Un año después de llegar al mercado literario Aún es de día, Delibes entregó a su editor el texto original de El camino, novela que pudo ser disfrutada por los lectores a partir de diciembre de 1950. De acuerdo con los datos reunidos por Luis López Martínez, la crítica alabó las virtudes de esta nueva pieza, pero el público se mostró un poco menos entusiasta. De hecho, consigna el estudioso que en las primeras tiradas apenas se vendieron quince mil ejemplares, no realizándose la segunda edición hasta diciembre de 1955. No obstante, el reconocimiento fue un fenómeno gradual, que muy pronto cruzó las fronteras gracias a las traducciones de la novela en diversas lenguas. Centrado ya en las entretelas del discurso narrativo, el analista comenta que en el título se encuentra la idea central del libro, «y que D. José, el cura —uno de los personajes— expone en su habitual predicación de los domingos a los habitantes del pueblo: Dios señala a cada uno un camino y la felicidad consiste en seguirlo por muy humilde que sea, y no buscar otro por ambición» (La novelística de Miguel Delibes, Murcia, Publicaciones del Departamento de Literatura Española, Universidad de Murcia, 1973, pp. 67-68).
Tras dos novelas que él mismo considera de aprendizaje, El camino es la obra apreciada por Delibes como su primera entrega literaria de interés. La acción transcurre en un microcosmos rural: una aldea, donde un niño, Daniel el Mochuelo, se enfrenta a la posibilidad de abandonar ese espacio protector y predecible para estudiar en la ciudad. Las reminiscencias de su vida junto a amigos como Roque el Moñigo y Germán el Tiñoso imprimen un encantador sello infantil al relato, que se construye con una clara perspectiva, y es que «Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal» (Los estragos del tiempo, ed. definitiva de El camino, La mortaja y La hoja roja, col. Mis libros preferidos, vol. i, prólogo de Giuseppe Bellini, Barcelona, Ediciones Destino, 1999, p. 25). Aunque cabría pormenorizar la filosofía vital de don Moisés, el maestro, hay un asunto claro, y es que los personajes adultos quedan en el margen de la otredad. Ellos son los otros, los distintos, los miembros de otra tribu. En este caso el discurso queda expresado por boca del pequeño protagonista, que a su vez es reflejo de otros camaradas de escaso porte.
¿Cuál es el mensaje que transmite Daniel? Delibes lo explica sin reparos: «Estos niños que corretean y hacen travesuras a lo largo de las páginas de mis libros pueden ser niños burgueses o de gente bien, o niños olvidados, pobres y desatendidos, pero hay uno, el Mochuelo, en la […] novela El camino, que no es ni lo uno ni lo otro, que viene a resumir el sentido de mi obra ante el progreso y, en consecuencia, uno de los pilares en que aquélla se asienta: la defensa de la naturaleza» (Los niños. Las mejores páginas del gran escritor sobre el mundo maravilloso y dramático de la niñez, Barcelona, ed. Planeta, 1994, p. 11). Así, pues, el chaval es quien mejor entiende, pese a su corta edad y a los extravíos de su lógica, la cualidad en que su pueblo aventaja a la urbe: la integridad, llana y simple, carente de aderezos románticos.
Ningún estilo más adecuado para este fin que el terso y natural, fiel a la oralidad, sin frases solemnemente compuestas. El propio escritor, aún más elocuente en la definición de sus maneras literarias, justificó años después esta elección tan acertada: «Hace más de medio siglo, cuando pergeñaba mi novela El camino, hice un gran descubrimiento: se podía hacer literatura escribiendo sencillamente, de la misma manera que se hablaba. No eran precisas las frases o construcciones complicadas. No se trataba de hacer literatura en el sentido que los jóvenes de mi tiempo entendíamos en el lenguaje rebuscado y grandilocuente, sino de escribir de forma que el texto sonara en los oídos del lector como si lo estuviéramos contando de viva voz» (Discurso de clausura del II Congreso de la Lengua Española, Valladolid, 19 de octubre de 2001).
De otro lado, además de un claro acierto estilístico y de una lectura que contagia incuestionables valores éticos, El camino es también una novela castellana. Entiéndase bien el gentilicio, pues sin caer en la simplificación propia del caso, conviene señalar esta vinculación geográfica, lejos de la cual resulta bastante difícil analizar la narrativa de don Miguel. «Siempre y en cada momento —escribe Rafael Conte— Delibes ha sabido captar la realidad española y muy particularmente la realidad castellana. Él es el gran testigo de Castilla. Y lo mismo que Juan Ramón fue universal desde su andalucismo, Delibes parte de lo castellano para desentrañar lo español y alcanzar lo universal» («Miguel Delibes», Premios Cervantes. Una literatura en dos continentes, Madrid, Ministerio de Cultura, Dirección General del Libro y Bibliotecas, 1994, p. 339).