Cronología*
El segundo se inicia en 1930 cuando el autor da a la imprenta su tercer libro, La cara de Ana, y se cierra con su fallecimiento en 1964. Es un periodo en el que se mezclan una turbulenta vida amorosa que lo condena a la soledad, su éxito como pianista y sus pequeños logros literarios.
Sale de la imprenta la primera tirada de su tercer libro, La cara de Ana.
La separación de Felisberto y de su esposa es definitiva. No obstante, dedica a María Isabel Guerra la primera edición de La envenenada, su cuarto libro.
Como había sucedido con anteriores títulos, esta nueva entrega no alcanza repercusión literaria más allá del amable círculo que viene festejando los talentos del escritor, enfrentado ahora a uno de los episodios más dramáticos de este periodo, pues María Isabel mantiene la custodia de la pequeña Mabel. Padre e hija no volverán a reencontrarse hasta veintitrés años más tarde, cuando ella contraiga matrimonio.
Se une profesionalmente al rapsoda Yamandú Rodríguez para llevar a cabo diversas giras poético-musicales.
Yamandú Rodríguez y Felisberto Hernández presentan su espectáculo en el Teatro París, de Buenos Aires. La buena experiencia sirve al músico para plantear otras giras similares, aunque esta vez se hace acompañar por Venus González Olaza, buen amigo y encargado de gestionar los contratos de Felisberto hasta 1936.
La asociación entre Venus González y Felisberto rinde aceptables resultados. A lo largo de estas giras, el pianista se da a conocer en numerosos lugares, aunque siempre procura retornar a Montevideo, donde protagoniza varios conciertos.
Una vez completado el trámite de su divorcio, Felisberto Hernández descubre un nuevo proyecto sentimental junto a la pintora Amalia Nieto, de quien se enamora durante un homenaje que le dedican en el Ateneo montevideano. Entre los asistentes a dicho acto, destacan Esther de Cáceres, el pintor Torres García y el crítico Alberto Zum Felde.
El romance con Amalia Nieto evoluciona a lo largo de múltiples encuentros.
Contrae matrimonio con Amalia Nieto. Pese a que las ganancias de Felisberto no se producen regularmente, el apoyo de la familia Nieto armoniza su situación familiar.
El 8 de marzo nace su segunda hija, Ana María Hernández Nieto. A tan feliz noticia se suma el anuncio de una nueva gira del pianista por Argentina.
Felisberto Hernández ofrece en Buenos Aires un concierto en cuyo programa figuran obras de Igor Stravinsky. Apoyando el esfuerzo de su marido, Amalia Nieto diseña el cartel donde se anuncia el recital, celebrado en el Teatro del Pueblo. Los críticos que escuchan su ejecución elogian el virtuosismo del pianista.
El 23 de febrero muere don Prudencio Hernández. Su hijo recibe esta noticia mientras completa la gira de conciertos que ha iniciado en la provincia de Buenos Aires. Cuando regresa a Uruguay, ha de enfrentarse a nuevos conflictos matrimoniales. Su vida itinerante y la escasez económica preocupan a Amalia. Las circunstancias demandan una solución financiera, y Felisberto se ve movido a fundar una librería, El Burrito Blanco, cuyas puertas se abren en el garaje de la casa de los Nieto.
Ayudado por su mujer, el pianista atiende el negocio, pero parece más preocupado por estructurar un sistema taquigráfico de su invención. Al final, ese desinterés hará fracasar todo el proyecto.
Por la misma época en que se dedica a escribir Primera casa, protagoniza una anécdota que recoge Norah Giraldi en su monografía Felisberto Hernández: Del creador al hombre (Montevideo, 1975). Su amigo, el doctor Alfredo Cáceres lo recibe en el pabellón psiquiátrico del hospital donde ejerce su labor. Entre los pacientes de Cáceres, hay una que despierta el interés del escritor. Se trata de una joven que padece hidropesía y que vive permanentemente acostada en la trastienda del negocio familiar. El detalle que fascina a Felisberto es la habitación donde habita la enferma: una sala pequeña y claustrofóbica, iluminada con luz eléctrica, carente de ventanas y con las paredes pintadas de color verde. Cuando sale del lugar junto a Cáceres, el narrador le comenta: «A esta mujer le hace falta una ventana. Voy a escribir un cuento». Dos días después, concluye el relato titulado «El balcón».
En repetidas oportunidades viaja a Treinta y Tres, y allí se hospeda en el hogar de su hermano Ismael. Es en ese lugar donde comienza la redacción de Por los tiempos de Clemente Colling.
