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Felisberto Hernández

Murciélago

Por esa noche no insistió. Yo me fui a leer a la cama. Él se sentó en la mesa redonda y empezó a escribir y a echar humo sobre el papel. Antes de dormirme pensé en el apodo de Murciélago. Me despertó, al rato, el ruido del fuelle. Mur había abierto apenas la ventana y con el fuelle corría el humo hacia la rendija. Entonces me vino a la memoria algo que decía mi abuela: «Fumaba como un murciélago» y creí comprender el sobrenombre de Mur. Pero pronto hice otras conjeturas.

Vi en los hombros desnudos de él dos mechones de vello tan abultados que parecían charreteras; y la parte de la espalda que dejaba ver la camisilla de verano la tenía cubierta por una capa de pelo bastante espesa. Y yo pensé: «Los murciélagos tienen todo el cuerpo lleno de pelo». Esto ocurría un viernes por la noche. Al otro día se levantó temprano para ir al banco y al acercarse al espejo para arreglarse la corbata echó el humo en el vidrio; y recién entonces comprendí que el día anterior había echado humo en la puerta de cristales biselados.

Tomado de «Mur», en Diario del sinvergüenza y Últimas invenciones (1974), incluido en Narraciones incompletas, Madrid: Siruela, 1990, p. 363.

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