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Felisberto Hernández

Ojos

En la pieza de los escritorios la Menor daba clase a una señorita rubia que usaba la cabeza inclinada hacia delante; fue ella la primera persona que me llamó la atención por la forma de sus córneas. Éstas eran muy distintas a las del Mandolión; las del Mandolión parecían sucias de nicotina y de hilillos de tabaco. También aparecían sucios sus ojos, como si en ellos hubieran revuelto unos cuantos colores oscuros. Las córneas de la señorita rubia eran como globos terráqueos recién comprados; y daba gusto mirar el país azul del iris, con su capital en el centro, que era una niña muy grande.

Una vez que yo estaba muy cerca de sus niñas vi reflejarse en ellas una lámpara portátil —la bombita era sostenida, dicho sea de paso, por una mujer de bronce bastante desnuda—. Yo no sabía si aquella señorita era delicada por afectación o era delicada por enfermedad.

Tomado de «Tierras de la memoria», en Tierras de la memoria (1967), incluido en Narraciones incompletas, Madrid: Siruela, 1990, p. 272.

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