Gracias al apoyo económico de varios amigos del autor, la editorial González Panizza publica Por los tiempos de Clemente Colling. Entre quienes deciden costear la tirada figuran Alfredo Cáceres y Luis Gil Salguero. Un premio del Ministerio de Instrucción Pública subraya el acierto de la entrega, cuya buena acogida resulta muy favorable para la carrera literaria de Felisberto Hernández. Otro episodio de interés, relacionado con el libro en cuestión, vincula al escritor con el poeta franco-uruguayo Jules Supervielle, quien responde al envío de un ejemplar con una carta encomiástica que inaugura la amistad entre ambos intelectuales.
En el terreno personal, cabe pensar que el afortunado recibimiento de Por los tiempos de Clemente Colling tiene un efecto balsámico. Y es que, por estos días, la vida familiar del escritor es calamitosa. Las dificultades económicas le han forzado a poner en venta su piano, y esta circunstancia tiene mucho que ver con su abandono de la carrera musical y, aún más si cabe, con su separación de Amalia Nieto. Todo ello desvaloriza en grado sumo la vida social de Hernández, quien se deja llevar por la amargura y el resquemor. Confirmando ese extravío vital, no es extraño verlo deambular por las tabernas, donde se dedica a revisar febrilmente sus manuscritos. Por estas fechas habita junto a su madre en una mísera pensión.
Su noviazgo con Paulina Medeiros, iniciado el año anterior, repara en buena medida su dolor. Gracias al apoyo de aquélla y gracias asimismo al interés de la familia Supervielle, Felisberto puede dedicarse enteramente a la literatura. No obstante, persisten los síntomas que enrarecen la psicología del escritor, alterada por actitudes neuróticas de difícil catalogación.
A pesar de tales molestias, la publicación de El caballo perdido anima su carrera literaria, cada vez más firme. Los elogios a esta nueva creación culminan con la entrega de un premio en el Salón Municipal de Montevideo.
A partir de este año —y hasta 1956—, desempeña tareas burocráticas en el departamento de Control de Radio de la Asociación Uruguaya de Autores.
Diversas publicaciones, entre las que figuran las revistas Papeles de Buenos Aires y Contrapunto, así como el diario El Plata, recogen en sus páginas la colaboración literaria de Felisberto Hernández, que incluye notables fragmentos de Tierras de la memoria.
A través de los micrófonos de Radio Oriente tiene la oportunidad de leer varios de sus textos. Otra emisora, Radio Águila, le homenajea en la audición Escritores de América, durante la cual interpreta varias de sus piezas originales al piano y lee párrafos escogidos de su obra.
El relato «El balcón» aparece publicado en la prensa argentina. Por la misma época, Jules Supervielle pondera su talento en el salón de los Amigos del Arte.
Una beca del gobierno de Francia le permite viajar a París en octubre de este año. Su alojamiento en la capital francesa será el Hotel Rollin, en la Place de la Sorbonne.
Mientras en Buenos Aires aparece la edición de Nadie encendía las lámparas, su autor prolonga una aventura francesa llena de acontecimientos favorables.
Así, el 17 de diciembre Jules Supervielle lo presenta en el PEN Club de París; y Susana Soca, que edita en esa ciudad La Licorne, familiariza a Felisberto con el entorno literario parisino. Asimismo, es Soca quien acompaña al escritor uruguayo hasta Londres, donde él tiene la oportunidad de dar una conferencia.
Siempre leal a Felisberto, Jules Supervielle conduce a su amigo hasta las aulas de la Sorbona, donde éste lee uno de sus relatos. Para su mayor satisfacción, Susana Soca edita en La Licorne el relato «El balcón»; y otro de los cuentos del uruguayo, «El acomodador», es conocido por los lectores de la revista Points en una traducción titulada «Chez les autres».
En el ámbito sentimental, el escritor se siente atraído por una española exiliada en París, María Luisa Las Heras. Este romance se ampliará en Montevideo, donde la revista Escritura acaba de publicar otro de sus cuentos: «Mur».
Contrae matrimonio en Montevideo con María Luisa Las Heras. En la revista Escritura se publica «Las Hortensias» con ilustraciones de Olimpia Torres.
Una publicación montevideana, La Voz de Israel, incluye en sus páginas el relato que Felisberto titula «Mi primera maestra».
