Tres años después de escribir El camino, Miguel Delibes logró la publicación de su cuarta novela, Mi idolatrado hijo Sisí. Una vez más, dispuso de la confianza de Ediciones Destino, que imprimió la primera tirada en julio de 1953. En este caso, los lectores siguieron la peripecia de un hombre de mediana edad, Cecilio Rubes, casado desde hace seis años y dueño de un establecimiento de materiales higiénicos. No teniendo descendencia, el matrimonio Rubes vence sus temores y decide traer al mundo un hijo a quien, por afecto, llaman Sisí. Lamentablemente, el pequeño es víctima de una educación complaciente y poco rigurosa, lo que entraña, a modo de consecuencia, un claro egoísmo del niño. Al filo de la Guerra Civil, Sisí se ha enamorado de Elisa, hija de sus muy católicos vecinos. Cuando el muchacho ha de incorporarse al combate, Rubes hace lo imposible por asegurar la vida de su hijo, pero el propósito es malogrado por un bombardeo fatal. A partir de ahí, el drama se enturbia con progresiva desesperación. Obviamente, la esposa de Cecilio no puede darle a éste otro retoño, pero lo peor es que Paulina, antigua amante de Rubes, espera un vástago del propio Sisí. Del todo impotente ante ese panorama, el protagonista decide suicidarse. Si bien puede leerse sin necesidad de extraer un mensaje exclusivo, este desarrollo literario tiene un alcance familiar expresado a modo de lección moral. Ésta es descrita por Edgar Pauk como un afán por «combatir el egoísmo malthusiano» (Miguel Delibes. Desarrollo de un escritor. Madrid, Editorial Gredos, 1975, p. 46). Tiempo atrás, ya había identificado ese propósito Luis López Martínez, quien cree que el asunto de la novela se centra en «el problema de la limitación de la natalidad y las consecuencias que lleva consigo la mala educación de los hijos. El tema es, en definitiva, un ataque al malthusianismo y al egoísmo de los seres que, como Cecilio Rubes, limitan caprichosamente el nacimiento de los hijos» (La novelística de Miguel Delibes, Murcia, Publicaciones del Departamento de Literatura Española, Universidad de Murcia, 1973, p. 89).
Mi idolatrado hijo Sisí forma parte de ese copioso apartado de la narrativa delibeana en el que los niños son protagonistas. Siguiendo la clasificación hilvanada por Carmen Bravo-Villasante, diríamos que hay dos tipos de niños en las obras del vallisoletano: el nacido en el campo, en el seno de una familia humilde, y el chaval urbano, típico de la clase media alta. El niño rural, añade la escritora, disfruta de un contacto directo con la realidad de la vida, y está representado sobre todo por el pequeño Nini, personaje principal de Las ratas. Bien al contrario, en Mi idolatrado hijo Sisí «se dibuja un niño de la ciudad, un niño rico, caprichoso, mimado, ignorante. Es el niño que hace preguntas porque no sabe nada, como luego hará el pequeño príncipe destronado» («La infancia, una constante en la narrativa delibiana» (Mesa redonda), en Miguel Delibes. Premio Letras Españolas 1991, Madrid, Ministerio de Cultura, Dirección General del Libro y Bibliotecas, Centro de las Letras Españolas, 1993, p. 229).
Apenas si nos hemos detenido en la experiencia del propio escritor con relación a esta novela. Vale la pena hacerlo por medio de un comentario íntimo. Al referirse a la presencia de Cecilio Rubes en su vida, Delibes recuerda que, cuando éste habla acerca de la edad alcanzada por su contable, dice: Si yo tuviera setenta años me moriría del susto. «Y he aquí —aclara— que esta frase que escribí cuando yo contaba treinta y dos y veía ante mí una vida inacabable, se ha hecho realidad de pronto y hoy debo reconocer que ya tengo la misma edad que el contable de Cecilio Rubes. ¿Cómo ha sido esto posible? Sencillamente porque si la vida siempre es breve, tratándose de un narrador, es decir de un creador de otras vidas, se abrevia todavía más, ya que éste antes que su personal aventura, se enajena para vivir las de sus personajes» («Una vida vivida», discurso leído en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes, 25 de abril de 1994, en He dicho, Destino, 1996, pp. 212).