recién llegado tras una gira de conciertos por el departamento de Rocha.