Aunque ese mismo año viajan juntos a Buenos Aires, el escritor y su esposa no logran consolidar su vida matrimonial y finalmente deciden separarse. Como ya ha sucedido en anteriores rupturas, él busca nuevamente consuelo en su madre, Calita, con quien vuelve a vivir en una pensión.
De nuevo en Amigos del Arte, lee las páginas de «Lucrecia».
La Licorne publica en Montevideo «Lucrecia».
Su nuevo amor es Reina Reyes, una profesora de pedagogía y escritora con quien inicia un romance que interrumpirá en 1958. No obstante, parece claro que, a lo largo de esos años, el afecto de Reina será decisivo para que él recupere la pasión literaria. Además de apoyarlo y de aceptar los vaivenes de su carácter, ella va a lograr que lo admitan como taquígrafo en la Imprenta Nacional. Asimismo, gestiona para Hernández un permiso en el Ateneo montevideano, de forma que tenga acceso al piano de dicha institución.
La Licorne publica «Explicación falsa de mis cuentos». Mientras tanto elabora el manuscrito de Diario del sinvergüenza, que será publicado póstumamente. La redacción de esta obra tiene lugar en el sótano que sirve de hogar a Felisberto y a Reina Reyes.
El Movimiento de Trabajadores de la Cultura produce una serie de espacios radiofónicos de contenido anticomunista, en los que también colabora el escritor. Estas conferencias radiadas corresponden a sus actividades como integrante del Movimiento Nacional de la Defensa de la Libertad (MONDEL). Si bien no se han aclarado las íntimas razones que lo empujaron a esta labor propagandística, parece claro que en todo ello subyace un fuerte individualismo, exacerbado por su penuria económica y social.
El escritor concluye su relación con Reina Reyes de una forma elusiva y escasamente gentil. Cuando ella es hospitalizada tras un accidente, Felisberto aprovecha el internamiento para mudar sus pertenencias. De acuerdo con su peculiar talante, rehúsa visitar en el hospital a la compañera que tanto le ha ayudado. De hecho, muy pocos meses después ya se hace ver junto a otra mujer, María Dolores Roselló, de quien se ha enamorado en la Imprenta Nacional.
Prospera su relación con María Dolores Roselló. De nuevo con ánimos, vuelve a trabajar como pianista, esta vez contratado por J. Estruch para que intervenga en el espectáculo musical Caracol, col, col…
Ángel Rama decide incluir La casa inundada en la colección Letras de Hoy, publicada por la editorial Alfa. El propio Rama, José Pedro Díaz, Lucien Mercier y G. Castillo integran la mesa redonda que se organiza en Amigos del Arte, con el propósito de glosar la obra mencionada.
En Punta del Este, la editorial El Puerto comercializa una tirada especial de El cocodrilo, que incluye ilustraciones de Glauco Capozzoli. Este mismo año, el Almanaque del Banco de Seguros saca de su imprenta los pliegos de Manos equivocadas.
Hacen su aparición los primeros síntomas de una enfermedad que él atribuye a la obesidad, quizá derivada de su intemperancia culinaria. En un principio, no cree que su existencia se vea amenazada por ese mal que, poco a poco, va fatigando su cuerpo. Sin embargo, la realidad es terca. A fines de año, el doctor Pablo Purriel, del Hospital de Clínicas, le diagnostica una leucemia en fase terminal. Pese a estar aquejado por tan grave dolencia, aún tiene la oportunidad de disfrutar con la segunda edición de El caballo perdido.
Las transfusiones de plasma no consiguen detener la leucemia. Aceptando lo irreversible del proceso, el 3 de enero los médicos del Hospital de Clínicas le permiten ocupar una habitación en el hogar de su hermana Ronga. Cuando revisa los nuevos chequeos a que se somete, el escritor advierte cómo se agrava ese trastorno que corroe su sistema inmunitario. Al descender el porcentaje de plaquetas en su torrente sanguíneo, la coagulación intravascular va coloreando de púrpura la superficie de su piel, y ello aumenta su inquietud. Finalmente, debe ponerse de nuevo bajo un estrecho cuidado médico.
Muere durante la madrugada del 13 de enero. Su cuerpo, muy maltrecho y abotargado por la enfermedad, es tan grueso que se hace difícil su manejo. No cabe por la puerta y finalmente han de pasarlo a través de la ventana. Como si en ello se revelara una última desdicha, los empleados del Cementerio del Norte de Montevideo también se ven forzados a dejar en tierra el cadáver, mientras procuran ensanchar la sepultura que ha de acogerlo en su definitivo reposo.