Acerca de Hernández
Por Blas Matamoro
Son muy poco frecuentes, en nuestras literaturas (las que se valen del castellano) los casos de escritores que sean a la vez músicos. Pongamos en la lista, por escueta que sea, al menos a dos: el español Gerardo Diego y el cubano Alejo Carpentier. Y, del otro lado, a aquellos que, con resignación y honestidad, se han declarado sordos al arte del sonido. Borges, como siempre, en cabeza.
Tampoco son habituales las narraciones en las que los músicos aparezcan como personajes. Memorables, menos aún. Doy un ejemplo cimero: El perseguidor de Julio Cortázar. Las dos cualidades —escritor y personaje músicos—, como se ve, apuntan a una mínima minoría, si cabe el retintín. Son las que reúne el uruguayo Felisberto Hernández. En ese orden, baste recordar su peregrinaje a favor de la música contemporánea para piano por las ciudades del Uruguay y de la provincia de Buenos Aires para reconstruir un no escrito cuento con pianista incluido. Justamente, es Cortázar, uno de sus descubridores y valedores, quien, por la misma época (años cuarenta del pasado siglo) enseñaba en institutos bonaerenses y, a destiempo, se enteró de que Felisberto andaba por allí. Nunca se encontraron, salvo en la lectura de Las hortensias y Nadie encendía las lámparas. Lo dejó dicho en una emocionada prosa.
Imagino al joven Cortázar en la platea de un cine-teatro provinciano, contemplando a un empecinado Felisberto que se mide con Prokofiev y Stravinski en medio de un público —si es que público hubo— habituado a claros de luna, sueños de ángel y plegarias de vírgenes. E imagino a Felisberto yéndose lejos, a una selva de disonancias donde aparecen las danzas de los escitas y las alucinaciones de Petruschka. Desde luego, Felisberto era intempestivo, excéntrico y lo que, en el Río de la Plata se llama, cariñosamente, «un loco lindo».
Lo mismo ocurrió con su literatura. Esquinada y silenciosa, empezó una deriva cuya fama resultó más bien póstuma. Felisberto es de esa raza de escritores en voz baja cuya importancia se revela con el tiempo, cuando las modas y las promociones, las camarillas y el favor institucional ya no sirven para nada. El tiempo es el regulador, incierto pero eficaz, de la literatura. La buena no es de hoy, como la mala, sino de siempre, de un siempre conjetural pero que resulta capaz de insistir a través de los años. En Por los tiempos de Clemente Colling el músico es autor y es personaje por partida doble. Se trata de la historia de un ciego que enseña música a otro ciego. Entre ambos se entreteje un mundo imaginario donde todo existe a precio de no ser visto. Pero ¿no es esa la calidad de la mejor literatura? ¿No es el peor defecto de la otra, el mostrar lo que todos ven, lo evidente, obvio y tópico?
Colling compone una música que jamás oiremos. Como la del Johnny Carter de Cortázar, la del Vinteuil de Marcel Proust, la del Leverkühn de Thomas Mann. Son músicas que componemos los lectores, incitados a la creación por la más exigente y mejor de las escrituras. Aunque nos llegue a través de una lengua determinada —español, francés o alemán— resuena en nuestra imaginación como la música del mundo.