En 1958, tres años después de llegar a las librerías Diario de un cazador, la editorial Destino publica la novela que es su continuación, Diario de un emigrante. Lorenzo, el protagonista, ya se ha casado con Anita, y emigra a América con el fin de hallar un mejor horizonte económico. Entre los avatares transoceánicos de la pareja, cabe mencionar la equívoca relación con el tío de Anita, quien los trata con desdén a pesar de figurar como su benefactor. Cuando Lorenzo abre una tienda de limpiabotas y Anita empieza a trabajar como peluquera, las complicaciones y el desánimo acechan, pero su causa no es otra que el haber ampliado en exceso las perspectivas. Finalmente, la lotería y la venta del establecimiento de Lorenzo permiten al matrimonio retornar a su tierra. Con todo, más allá del zigzagueo de la trama y de la felicidad de su conclusión, queda claro que Miguel Delibes pretende «dar una lección a todos aquellos que piensan en América como solución a todos los problemas» (Luis López Martínez, La novelística de Miguel Delibes, Murcia, Publicaciones del Departamento de Literatura Española, Universidad de Murcia, 1973, pp. 118-119).
La idea de escribir Diario de un emigrante le surge a su autor cuando viaja a América en 1955. Antes de partir, Rafael Vázquez Zamora le lleva al aeropuerto un ejemplar de Diario de un cazador, y Delibes relee su propia novela mientras el avión se encamina hacia Chile. Ese pasatiempo, lejos de inspirar retoques para mejorar la expresión o renovar el tema, predispone al escritor a observar la realidad americana con la mirada de Lorenzo. «Ya desde que bajé en Brasil —dice el novelista—, y después en Argentina, fui viendo un poco todo aquello con la mentalidad de Lorenzo el cazador, que como sabes es un tipo un poco achulado, más voceras que efectivo a la hora de hacer las cosas, un poco gandul, pero un tipo divertido y muy español. Y entonces claro, aquello me vino dado» («Miguel Delibes. Un castellano de tierra adentro», entrevista por Joaquín Soler Serrano, Escritores a fondo. Entrevistas con las grandes figuras literarias de nuestro tiempo, Barcelona, Editorial Planeta, 1986, p. 22).
Al decir de Manuel Alvar, la gestación de la obra hizo que Lorenzo, esa criatura de realidad evanescente, se convirtiese en una materia a la que Delibes «daba su propio cuerpo, y nació el segundo de los diarios, que ya no necesitaba justificación, pues la existencia de Lorenzo era indiscutible, tan indiscutible como la de Miguel. Ya todo resulta claro: el antiguo bedel vería con ojos sorprendidos una realidad harto diferente de la suya propia» (El mundo novelesco de Miguel Delibes, Madrid, Editorial Gredos, 1987, pp. 16-17).
Por lo demás, al igual que sucedía con Diario de un cazador, esta novela está repleta de hallazgos lingüísticos. Del diarista nos deja su autor un retrato inolvidable, basado en buena medida en los hervores de su habla, sublimación de un impulso expresivo que rebosa naturalidad. «Uno de los grandes méritos de Delibes —escribe Ana María Matute—, en efecto, es esa naturalidad. Mejor dicho: esa aparente naturalidad. Porque no hay nada más difícil —lo digo como labradora del lenguaje y de la narración— que parecer sencillo y natural. Lo más fácil del mundo es ser complicado. Lo más difícil, repito, es ser transparente y natural. Y esto lo domina extraordinariamente Delibes. […] La literatura es la mentira más grande que existe, pero que transmite la mayor verdad de la vida» («Miguel Delibes», Premios Cervantes. Una literatura en dos continentes, Madrid, Ministerio de Cultura, Dirección General del Libro y Bibliotecas, 1994, p. 338).