En su traducción a veces fiel y a veces soberanamente libre de esta obra, la película homónima de Mario Camus acertó a la hora de reflejar la decadencia moral y la regresión que afecta a los personajes principales. Sin embargo, no sería justo identificar los valores de tan excelente película con los propios de su precedente literario, dado que éste organiza de otro modo los contraluces y los rostros de ese terrible desamparo social que, por suerte, ya cicatrizó hace tiempo en los campos de España. Frente a las injusticias del viejo mundo latifundista, Los santos inocentes se ofrece como la novela de la compasión: los protagonistas son las víctimas de un sistema caciquil, cuyas categorías morales atienden más bien a la ley silvestre, lejos de cualquier atisbo de justicia o democracia. En este plano, el contrapunto a la crueldad consciente de los propietarios viene dado por la inocencia de los explotados. Dos personajes, en particular, encarnan ese matiz: Azarías, un deficiente psíquico cuya única pasión es una grajilla domesticada, y en un segundo plano, la Niña Chica, sobrina de aquél y tan deteriorada en sus genes que asume, en su dolor inconsciente, la humillación que asimismo aflige a los suyos. «Bien mirado —dice Delibes, por boca de su narrador—, el Azarías era un engorro, como otra criatura, a la par que la Niña Chica, ya lo decía la Régula, inocentes, dos inocentes, eso es lo que son, pero siquiera la Charito paraba quieta, que el Azarías ni a sol ni a sombra» (Los santos inocentes, Barcelona, Planeta, 1989, p. 68).
El otro personaje relevante es el padre de familia: Paco, el Bajo, tratado como un perro de caza por el señorito Iván. Sin duda, el muro inexpugnable que se alza entre ambos, en la inmediatez de lo real, es el verdadero objeto de la denuncia que se advierte en estas páginas, más allá de cualquier posición política. Por otra parte, en lo que concierne al armazón de la obra, conviene señalar no pocas audacias de estilo, registros de una madurez literaria que se exhibe en todo su vigor. Coincidimos, por ello, con Manuel Alvar cuando indica que esta entrega es una culminación del arte delibeano. Y al comparar Los santos inocentes con La sombra del ciprés es alargada, comprueba el analista cómo en esta última todo quedaba condicionado por la trama, mientras que en aquélla «apenas sí hay sustancia novelesca: el pobre deficiente que ama a sus pájaros y venga la muerte de la grajeta ahorcando al señorito Iván. Pero a cambio de esa poca sustancia (¿para qué hace falta más?) todo un inmenso mundo de humanidad y de humanidades, de ternura, de observación, de historia y de amor» (El mundo novelesco de Miguel Delibes, Madrid, Editorial Gredos, 1987, pp. 61-62).
Una vez más, la oralidad es el ingrediente que capta con maestría el escritor. En una dimensión característica, los personajes dialogan según el habla local, coloreando cada frase con sus giros y expresiones, las cuales se revelan después como rasgos que tipifican su estatus en un mundo cruelmente jerárquico. A ese detalle atiende Ramón García Domínguez, quien elogia esa agudeza del literato. «Delibes es pura observación —escribe—, mirada atenta y fascinada, oído alerta, predisposición total para lo genuino y, por ende, para el asombro. De ahí su precisión para el timbre exacto de un personaje, para la palabra justa, para el matiz que pone las cosas en su sitio, para el indicio o síntoma de si lloverá o no lloverá» («De mis encuentros con Delibes», en Miguel Delibes. Premio Letras Españolas 1991, Madrid, Ministerio de Cultura, Dirección General del Libro y Bibliotecas, Centro de las Letras Españolas, 1993, p. 12).