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Felisberto Hernández

Acerca de Hernández

Pensamientos largos

Por Luis Miguel Madrid

Hay cierto personaje que se repite en los cuentos de Felisberto Hernández y coincide en mucho con el propio autor. Es callado, soñador, triste, resignado, complaciente, solitario, pesimista, imaginativo, desarraigado. Un pianista del montón, de gira, como si fuera viajante de comercio. La soledad impuesta, las anécdotas y los recuerdos se agrandan creando un universo paralelo que el arte de la literatura hace perdurar en forma de relatos donde los objetos cambian su fisonomía y adquieren actitudes con las que acompañar a los solitarios. Son insaciables, como ciertas muñecas1 o románticos como un balcón enamorado.2 A través de ellos, se cuentan sencillas historias maravillosas con la imprecisión de la humildad, sin aspavientos ni sustos añadidos —a pesar de lo poco corrientes que resulten los hechos—.

Quizás el asumir el hilo de los acontecimientos no sea más que una manera de ser triste. El personaje que identificamos con Hernández no muestra habitualmente signos de optimismo; pasa por la vida con la resignación de quien va al ferrocarril «a ver si había traído malas noticias».3 La aceptación del castigo o escasos premios de la fortuna no producen mayor efecto que la complacencia ante una especie de destino prefijado. Los hechos, a veces maravillosos, producen si acaso extrañeza pero no asombro.

Asumirlos resulta tan natural como vano, porque la vida carece de un gran sentido, carece de vitalidad. Se trata de situaciones más o menos raras pero que no pasan de ser eso, una sucesión de hechos sin trascendencia en medio de la permanente gira de un pianista sin fortuna y deseos sencillos: «descansar como si la miseria me hubiera dado vacaciones».4

Pero la aparente sencillez de los relatos posee una magnífica amalgama de referencias filosóficas que los hacen únicos, polémicos a los ojos de la crítica, extraordinarios para el lector. Que lo raro y lo normal convivan como sucedía en los escritos de Bordeline, donde todo es y no es a la vez, que la dialéctica hegeliana o la filosofía de la vida se puedan identificar entre sus palabras explican el porqué de la trascendencia de este autor y su influencia sobre otros escritores, con Julio Cortázar a la cabeza. El existencialismo sartreano parece tener sólidas correspondencias con la obra de Hernández, tanto en algunos personajes como en la percepción de la realidad. Bergson —por supuesto—, Jaspers, los filósofos presocráticos, Platón o Marx son asimismo fundamento de interpretación para los críticos de Hernández. La filosofía está presente en cada planteamiento, a través de la sutileza interna se transmiten los impulsos vitales que adornan cada anécdota, de una manera consciente aunque dubitativa: «No sé si lo que he escrito es la actitud de un filósofo valiéndose de medios artísticos para dar su conocimiento o la de un artista que toma para su arte temas filosóficos».5 El entorno acompaña al protagonista con ciertos aires lúgubres. Predomina la nocturnidad y las referencias de la muerte vagan por las calles de los cuentos esperando cada desenlace como si no hubiera otra solución. La hay, sin duda. La intención del argumento no desemboca habitualmente en un final cerrado y definitorio porque se habla de sucesos eludiendo causas y consecuencias. El agua y las plantas son el contrapunto al urbanismo lacio donde se transita, el verde y el blanco ponen la luz y también el sosiego necesario. Los salones, los cafés y sobre todo las casas imponen su presencia como centro de la acción. Muñecas, balcones, pianos o fotos que se humanizan acompañan al pianista por unos lugares y a través de unas situaciones que no todos pueden disfrutar. La miseria, la pobreza y la nostalgia se conjugan a través de la imaginación. Ello otorga al narrador el acceso a un mundo exclusivo del que formará parte al disponer de virtudes exclusivas —ver en la oscuridad o llorar para vender, por ejemplo—. El protagonista es en el fondo un privilegiado que puede compartir o protagonizar los argumentos de la irrealidad.

En la composición básica de los relatos la nostalgia suele ser un eje básico, fundamental. Los recuerdos enlazan el pasado y el presente con un elemento añadido: la imaginación. De tal manera, la realidad se revuelve creando otros mundos donde lo cotidiano es fantástico o viceversa. Felisberto Hernández es un creador de sucesos, la estructura narrativa de sus cuentos se basa en el desvío de la lógica de lo previsible, transformando la anécdota en un microcosmos único, ajeno al transcurso de la vida real. El recuerdo y la indefinición espacio-temporal ponen el punto de partida: el narrador entonces inicia un proceso de búsqueda a través de la memoria, en tono espontáneo, como si no conociera el desarrollo de los acontecimientos y como si el transcurso del relato fuera una forma de explicación, una manera de llegar al conocimiento.

Se sabe que Felisberto no corregía sus obras —a través de sus cartas y manifestaciones de sus amigos—, pero el desorden y la divagación no parten de ahí: son utilizados como técnica, ellos nos acercan al misterio y sustentan la ficción a través de un lenguaje poético novedoso, en el que se incorporan elementos cotidianos a un mundo de ensoñación sin conflictos ni dramatismos. Y ello se expone dejando claro que el narrador no lo sabe todo. El cuento es un proceso de búsqueda, una fórmula para llegar al conocimiento en la que el autor participa por medio de su álter ego. Pero no hay llegada ni existe conclusión. La gracia del relato está en el viaje, en ese recorrido que inicia la nostalgia y mantiene la imaginación.

El recuerdo se convierte en indagación a través de la mirada. La importancia de los sentidos en este proceso de búsqueda se concentra primordialmente en los ojos; en los del escritor, los del narrador, los de los personajes y en los del lector. Los ojos son la pantalla del recuerdo y los protagonistas de los juegos que llevan al conocimiento en cada relato. La participación de personajes y argumentos determinados por la vista no dejan lugar a dudas, desde los ciegos de Por los tiempos de Clemente Colling al protagonista con ojos-linterna de El acomodador. En la relación que establece Hernández entre los sentidos está clara la jerarquía: se lee, se escucha y se sabe por medio de lo que se ve. Lo hace en confluencia con lo oral, sentido privilegiado en sus maestros y ahora convertido en complementario.

Con estos elementos, la visión de Felisberto Hernández de su entorno se multiplica por el cuadrado de la imaginación; nada es absoluto pero la vida crece gracias a la magia de lo aparentemente inanimado; el solitario viaje de un pianista se llena de imágenes que otros apartan por absurdas; con su palabra llana las dobla y con sus juegos de ilusionista metafórico las vuelve a doblar. Atrae elementos y aires nuevos; fomenta el valor del arte con la mirada y la fantasía con la claridad.

No había más remedio: su pensamiento —y el de los lectores— se movió, se hizo largo.

  • (1) Las hortensias. volver
  • (2) El balcón. volver
  • (3) El cocodrilo. volver
  • (4) El corazón verde. volver
  • (5) F. Hernández. «Buenos Días» (en Viaje a Farmig), en Obras completas, México, D. F., Siglo XXI editores, 1983, vol. III, p. 212. volver
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